martes, 13 de junio de 2017

UNA CEREMONIA SECRETA

Foto Patrick Zachmann
Por Eduardo García Aguilar
Hace medio siglo, en tiempos de locura revolucionaria y de la acción violenta en Europa de los grupos terroristas urbanos alemán e italiano Baader Meinhof y Brigada Roja, el joven dandy francés Pierre Goldman hizo lo que Jean Paul Sartre soñaba y no pudo: atracar a mano armada y después leer a Hegel. El joven más brillante y emocional de la generación de mayo de 1968 era un intelectual recatado, temido y esquivo, pero agerrido en el debate, cuando éste se hacía necesario. Durante esos acontecimientos que marcaron el siglo pasado, participó en un movimiento llamado Katangués, compuesto por quienes detestaban los corsés ideológicos y aprovechaban la coyuntura para provocar desorden, anarquía, barricadas y locuras que los ortodoxos ahogarían después con un treno de plegarias convencionales.
Decepcionado y rabioso, Pierre Goldman decidió probar suerte, como el delicado Régis Debray, en las montañas latinoamericanas, con tan magros resultados que solo le quedó la alternativa de visitar los prostíbulos de Bogotá, decir que allá “las vaginas eran como ventosas” y volverse un amante de la música caribeña. De regreso a París, hastiado por todos los señoritos que comenzaban a instalarse en los puestos burocráticos y en los pedestales de los Comités Centrales de los partidos, decidió volverse atracador, tratando con ello de merecer la amistad profunda de los negros antillanos que frecuentaba.
Intentó primero atracar al sicoanalista Jacques Lacan, sín éxito: en su libro Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia, relata que lo vio bajar por las escaleras de su edificio y como sintió una extraña fuerza de compasión por ese anciano buda, lo que le impidió cometer el sacrilegio. Perpetró después con éxito atracos a almacenes, cajas fuertes, oficinas de comerciantes, cual reencarnación de Francois Villon, truhán y poeta. Con el dinero se cortaba el pelo en las mejores barberías de Champs-Elysées, compraba vistosos trajes y bebía los más exquisitos licores hasta que un día, delatado por X, un individuo que nunca quiso denunciar, fue preso acusado del homicidio de dos humildes farmaceutas del Boulevard Richard Lenoir.
El juicio fue muy popular y, entre los asistentes en las barras figuraban Simone Signoret e Yves Montand y compañeros de generación que no pudieron impedir la condena a prisión perpetua, sin suficientes pruebas. Con Bloy se podría decir que “La institución democrática del jurado, en virtud de la cual un hombre superior es puesto a merced de doce patanes creados para servirlo, es tan perfecta, que el desdichado no puede recusar a sus jueces (...). Sobre todo, desde el primer día se había advertido en el jurado un odio feroz casi declarado contra él. Se trataba de tenderos, y se trataba de juzgar a un poeta”. El establecimiento francés había logrado condenar a prisión perpetua, por un crimen común, a la generación de Mayo del 68 encarnada por él.
En prisión, Pierre Goldman, que había observado impávido el veredicto y que despreciaba todos los movimientos creados en su apoyo, se sumió en un mutismo que solo pudo romper una mujer antillana a la que amaba y le esperaba para casarse. Decidió entonces escribir una de las más brillantes pruebas jamás hechas, de inocencia alguna. Novela de aventuras al estilo Viaje al fondo de la noche, donde relata su infancia, su adolescencia, Mayo, sus viajes por el mundo, sus frustraciones; tratado de derecho penal y de balística; certero estudio sicológico de víctimas y acusadores; relato policiaco; febricitante prosa tétrica. Su título: Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia (Souvenirs obscurs d’un juif polonais né en France).
La revisión del proceso conmovió de nuevo al país. Todos los días, en primera página, se sucedían las noticias sobre el desarrollo del mismo, que concluiría con la absolución y una condena reducida que cumpliría meses después. Al salir de prisión se convirtió en director de una afamada colección literaria, colaborador de Les Temps Modernes, la revista de Sartre, y periodista ocasional de Libération, el diario que también fundara el filósofo existencialista de ojo estrábico.
Las fuerzas conservadoras no perdonaron a Goldman su concubinato con una negra antillana, sus amistades latinoamericanas, su destreza en la interpretación de congas, su vida bohemia en la Chapelle des Lombards y su fulgurante, aunque discreta carrera literaria rubricada con su nueva novela. Una tarde de septiembre de 1979 fue acribillado a bala en un parquecito del distrito trece, en el sur de la ciudad. Horas después nacería su primer hijo, Manuel, sueño de su vida: unir lo judío con lo negro.
Estos dos acontecimientos novelescos habrían de reunir por vez primera a una generación ya cuarentona, deseosa de hacer el balance de una desilusión profesional. Fue precisamente durante su sepelio cuando en compañía de mis amigos Manolo y Henry, dos jóvenes judíos de 23 y 19 años, cumplí uno de los sueños de mi vida: ver a Sartre. Logramos introducirnos por los muros traseros del Père Lachaise, el cementerio en donde está enterrado Óscar Wilde y desde donde Rastignac, después del sepelio de Papá Goriot gritó “¡a nosotros dos ahora, París!”.
Por tal razón tuvimos el privilegio de asistir a la ceremonia privada, en compañía de invitados especiales entre quienes estaban André Glucksman, B.H. Lévy, Régis Debray, Simone Signoret, Yves Montand y muchas otras personalidades de la prensa y del “espíritu” que se miraban de reojo con sus odios y rivalidades reprimidas y añejas. Asistimos así de convidados de piedra al duelo de una generación que comprendía el fin de su juventud, la llegada del futuro y celebraba el sepelio de una época heroica. En cierta forma se enterraba al marxismo-leninismo, al son de las congas de Azuquita, un salsómano panameño, en cuyo conjunto interpretaba también Goldman.
De repente, un Renault decrépito y empolvado de color azul cortó la íntima ceremonia, dirigiéndose despacio hasta la tumba provisoria. Nos preguntamos qué vaca sagrada acababa de llegar. Una mano temblorosa y arrugada salió del coche, y luego, sostenido casi del todo por la enhiesta Simone de Beauvoir y un amigo, salió Sartre, cuyos labios abiertos y penosamente balbuceantes no podían cerrarse. Dando pasitos a gatas, curvado, demolido, estaba entre nosotros Jean-Paul Sartre. Caminó un poco hacia la tumba hasta desmayarse de emoción o fatiga: una foto famosa lo muestra sentado en un taburete, junto al mausoleo que anunciaba su muerte.
Salimos del cementerio Père Lachaise poco después. Los hijos de Goldman, los autónomos, anarquistas de la era atómica, armaron el desorden en el Boulevard Belleville, como en las buenas épocas de Mayo, cuando Goldman era un mefítico Katangués. Piedras volaban sobre los automóviles y contra los policías, corría la gente por las tupidas calles del barrio árabe, sonaban las alarmas y llegaban ambulancias que socorrían a los heridos. Fue la furia secreta de un rebelde con causa.
Manolo, Heny y yo, empapados por la lluvia, terminamos tomándonos un café express, contemplado el espectáculo, conscientes de que nunca habríamos de olvidar a Sartre y de que quedaríamos unidos para siempre en ese recuerdo que no he resistido guardar en mi memoria. En el entierro de un bandido judío-polaco nacido en Francia, en compañía de una judía-argentina y de un judío-antioqueño, comprendí que la vida es de verdad una película llena de emociones y sorpresas. El viejo mito Jean Paul Sartre agonizaba a un lado entre sus babas seniles y nosotros los tres jóvenes estudiantes llenos de ilusiones apenas comenzábamos a vivir frente al escenario de la historia.
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*Tomado de Urbes luminosas. 


