lunes, 21 de agosto de 2017

BARCELONA A LA VUELTA DE LA ESQUINA

Por Eduardo García Aguilar
Desde la fuente de Canaletas, donde deudos y paseantes colocan ahora flores, hasta el Liceo, frente al Café La Ópera, se ha escrito gran parte de la historia de La Rambla principal de Barcelona, larga vía en declive que va hacia el mar y se detiene ante la estatua de Colón, que señala desde ahí la lejanía americana.
Junto a las flores de siempre, en un tiempo hubo griterío de los pájaros que eran vendidos en sus jaulas para gusto de infantes y abuelitas. Y desde el largo siglo XIX, que amaba tanto el papel y las ideas, los kioscos de periódicos y revistas han hecho las delicias de los habitantes y viajeros llenos de ideas, sueños e ilusiones, esos que cruzan la calle y toman un café con leche y un croissant para desplegar el diario y enterarse de los chismes políticos o de las lejanas revoluciones o desastres.
Todas las generaciones de transeúntes y peatones, especialmente los parlanchines letrados, estudiantes y poetas, han ido de un extremo a otro conversando animadamente para arreglar el mundo o confesar las cuitas y las ilusiones y fracasos de la vida. Ninguna vía como esta apta entonces para aparecer en novelas o poemas o en crónicas y relatos orales o en las imágenes de los fotógrafos aficionados o los amantes de postales. Todo eso está en los libros de Josep Plá, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y Juan Marsé.
La Rambla es familiar. La abuela va con la hija o la nieta rumbo al mercado de Boquería con su ambiente colorido y ruidoso en busca del pescado o la carne fresca, frutas, legumbres o delicias de todo tipo, cuando no se desvía a buscar del pan en alguna de las legendarias pastelerías art nouveau de la zona o de algún medicamento, vino, vajilla, copa, joya, telas o prenda veraniega o de invierno.
El tío va con el sobrino, el padre con el hijo, los novios tomados de la mano y así todo allí se impregna de historias familiares, tanto de los oriundos catalanes que esgrimen sus apellidos de pureza en un largo algoritmo de ficciones nacionalistas, como de los inmigrantes que son la mayoría y vienen de Andalucía, Extremadura, Valencia, Murcia, Asturias, Navarra, Galicia, Canarias, Cuba o de América Latina toda.
La primera vez que la visité en 1975, cuando agonizaba el dictador Franco, fui testigo allí de la cabalgata violenta de los policías montados que perseguían a quienes protestaban por los ajusticiamientos crepusculares del tirano o manifestaban a favor de la democracia y la apertura. Los jóvenes corrían y se dispersaban en las callejuelas mientras los jinetes del apocalipsis franquista esgrimían sus armas y a veces lograban atrapar a algún desafortunado.
Ahora esta semana terrible fueron los jinetes del apocalipsis mahometano los que cruzaron raudos en una furgoneta aplastando a centenares de personas a su paso, sembrando el terror, el caos y la muerte y dejando lisiados para siempre a decenas de inocentes paseantes, locales y extranjeros. De repente la hospitalaria Barcelona se convirtió en un infierno al grito de Alá. He ido tantas veces que Barcelona es como mi casa y cada milímetro de La Rambla lo he recorrido miles de veces poseído por la alegría de volver al lugar de donde uno nunca se ha ido ni se irá.
En ese 1975 había sido invitado por mis amigos barceloneses Mari José López Touron, de la calle Duque de la Victoria, Antonio, del barrio San Rafael y Antoni Farreni i Pociello, el de la calle Sepúlveda, quienes se desvivieron todo ese verano para atendernos como reyes y comer como gigantes las más deliciosas exquisiteces gastronómicas. Cómo no enamorarse de Barcelona y de los barceloneses después de tanta hospitalidad en esos tiempos en que reinaba el boom latinoamericano en sus calles y todo era poesía y canción bajo el mando de Joan Manuel Serrat, cuyos conciertos multitudinarios nos convocaban con frecuencia.
Barcelona es y ha sido un polo cultural invaluable, centro de editoriales y librerías y con el tiempo se ha convertido en el balneario de los millones de turistas europeos que huyen del frío y buscan el sol mediterráneo, que nunca se va de la ciudad condal en ninguna temporada del año. La mayoría de los transeúntes son viajeros que llenan hoteles, bares y restaurantes y hacen bulla y se emborrachan, provocando la furia de muchos lugareños asfixiados por la ola de visitantes.
También Barcelona es y sigue siendo la capital cosmopolita, pese a que dos o tres generaciones de catalanes puros, no necesariamente mayoritarios, han sido poseídos lamentablemente por el delirio identitario y quieren separarse a toda costa de España y crear un diminuto país cerrado a una sola raza pura y a una lengua sola y única. Son los peligros absurdos del regionalismo ciego, el patriotismo y el nacionalismo obtusos que carcomen a la humanidad. En ese contexto, ya con las alas golpeadas por la división, la bella Barcelona ha recibido un golpe de magnitud extrema al grito de Alá, un golpe asestado por los sanguinarios soldados del Ejército Islámico.
Al día siguiente se vio una imagen impensable en la Plaza Cataluña. El rey Felipe VI, el presidente Mariano Rajoy, la alcaldesa Ada Colau, el ideólogo radical de Esquerra Republicana Oriol Junqueras y el presidente de la Generalitat local Carles Puigdemont juntos en un minuto de silencio urgente ante la tragedia y el dolor bajo un vuelo de aves blancas.
Quienes amamos a Barcelona y a Cataluña quisiéramos que ese momento de concordia entre el Estado español y los acalorados líderes del nacionalismo catalán se repita una y muchas veces. Y que el delirio independentista y absurdamente antiespañol de los nacionalistas catalanes se calme, porque ante la magnitud de la amenaza y lo sorpresivo del golpe asestado, deben saber ahora que el verdadero enemigo de Cataluña no es la España democrática y multinacional, sino el ejército del incendiario califato islámico infiltrado ya es sus pueblos profundos, barrios y callejuelas de ensueño.