domingo, 12 de marzo de 2017

GREGORIO SAMSA EN CARTAGENA

Por Eduardo García Aguilar
Gregorio Samsa supo a tiempo por varios indicios que su amigo Franz Kafka quería convertirlo en un inmundo insecto y antes del alba escapó de su casa modesta sin que se enteraran su padre, su madre y sus hermanas y se dirigió corriendo a la estación de trenes de Praga por las calles mojadas, donde saltó sin comprar boleto hacia un tren que estaba a punto de partir a Berlín.
En Berlín Gregorio Samsa se sintió a salvo, lejos de su tierra natal, el castillo omnipresente, el codicioso jefe de la empresa de hilos, los capataces y la mirada inquisidora de vecinos y familiares, en especial la de su padre autoritario, un hombre alto y de gran vozarrón que se escuchaba día a día en la modesta vivienda donde residían.
Allá estaba obligado a trabajar para saldar las deudas de su padre y ayudar a la familia en un empleo aburrido y rutinario que lo llevaba con frecuencia a viajar a ciudades de provincia y entrar en contacto con todo tipo de clientes pesados, cascarrabias y avaros. Presionado por traer buenos resultados y pedidos, vivía angustiado y se comía las uñas teniendo un peso metálico en su palpitante corazón.
Berlín la cosmopolita le encantó y se instaló en una pensión barata no muy lejos de la Avenida Unter den Linden, en una cuadra con deliciosos restaurantes para trabajadores donde comía, entre el bullicio y la humareda de los cigarrillos, platos de lentejas, papas y rodajas de cerdo en salsa acompañados por vino barato y generoso.
Nunca había sido tan feliz y la timidez fue desapareciendo poco a poco, su rostro antes tenso y el rictus de amargura cotidiano dieron paso a una expresión serena y convivial, como si la vejez artificial y prematura de Praga hubiera desaparecido para revelar de repente al verdadero joven que era en realidad. Su corazón palpitaba de alegría después de tomar ese vino, cuyas copas sonaban al chocarse en los brindis de rozagantes comensales, camareras risueñas y muchas empleadas modestas que llegaban allí con sus novios o amigas para compartir después del trabajo largas horas de fiesta.
No tardó en trabar amistad con algunas de esas muchachas robustas y cómicas que lo llamaban Greg y lo invitaban a caminar por los bulevares cuando el tiempo era benévolo, o a pasear junto a ríos y lagos viendo a lo lejos la danza de los cisnes y el jugueteo de parejas de patos sobre la superficie oscura del agua profunda y helada.
Él, quien antes pasaba su vida encerrado en las oficinas de la fábrica de hilos al lado de contadores o en las pensiones donde pernoctaba cuando viajaba a pueblos perdidos de comarcas lejanas, o en la aburrida casa familiar, atormentado por miedos y pesadillas, descubrió el olor del bosque, el aroma de musgos y troncos forestales donde crecían hongos enormes, carnosos y coloridos y sobre todo el perfume de las mujeres berlinesas del pueblo que le coqueteaban y lo perseguían corriendo por los senderos de los parques.
Gregorio Samsa no podía creerlo y unos meses después, cuando gracias a su experiencia encontró empleo en una empresa distribuidora de hilos y máquinas de coser que administraba uno de los jocosos comensales de las tabernas de la calle donde vivía, se le podía ver elegante con sombrero de copa, paraguas, corbatín y traje del brazo de Herta, una de aquellas jóvenes que logró al fin seducirlo después de muchos paseos por las orillas del lago central.
Un día su jefe lo condujo a la oficina del director general, que estaba acompañado esa mañana por un rico empresario latinoamericano, nativo de Colombia, quien desde hacía meses estaba en Alemania haciendo gestiones para comprar y llevar a su país las máquinas de coser que distribuían allí, así como pedidos enormes de telas, agujas, dedales e hilos y otras mercaderías que viajarían al terminar su viaje de negocios en un enorme barco que salía de Hamburgo y que estaban destinadas a surtir una nueva tienda distribuidora en la capital del lejano país y una sucursal bodega en Cartagena de Indias, encargada de recibir los envíos tras cruzar el Atlántico. El rico colombiano había llegado a un acuerdo con el director para ser el distribuidor exclusivo y representante de esos productos en ese país.
El director le propuso a Gregorio Samsa ser el enviado de la empresa con la misión de gerenciar la bodega receptora en el viejo puerto colombiano, a donde llegaban los barcos después del largo viaje. Tras aceptar la propuesta no durmió durante varios días de la preocupación por lanzarse a un mundo desconocido, pero su amante la rolliza y simpática Herta lo animaba y lo hacía conciliar el sueño después de horas de caricias y amores interminables.
Gregorio y Herta viajaron en verano en un enorme transatlántico de la American Linie supervisando la llegada a buen puerto del enorme cargamento de mercancías y meses después ya estaban instalados en Cartagena de Indias en una casa colonial llena de flores, papagayos y loros reales, donde un año después nacieron sus primeras gemelas en medio de las atenciones del servicio doméstico.
La familia creció con los años y se convirtió en una de las más distinguidas del puerto. La nueva sociedad, en la que Gregorio terminó por poseer la mitad de las participaciones, creció sin límites y creó sucursales en muchas ciudades del interior. Dominó pronto y con facilidad la nueva lengua e inclusive llegó a hablar con acento costeño, a bailar en las recepciones como ninguno y a ser uno de los hombres más joviales y generosos de su tiempo.
Nadie en Praga y menos su familia podía imaginar la extraordinaria metamorfosis de Gregorio Samsa, el hijo desaparecido que nunca dio noticias de su destino. Por su parte, su amigo el escritor Franz Kafka, frustrado en su intento de convertirlo en un horrendo insecto, renunció a la vida literaria y murió años después deprimido, pobre, tuberculoso, sifilítico y alcohólico, sumido en el más absoluto anonimato.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de marzo de 2017 

domingo, 5 de marzo de 2017

EL MITO DE ANDRÉS CAICEDO

Por Eduardo García Aguilar 
Hace cuarenta años, el 4 de marzo de 1977, se suicidó en Cali Andrés Caicedo (1951-1977) el mismo día que recibió un ejemplar de la primera edición de su primera novela ¡Que viva la música!, convertida ya en un clásico de la literatura colombiana, al lado de La María de Jorge Isaacs, La Vorágine de José Eustacio Rivera, Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez y Opio en las nubes de Rafael Chaparro Madiedo (1963-1995), quien también fue precoz y se retiró muy joven del planeta.
Caicedo hace parte de la generación de autores que irrumpió en América Latina para dar voz a los jóvenes que recibían como antenas toda la energía de la cultura pop inglesa y la rebelión juvenil aparecida en Estados Unidos al calor del rock y el movimiento contra la guerra de Vietnam y en Europa con la revuelta de mayo del 68 y la liberación de los espíritus y las artes.
En ese sentido Caicedo es el contemporáneo colombiano más joven de la generación mexicana llamada de la Onda por Margo Glantz, que con José Agustín y Gustavo Sáinz, entre otros, introdujo el desorden urbano en México al dejar atrás las literaturas agrarias practicadas por sus antecesores, aun anclados en la Revolución mexicana y el nacionalismo. Con ellos entra de lleno a la literatura el sexo, la droga y el rock and roll.  
Con el ojo crítico que siempre lo ha caracterizado, el poeta y crítico colombiano Juan Gustavo Cobo Borda (1948) tuvo la buena idea de publicar en Colcultura el libro del precoz escritor de Cali, quien en su corta vida practicó la crítica cinematográfica, el guión, el cine y fue un fanático de la música de su tiempo, la misma que se bailaba en los salones de la capital del valle del Cauca, en ese entonces un centro cultural y taller de experimentaciones donde se renovó la literatura, el pensamiento, el teatro y las artes del país.
Caicedo, como casi todos los de la generación llamada Sin Cuenta por haber nacido en esa década y despertado al arte en la adolescencia en los cruciales y psicodélicos años 60 y 70, se nutrió de las culturas mundiales que penetraban y disolvían desde todos los puntos cardinales y de manera súbita las tradiciones ultraconservadoras y arcaicas de Colombia y América Latina.
Primero, al lado de sus amigos de la generación de Caliwood, Caicedo fue asiduo al cine tanto de Hollywood como europeo que llegaba a los cineclubes de Bogotá y a las ciudades de provincia. El cine italiano de Visconti, De Sica, Antonioni, Pasolini y tantos otros, la nouvelle vague francesa, el cine sueco de Bergman, el cine experimental alemán o latinoamericano, Hitchcock, Wells, Kubrick, eran devorados por esos muchachos de pelo largo que se parecían a John Lennon y  tuvieron la oportunidad de viajar a Estados Unidos y recorrer los bulevares de Los Angeles, escrutando la soñada meca del cine.
De esa fascinación suya surgió la idea de crear la revista Ojo al Cine, donde ejerció la crítica y abrió ventanas y puertas a los jóvenes lectores de la época. Al lado de Luis Ospina y Carlos Mayolo, entre otros, Caicedo participó también con entusiasmo en las primeras filmaciones con que se iniciaban en el cine pese a los medios precarios que tenían. Todos ellos desde temprano tuvieron contacto con cámaras fotográficas y aparatos de filmación que llegaban desde Estados Unidos a Colombia y eran utilizados con frecuencia en las prósperas clases medias y altas de la sociedad, ávidas del american way of life. También practicó el teatro, que reinaba en Cali al mando del gran dramaturgo Enrique Buenaventura y en todo el país gracias a festivales internacionales de teatro que traían figuras regionales y mundiales. Y por supuesto, como todos los de su generación, lo que no era nada original, Caicedo bailó y gozó la música que protagoniza su novela.
Caicedo, que según la leyenda era hiperactivo, acelerado, atormentado y de vocación suicida, es el máximo representante colombiano de esa generación Sin Cuenta, cuyas principales figuras latinoamericanas, curiosamente, murieron prematuramente y escribieron una obra a toda velocidad antes de que se los llevara la parca, como fue el caso de Roberto Bolaño. Y además, Caicedo y Bolaño han seguido escribiendo desde el más allá, desde ultratumba, pues cada año aparece un nuevo libro de cuentos, novelas, crónicas, salidas de una inagotable y misteriosa Caja de pandora en la que sin duda meten mano la industria editorial, los avorazados agentes, viudas, familiares y ghost writers.
Cuarenta años después de su muerte, el personaje parece más joven que nunca y seduce a las nuevas generaciones de lectores. Sus libros comienzan a ser traducidos poco a poco a otras lenguas y como otros escritores míticos de la eterna juventud como Rimbaud o Lautréamont, son un ejemplo por la pasión literaria experimentada a toda prueba como un acto de rebelión artística y humana que se paga con la vida.
Lector de Malcolm Lowry y de muchos otros autores que devoró en aquellos tiempos de antes de internet y la web, el autor de ¡Qué viva la música! nos fascina y por otro lado refresca el ambiente literario latinoamericano de estos primeros lustros del siglo XXI, que el arribismo desaforado auspiciado por las casas editoras multinacionales ha burocratizado, falsificado y encerrado en literaturas locales rodeadas de muros y con temas impuestos. A diferencia de muchos narradores contemporáneos latinoamericanos que parecen antes que todo burócratas de funeraria avorazados por la codicia de la fama y el éxito fácil, Caicedo y Bolaño son vida y juventud permanentes y adalides auténticos del riesgo literario, porque nunca transigieron ni se traicionaron. 
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* Publicado en Excélsior. México. Domingo 5 de marzo de 2017.