lunes, 14 de agosto de 2017

EL FANTASMA DE JUAN RULFO
Por Eduardo García Aguilar *
La leyenda de Juan Rulfo entre los escritores de hoy y de mañana quedará fija como la de quien se rebeló con todas sus fuerzas ante la esclavitud de la imagen propia y la vanidad. Tal vez al lado de Samuel Beckett y Julien Gracq y de otros pocos, el autor mexicano se negó a subir a la carroza de la « carrera literaria », mezquino vehículo que en estos tiempos de pragmatismo comercial devora a los escritores de todo el planeta. (1)

Que este hombre, con una enorme celebridad ganada contra viento y marea y tal vez a pesar suyo, hubiera resistido a la tentación de hacer dinero ofreciendo libros a destajo, muestra que las voces de su delirio provenían de un yacimiento muy peculiar, cuyo material sólo se revela a los más sabios, a los más auténticos escritores.

Recién llegado a México, tuve la oportunidad de encontrarlo en varias ocasiones en la cafetería y librería El Agora, solo o conversando con los meseros, y tuve también la maravillosa idea de no abordarlo para decirle cuanto su gesto marcó y marca a los escritores de mi país natal, empezando por Gabriel García Márquez, a quien Alvaro Mutis le dio a leer como ejemplo el legendario libro Perdro Páramo.

Rulfo vestía modestos trajes oscuros, el cabello cano peinado hacia atrás dejaba ver su frente blanca y a veces se le veía con unos enormes lentes oscuros de carey. Alguna vez en la mañana fuimos ambos a lo largo de varias horas los únicos clientes de esa cafetería situada en los altos de la librería de la Avenida Insurgentes y para mi aquella comunión con su presencia fue otro de esos momentos epifánicos de la vida, cuando uno sabe que la fuerza de la verdad y la autenticidad está ahí al lado.

No se trataba en mi caso de esa idolatría que ahora se impone en el mundo frente a los escritores que más venden y ganan premios, más se arrastran ante el poder y los ricos, sino la veneración hacia quien era una especie de San Francisco de la literatura latinoamericana.

Me podrán decir que estoy loco al comparar a Rulfo con San Francisco de Asís, pero no hallo otra figura con quien parangonarlo. Si el nombre de San Francisco aparece aquí para acercarnos a Rulfo es porque el verdadero escritor es siempre alguien muy cercano a la santidad y su ejercicio equiparable a la religión.

El Rulfo que yo vi aquella larga hora sin un libro ni un periódico en la mano y que sólo intercambiaba calurosas palabras con el mesero, acababa de regresar de un viaje a China y tenía la mirada perdida en una extraña placidez irónica de santo. Mientras sus contemporáneos intrigaban aquí y allá, o se lanzaban piedras o miradas de odio, o se pavoneaban buscando el poder, él no temía bajar a la realidad de esa mesa y esa cafetería, ajeno a eso que llaman « gloria ».

Rulfo se me apareció también en los sueños y lo veo nítido en una de aquellas excursiones oníricas. Estaba en una calurosa población de Brasil, tal vez Paraty, con casonas coloniales y calles empedradas y de pronto me hallaba en un cementerio. De repente se aparecía Rulfo, se sentaba a mi lado y me ponía conversación sobre algo absurdo como el color ocre de las hojas de otoño. Tenía la mirada acuosa, lejana, de quien se sabe sueño, fantasma, irrealidad, concreción mítica, imagen fantástica, cuerpo de aire o poesía. Ese encuentro es para mi tan real como si hubiera sido cierto, igual al verdadero de años antes en la cafetería El Agora, una mañana sin fecha.

Rulfo nos legó en unas cuantas páginas la gesta de esos hombres de la tierra que son y han sido los mismos desde siempre, marcados por el rezo, el miedo a la muerte, imploradores de lluvia, curadores de llagas, gimientes en la oscuridad. Ahora que he vuelto a Talpa, El llano en llamas, Diles que no me maten, Luvina, La herencia de Matilde Arcángel o Pedro Páramo, he sentido el escalofrío de saber que estuve cerca alguna vez de un escritor que se sabía ajeno a las voces que de él emergieron en las desoladas tardes de los años 50. Llanto, tierra, montaña, cordillera, tumba, herencia, padre, fusilamiento, llaga, ranas, peregrinación, oración, treno de rezanderas, enfermedad, silencio, palabras de donde nace la literatura.

Cuando murió tuve otra oportunidad de estar cerca a él. La televisión colombiana me pidió imágenes sobre el mundo del recién fallecido y entonces recorrí los sitios por donde anduvo en la capital mexicana, las librerías preferidas, las calles de barrio donde estaba su apartamento y las oficinas del Instituto Nacional Indigenista, en la Avenida Revolución, donde trabajó durante años. Entré a su oficina aún fresca de él, vi su taza de café y escuché el llanto lento de sus secretarias, que lo vieron entrar y salir de ahí, ajeno a la gloria que lo perseguía ya desde hacía décadas.

La furia del poder autocrático de un presidente que se creía Quetzaltcoatl había caído sobre Rulfo hacía unos años, por la osadía que tuvo de opinar sobre los militares.

Hoy nadie se acuerda del presidente de turno y la obra de Rulfo está cada vez más presente porque relata los sufrimientos de un pueblo que sigue y seguirá sufriendo, lejos de toda redención en la tierra. La de Rulfo es una voz que estará siempre ahí como una pirámide, una montaña, la voz que a través de un hombre del siglo XX quiso expresar la de las ánimas que poblaron esta tierra desde hace milenios y la seguirán poblando cuando ya no haya nada.



* Publicado en Expresiones de Excélsior, México. Domingo 3 de abril de 2011.