 

miércoles, 22 de febrero de 2017

CUARENTA AÑOS DEL POMPIDOU


Eduardo García Aguilar

Se cumplen ya cuarenta años de la inauguración del Centro Pompidou o Beabourg y a pesar de que ha pasado el tiempo, sigue pareciendo tan moderno o aun más que entonces. Su estructura tubular, el carácter aparente y al aire libre de su esqueleto metálico y de las venas abiertas de la aireación, la explanada abierta a niños, saltimanquis, artesanos y payasos, la biblioteca popular accesible para locos y marginales, causaron conmoción en su momento, y ahora son un pulmón de creación en medio de una ciudad que patrullan los soldados de la Operación Centinela, poderosamente armados, cuidándola de posibles atentados en nombre de Alá.
Es el
único museo que ha aumentado la tasa de frecuentación anual, pese a la reducción del turismo causado por los atentados de Charlie Hebdo, Bataclan y Niza y la sucesión de actos terroristas puntuales que han puesto al país en amenaza permanente. Con 3, 3 millones de visitantes en 2016 y la rica actividad en diversos campos como música contemporánea, teatro, actividades infantiles, conferencias y debates.
Era estudiante en aquel entonces de Vincennes cuando Alice Morgaine, directora de la secci
ón Madame Express de la prestigiosa revista LExpress, donde desempeñaba un trabajo de carácter estudiantil en medio de fotógrafos y modelos, me cedió una invitación para asistir al acto. Entonces como ahora la xenofobia, el racismo y el nacionalismo primario estaban en carne viva.
Aunque el presidente Valéry Giscard dEstaing invitó a siete presidentes africanos, entre ellos al poeta senegalés Leopold Sedar Sengor, en la entrada los guardias y policías maltrataban a jóvenes y extranjeros. Como mi acompañante era una bella multa y éramos muchachos de veinte años y yo llevaba el pelo largo, los brutos guardias trataron de impedirnos el ingreso pese a llevar la invitación. 
Aunque una década antes la revuelta de mayo del 68 hizo irrumpir la cultura y la vida de los jóvenes en un mundo de viejos amargados por guerras y ocupaciones, la remanencia de esa intolerancia ante la juventud y más aun a los extranjeros seguía como hoy viva y ardiente. Por esa razón mi primer ingreso al histórico monumento estuvo marcado por un pleito inolvidable.



Tras la partida del general De Gaulle, como daño colateral de mayo del 68, el profesor, hombre de letras y amante de las artes Georges Pompidou llegó a la presidencia y con él un deseo de renovación en todas las esferas. Su esposa, la excéntrica y longilínea Madame Pompidou, experta en arte moderno, fue también clave en ese deseo de dar protagonismo a la modernidad artística y en la creación de un centro que diera vida a la explanada de Beaubourg en pleno centro de París.



Dos jóvenes arquitectos de treinta años ganaron sorpresivamente el concurso ante la incredulidad general y la obra se construyó rápidamente y fue inaugurada en ese invierno de 1977, sin la presencia de su patrocinador, quien falleció a causa de una enfermedad devastadora en abril de 1974.  Estuvieron presentes esa noche el presidente Giscard, los mandatarios africanos y la viuda Pompidou, que a lo largo de su vida estuvo al tanto de lo que sucedía en ese lugar loco donde se presentaban ricas exposiciones de arte moderno, primero con la serie París-Berlin, París-Moscú, París-Nueva York y luego con exposiciones dedicadas a Magritte, Paul Klee, Dali, Kandinsky, Dadá, Marcel Duchamp, David Hockney, Balthus, Francis Bacon,  Lucien Freud, Wilfredo Lam, Amsel Kiefer, los Beatniks, y tantos otros. Sus exposiciones también viajan a ciudades del mundo entero.


Renzo Piano, uno de los jóvenes arquitectos del museo, se sorprende hoy ya crepuscular del éxito sólido de su obra. Cuando presentaron el proyecto nunca imaginaron ganar y por eso dieron rienda suelta a su irresponsable y juvenil utopía. Hoy el Centro es visitado por muchos habitantes locales de la región Ile de France y afuera los niños y adolescentes gozan deambulando por esa explanada donde vuelan las gigantescas pompas de jabón lanzadas por algún saltimbanqui. Al inicio las protestas de los intolerantes fueron muchas, pero luego el lugar adquirió su carta de nobleza.
Pero cuatro décadas después, el auge en Francia y Europa de la extrema derecha, la xenofobia, el racismo y las intolerancias religiosas que provocan guerras y atentados y persecuciones y amenazan a las minorías, planean como buitres sobre el Centro Pompidou, verdadero umbral de las artes y la creatividad. Su presencia en medio de la ciudad es necesaria para conjurar los fantasmas de los crecientes neo-fascismos, herederos del régimen nazi que persiguió entonces a lo que ellos denominaban las artes degeneradas. Obras artísticas y libros fueron destruidos y confiscados por los nazis; artistas y pensadores fueron exterminados en los campos de concentración.

Cuando el Pompidou cambió drásticamente el panorama del centro de la ciudad en 1977, el país y el mundo parecían avanzar hacia una era de tolerancia, libertad, creatividad, intercambio cosmopoilita de ideas, irrupción de la mujer hasta entonces oprimida y respeto a las diferencias sexuales. Es difícil ahora constatar que los fantasmas de la caverna vuelven con fuerza y amenazan. Las viejas religiones sacan sus garras y pretenden tomar el poder a nombre de sus dioses en todo el mundo.
Sentado al frente de la hermosa mole colorida, viendo moverse en el parque aledaño las instalaciones permanentes de Niki de Saint Phale, volar las pompas de jabon que persiguen los niños, escuchando a los músicos del mundo que interpretan sus instrumentos, visitando las esculturas de Brancusi -cuyo museo taller está al lado-, y percibiendo la felicidad de los visitantes, uno piensa que el arte antiguo y moderno puede aun salvarnos de este reino de locos que ahora gobiernan en el imperio y quisieran volver a dominar en Europa con sus muecas de odio, racismo e intolerencia contra los umbrales de la memoria.  
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sábado, 11 de febrero de 2017

EL AÑO DE FRANCIA Y COLOMBIA

Cartagena de Indias
Por Eduardo García Aguilar
Este año 2017 Francia y Colombia se han dedicado a estrechar sus lazos culturales, académicos y económicos por medio de centenares de actividades celebradas en las ciudades de ambos países, que tuvieron como punto simbólico la visita del presidente François Hollande a Colombia y su viaje a un campamento para apoyar el accidentado proceso de paz. El primer semestre será el turno de los franceses en Colombia y el segundo el de los colombianos en Francia. Conciertos, coloquios, exposiciones, intercambios diversos enriquecerán una amistad que se remonta a lejanos tiempos, cuando los ilustrados de la Nueva Granada se inspiraban en las ideas de la ilustración francesa para tratar de lograr la independencia.
En los barcos que cruzaban el Atlántico llegaban libros y gacetas del Viejo continente que eran devorados y traducidos por las élites locales. Antonio Nariño tradujo por ejemplo la Declaración de los derechos humanos. El espíritu de la Enciclopedia llegó a quienes deseaban avanzar hacia un mundo moderno donde la ciencia, el saber y la razón suplantaran los dogmas impuestos a lo largo de los siglos por la clerecía católica que dominaba la educación y tenía amplia injerencia en los gobiernos.
Simón Bolívar, rico personaje de la élite neogranadina caraqueña, viajó en su juventud a Europa y durante su periplo se dedicó a leer, estudiar y a establecer relaciones que le servirían luego para su liderazgo libertador. En París vivió en las calles Vivienne y Richelieu, junto a la Biblioteca Nacional de Francia, donde pasaba horas leyendo, y muy cerca de los jardines y edificios del Palacio Real creados por el arquitecto Mansart y sitio donde la juventud de las Luces se dedicaba a los placeres y la alegría de vivir libertina.
Mucho tiempo después, en los años 20 y 30 del siglo XX, cuando vivió en París una amplia generación de estudiantes y escritores latinoamericanos como Miguel Ángel Asturias, Alfonso Reyes y César Vallejo, las asociaciones creadas por ellos colocaron placas en los lugares donde vivió Bolívar, como prueba de esa larga amistad entre Francia y la Nueva Granada. Bolívar, que tiene una avenida dedicada en el norte de la ciudad, inspiró a la generación romántica, ya que en cierta forma fue el Che Guevara de la época, un libertador y creador de naciones, ejemplo de la gloria cuya imagen y apariencia suscitaba emoción en los jóvenes revolucionarios europeos de la primera mitad del siglo XIX que luchaban contra las restauraciones. Además de Bolívar, otro de los héroes románticos fue Lord Byron, quien dejó sus comodidades para ir a morir luchando a favor de los griegos amenazados por el imperio otomano.
El rival colombiano de Bolívar, Francisco de Paula Santander, también viajó a la capital francesa y a través de su diario, publicado hace medio siglo por el Banco de la República, se pueden conocer sus interesantes impresiones de viaje. Más tarde, hacia fines del siglo XIX, fue el turno de otros viajeros como los hermanos Rufino y Ángel Cuervo, quienes decidieron vender sus negocios en Santa Fe de Bogotá y quedarse para siempre en la urbe para vivir de las rentas. En su diario de viaje, publicado por el Instituto Caro y Cuervo, los seguimos en sus correrías desde su llegada a las costas francesas y la gira por otros países europeos e incluso seguimos día a día su descripción de hoteles y restaurantes y su admiración por ese invento fenomenal que fue el ferrocarril.
Ya para ese entonces París era una metrópoli cosmopolita donde había una actividad económica y cultural extraordinaria. Grandes bulevares, teatros, estudios fotográficos, cabarets, restaurantes, editoriales, periódicos, universidades, academias, grandes museos, óperas, casas de citas y de vicio, drogas, vinos y licores, fascinaban a los viajeros colombianos adinerados o aventureros que lograban cruzar el océano y llegaban a la que entonces era la capital del mundo.
Entre ellos el joven José Asunción Silva, cuya rica familia era propietaria de la hacienda de Hatogrande, hoy sede campestre de los presidentes colombianos en la sabana de Bogotá, fue enviado a la capital a formarse en administración de negocios. Pero maravillado por la vida disoluta prefirió dedicarse a la literatura en tiempos de Verlaine y Mallarmé y los simbolistas y se gastó sus dineros en la rica vida nocturna y libertina parisina que describe con lujo de detalles en su muy moderna novela De sobremesa, una joya, de las máximas de esas cartas cruzadas entre Colombia y Francia. En ella hay vida sexual desaforada, lesbianismo, experimentación de drogas y alcoholes peligrosos y, por supuesto, intoxicación de ideas políticas y sociales que inspiraron al personaje Fernández cuando regresó al país.
Vargas Vila, Germán Arciniegas, Botero, Negret, Puyana, Gabriel García Márquez, Julio Olaciregui y Miguel de Francisco, entre otros muchos autores, artistas, músicos, científicos y estudiantes de todas las disciplinas han preservado esa tradición que hoy se enriquece con miles y miles de jóvenes estudiantes que se doctoran masivamente en las universidades francesas y que al regresar al país siguen manteniendo viva la llama de la amistad franco-colombiana.
Pero por supuesto no solo se trata de un intercambio de élites económicas, artísticas y académicas. Desde hace unas décadas y en los tres primeros lustros del siglo XXI la migración popular colombiana ha aumentado de manera vertiginosa, especialmente personas de origen paisa, antioqueños, vallunos, originarios del Eje Cafetero. Muchos colombianos, artesanos, albañiles, pintores de brocha gorda, conductores, plomeros, personas dedicadas al servicio doméstico, que ya se habían nacionalizado españoles, tuvieron que salir de una España golpeada brutalmente por la crisis económica e ingresaron a Francia, donde gozan de tranquilidad y excelentes condiciones de trabajo.
También miles y miles de asilados, desplazados y exiliados han llegado en las últimas décadas al calor de acuerdos y convenios bilaterales y después poco a poco han traído a sus familias de acuerdo a las leyes locales del reagrupamiento familiar, que critica la extrema derecha. La presencia, el acento de los colombianos se siente en calles, metro, restaurantes, prósperas tiendas de productos autóctonos y en la multitudinaria presencia suya en los frecuentes conciertos de salsómanos, cumbiamberos, vallenatos, desde los herederos de Joe Arroyo hasta Yuri Buenaventura, sin olvidar a Totó la Momposina. Todo esto es lo que se celebrará en este año dedicado a la amistad entre ambos países.
 
 --- Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de febrero de 2017.

lunes, 30 de enero de 2017

HUMILLACIÓN DE MÉXICO

Por Eduardo García Aguilar.
Donald Trump, que gobierna con insultos y bravuconadas a través de Twitter, logró unir a los mexicanos de todas las tendencias políticas con una absurda humillación innecesaria, lo que nadie había podido conseguir en mucho tiempo. Portavoces de revistas tan opuestas como Letras Libres, heredera de Octavio Paz, y Proceso, bastión de la izquierda, han protestado al unísono por primera vez contra los insultos y humillaciones antimexicanos del King Kong blanco que se tiñe la melena y el copete de rubio platinado.
Desde la vieja casta actual del PRI, dominada por los herederos millonarios del legendario grupo Atlacomulco, hasta los disidentes del destartalado Partido de la Revolución Democrática, fundado por Cuauhtémoc Cárdenas, o el nuevo movimiento Morena del candidato Andrés Manuel López Obrador, pasando por la derecha del PAN y sus polémicos expresidentes Fox y Calderón, todos han saltado unidos ante la amenaza y despertado de repente de un letargo de rencillas, odios y divisiones que condujo a México a perder su influencia geopolítica regional y mundial, cuando es una potencia media rica, grande y con una fabulosa historia milenaria.
Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, pobres y ricos, heridos todos por las inauditas diatribas racistas del gringo viejo, descubrieron de repente el peligro en que se encuentra de repente su país, cuando pensaban hasta hace poco que eran los principales aliados seguros del imperio y los más obsecuentes y sumisos amigos. En las redes sociales era impresionante constatar esa coincidencia hermanada de figuras intelectuales, académicas, culturales, políticas, gremiales que hasta ayer se detestaban y se denigraban sin pausa.
Y no es para menos. Durante la campaña electoral Trump logró subir en las encuestas acusando a los mexicanos de violadores, ladrones y sucios y prometiendo construir un enorme muro para instalar un cordón sanitario con el despreciable vecino, que según él quita empleos a los gringos blancos y se aprovecha de la bondad yanqui. Al principio el débil presidente Enrique Peña Nieto y los suyos creyeron que eran solo bravuconadas de campaña y lo siguieron tratando con guantes de seda. Parecían inocentes corderos lamiendo las patas del lobo. Incluso el gobierno invitó al candidato Trump a venir al Palacio de los Pinos, en un error histórico que la población mexicana repudió de manera unánime haciendo caer al artífice de la maniobra, el ministro Luis Videgaray. El desagradecido y patán invitado humilló de nuevo ese mismo día a México, al amenazar con hacerle pagar los 50.000 millones de dólares del costo de la absurda y faraónica obra. Para congraciarse con Trump, Peña Nieto sacó del ostracismo al defenestrado Videgaray y lo nombró canciller por sugerencia del candidato, convirtiéndose en el primer canciller mexicano nombrado a dedo por el futuro presidente de Estados Unidos.
En la primera semana de poder del victorioso magnate, el gobierno mexicano seguía inerme, actuando como inocente cordero. Envió al canciller Luis Videgaray y a su comitiva a negociar a Washington y a cambio Trump profirió aun más insultos y por Twitter sugirió desinvitar a Peña Nieto, quien iba a visitarlo el 31 de enero a Washington, tratándolo como un lacayo. Fue tal la humillación que toda la clase política mexicana y la población rodeó al humillado presidente y éste no tuvo más remedio que cancelar la visita.
Se creó así uno de los más graves conflictos diplomáticos entre México y Estados Unidos desde los tiempos de Lázaro Cárdenas, cuando éste nacionalizó el petróleo entre 1936 y 1938. Un conflicto absurdo, pues la agresión y la humillación de Trump es a un aliado manso y servicial que desde hace tres décadas, cuando firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), solo ha sido un leal y sumiso amigo del imperio que ha seguido como buen alumno las políticas neoliberales y librecambistas en boga en el mundo, incluso en contra de sus intereses, lo que de facto lo debilitó como líder regional.
Estados Unidos robó a México la mitad de su territorio a mediados del siglo XIX, como lo atestiguan los nombres hispanos de las ciudades y los Estados del sur estadounidense: California, Los Ángeles, San Diego, Sacramento, San Francisco, San Antonio, Nuevo México, Nevada, Las Vegas, Texas, y mil etcéteras. Durante los siglos XIX y XX millones de mexicanos pobres contribuyeron con sus manos a construir la riqueza de Estados Unidos. Ellos han realizado el trabajo agrícola, construido carreteras, puentes, trabajado en el servicio doméstico, limpiado baños, basuras, y con el sudor de su frente y salarios bajos han trabajado de manera honrada para enviar remesas a sus familiares pobres en México. En la actualidad hay millones y millones de personas legales de origen mexicano en todos los Estados y ciudades del país. Millones se han casado allí y creado familias mixtas, como es el caso de Jeb Bush, el otro miembro de la dinastía Bush, casado con una mexicana de Zacatecas, lo que le valió las ironías del racista magnate inmobiliario. Y al mismo tiempo millones de estadounidenses han vivido o viven en México, donde tienen empresas, negocios, propiedades y han sido recibidos con largueza y generosidad por los mexicanos.
México es un país sincrético, con una extraordinaria y rica cultura milenaria indígena, pero a la vez marcado por la colonización española y ya en el siglo XX por la cultura pop estadounidense que vive y se ancla en el país, que adoptó el American way of life. Por su vecindad, son países llamados a entenderse y vivir en paz. Reagan, Carter, Bush padre, Bush hijo, Clinton y Obama lo entendieron y trataron de conservar esa convivencia hasta le llegada al poder hace unos días del magnate, que ya creó el primer lío diplomático.
Su agresión tal vez haga despertar a los mexicanos y los una en la recuperación de su fuerza, dignidad e influencia. En Davos, Suiza, el líder chino Jiang Xiping dijo hace una semana que las guerras comerciales no benefician a nadie, convirtiéndose de facto en un escuchado y moderado líder mundial. Si Estados Unidos se cierra, México y la región pueden negociar con otras potencias, entre ellas China, India, Japón y la Unión Europea. No hay mal que por bien no venga, dice el sabio refrán. Por eso los latinoamericanos debemos apoyar ahora a nuestro hermano mayor amenazado.
--- Fecha de publicacion: Domingo 29 de enero de 2017 en La Patria. Manizales. Colombia.

sábado, 21 de enero de 2017

EL ADVENIMIENTO DEL REY MIDAS




Por Eduardo García Aguilar
En una ceremonia sobria, fría, casi de funeral, el nuevo presidente del todavía imperio estadounidense, Donald Trump, prestó juramento el viernes bajo las columnatas del Capitolio en Washington ante una muchedumbre que esperaba bajo la lluvia, convirtiéndose en el 45° mandatario de ese país y sucesor del primer presidente negro de Estados Unidos, el brillante abogado de Harvard, Barack Obama.

En un corto  discurso demagógico el multimillonario, racista y xenófobo, profirió una serie de lugares comunes al uso de todos los politicastros y tiranuelos que prometen el paraíso a los desposeídos a quienes dicen representar, cuando a lo largo de su vida han abogado precisamente todo lo contrario al beneficiarse del nepotismo, la plutocracia, el derroche y los lujos dorados de un desaforado mal gusto sin nombre.


A la ignara masa, en su mayoría blanca y provinciana,que propició su triunfo, le ha dicho que el país volverá a ser grande, que florecerán túneles, puentes, aeropuertos, edificios y lloverán empleos, pues todo el dinero milagroso que traerá el rey Midas solo será para los pobres locales y no para los malvados inmigrantes que ahora encontrarán fríos muros en las fronteras del país.


Como buen demagogo dijo que la transición no era entre uno y otro presidente sino entre un presidente y el pueblo que, según él, ahora sí ha tomado el poder y es el que decidirá, cuando todos sabemos que su gabinete es de magnates, multimillonarios y ex funcionarios de Goldman Sachs, de donde salen ahora en el mundo muchos de los gobernantes, cancerberos de los intereses financieros del gran Big Brother plutocrático.


Todos los dictadorzuelos de izquierda y derecha prometen lo mismo al llegar al poder. Lo hicieron todos los dictadores latinoamericanos y africanos, los bolcheviques en Rusia cuando hablaron de la dictadura del proletariado o Mao TséTung con la Revolución Cultural y lo hizo el bigotón austriaco Hitler en Alemania prometiendo la nueva grandeza de Alemania, a su parecer devorada por desechables extranjeros y los judíos.


Los votantes de Trump le creerán tal vez que las viejas fábricas de carbón, las siderurgias y otras empresas que desaparecieron arrasadas por la nueva era tecnológica volverán a surgir como por encanto resucitando los millones de obreros bien pagados de las tres décadas gloriosas, que fueron la base del American Way of life, difundido por el cine de los años 50 al son de los conciertos de Frank Sinatra y Elvis Presley.


En la noche, el viejo magnate de melena y copete dorados fijados con laca bailó con su esposa la ex modelo e inmigrante ilegal eslovena al ritmo de la canción My Way de Frank Sinatra, expresando el mensaje de que como niño mimado, hijo de millonario, ha hecho y hará lo que le viene en gana, no importa si lo que haga signifique probablemente el inicio del fin del imperio, como en su tiempo lo hicieron Nerón y Calígula con la era romana.

Nadie olvidará la asquerosa campaña que lo llevó al poder. Insultó y humilló a sus vecinos los mexicanos, la mitad de cuyo territorio fue robado precisamente en el siglo XIX por Estados Unidos y cuya sangre sudor y lagrimas ha servido para construir en parte la riqueza gringa. Al estigmatizarlos como causantes de los males nacionales, se ganó los votos del blanco ignorante de pueblos y campañas, ahítos de odio y racismo.

El sábado, cientos de miles de manifestantes recordaron en Washington su repugnante machismo de gorila alfa, el desprecio y el maltrato hacia las mujeres, para él simples objetos de adorno para macho rico, a las que dijo poder agarrar por el sexo y besar cuando quiere porque es potentado y famoso. Y ecologistas, universitarios, académicos, asociaciones de las minorías y demás movimientos protestaron por toda esa utilería nefasta de la ideología de extrema derecha que vehiculan buena parte de sus asesores y consejeros.

En vez de tratar de calmar los ánimos de un mundo que vive en guerra, Trump se ha lanzado a casar peleas con la vieja Europa aliada, que ahora estupefacta escucha las amenazas del viejo gruñón. Le ha mostrado los dientes a la potencia china, cuya proverbial y milenaria paciencia ha sabido derrotar a todos los que alguna vez quisieron conquistar al imperio del sol naciente. Y cosa increíble, esta semana fue el presidente chino Xi Jinping, príncipe rojo heredero de Mao TseTung, el que pronunció un discurso abierto y sereno a favor del libre comercio y la tolerancia en la cumbre de Davos en Suiza, como si asumiera de repente el liderazgo mundial. Propiciar guerras comerciales no ha beneficiado nunca a nadie en el mundo, dijo el líder chino.

Trump quiere deshacer el pacto nuclear con Irán, logrado después de tres lustros de arduas negociaciones y aboga por un mayor armamentismo nuclear. Sin que se lo pidan dice querer aliarse con Rusia para poner en tenaza al mundo. ¿Podrá Trump realizar todos sus delirios y fantasmas? ¿Lo controlarán las propias fuerzas interiores del Estado gringo? Incógnitas para los próximos meses o años.



Todo esto apenas comienza y tal vez como ocurre con los fanfarrones, una vez en el poder logrado a base de mentiras y bravuconadas y con las técnicas de la telerrealidad que conoce muy bien como presentador estrella del programa El aprendiz y dueño de Miss Universo, Trump solo gobierne como lo que realmente es, un derechista típico gringo, una mezcla degenerada de Ronald Reagan y George Bush hijo, condimentada con algo de Ku Klux Klan.


Pero como siempre también está presente la otra gran América que ya empieza a manifestarse y enfrentará lo arbitriario del sátrapa con la entereza de la derrota, pero con la lucidez de la inteligencia. Estados Unidos también es esa otra fuerza de cultura, ciencia, arte, tecnología, música, tolerancia, generosidad, que conocemos quienes hemos vivido allí alguna vez.  Walt Whitman, William Faulkner, Ernest Hemingway,  Martin Luther King, Bob Dylan, Angela Davis, Joan Baez, Janis Joplin, Jim Morrison, Noam Chomsky, Meryl Streep, Scarlett Johanson y tantos otros velan por los derechos amenazados.

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* Publicado en la Patria. Manizales. Domingo 22 de enero de 2017.