LA FUERZA PROTEICA DE OCTAVIO PAZ

Por Eduardo García Aguilar
En los años que viví en México entre 1980 y 1998 me tocó presenciar la impactante influencia intelectual en todos los dominios de Octavio Paz, quizá uno de últimos escritores que han concentrado en torno a su obra y figura el espíritu histórico de una nación y en este caso una que por su riqueza, variedad, complejidad y antigüedad milenaria se encuentra al lado de Egipto, India, China y Japón en el primer rango de las civilizaciones irradiantes de imaginarios y sentidos.
En esos tres lustros de vida en México no había un solo día en que no apareciera Octavio Paz involucrado en todos los medios de comunicación en una polémica con la izquierda o con alguno de sus muchos enemigos jurados o adversarios literarios. Reinaba desde la poderosa y muy rica revista Vuelta, que tenía influencia internacional, dirigía debates y programas culturales en la cadena Televisa, escribía en diarios, organizaba encuentros internacionales de poesía o de temas mundiales, ejercía como brillante crítico de arte y publicada múltiples libros sobre política mexicana y mundial, poesía, estudios y tratados literarios como El arco y la Lira o Sor Juana Inés o las trampas de la fe, Cuadrivio, El ogro filantrópico, El mono gramático, Árbol Adentro y muchos más.
Dirigía la cultura del país con mano de hierro y estaba al tanto de todo, hasta de los más nimios chismes, y alerta y obsesivo como siempre participaba en la esgrima y en las batallas culturales y literarias no dejando títere con cabeza, como un Quijote con su adarga pugnaz. Con su magnífica prosa, erudición e inteligencia desbordantes y omnívoras, Paz fue un maestro irritante y urticario para quienes vivimos en México en esos últimos quince años de su vida. El solo fue una universidad y todos estábamos alertas a comprar la nueva revista Vuelta y a devorarla o a asistir a los debates y coloquios donde se presentaba. Sus textos nos invitaban a leer y conocer cada vez más y aunque no se estaba de acuerdo con él en muchas cosas, especialmente en sus pasiones políticas, su magisterio fue de crítica y libertad y su ausencia se nota desde su partida.     
Paz (1914-1998) era una fuerza proteica dotada de una energía fenomenal, pues fue gran poeta, crítico literario y artístico, historiador, director de revistas, diplomático y político. A lo largo de su vida fue también un ejemplo típico "escritor comprometido" latinoamericano que abogó por varias causas y fue militante alerta y lúcido a los cambios de su sociedad y del mundo en el sangriento siglo XX.
Igual que Víctor Hugo en Francia, Goethe en Alemania, Tolstoi en Rusia, Paz se inscribe dentro de la tradición de los escritores padres de la patria, orientadores de juventudes, líderes de opinión y solo le faltó ser candidato presidencial, como lo fueron en el continente José Vasconcelos, Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa y Pablo Neruda, entre otros. Asimismo Paz fue cercano al poder como diplomático de alto nivel y embajador en la India, cargo al que renunció a causa de la famosa matanza de Tlatelolco antes de los Juegos Olímpicos de 1968, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
En los años de diplomático en Francia, India, Japón y Ginebra ante organismos de Naciones Unidas, elaboró muchos informes sobre la situación geopolítica mundial y en la capital francesa, donde fue cercano al surrealismo y amigo de André Breton, reflexionó sobre los tiempos de la posguerra, la guerra fría y la crítica de los totalitarismos de inspiración marxista-leninista que ya comenzaban a ser analizados desde los años 40 por sus amigos Cornelius Castoriadis, Jean François Revel  y Claude Lefort, en los que se inspiró para avanzar por ese camino antitotalitario y evolucionar de las ideas marxistas, agraristas y socialistas de su primera juventud hacia un pensamiento de corte social-demócrata primero y luego finalmente liberal y de derecha. 
El autor de "El laberinto de la soledad" era el nieto de un liberal porfiriano, Irineo Paz, e hijo de un abogado zapatista, asesor intelectual de Emiliano Zapata, hombre de vida compleja cuyos artículos políticos zapatistas pasaba en máquina el joven y precoz Octavio Paz en su casa de Mixcoac. Desde sus años de estudiante de bachillerato y universidad Paz militó en movimientos de izquierda y viajó a Yucatán a trabajar con los campesinos, antes de ser invitado a los 23 años de edad como representante de la izquierda mexicana al congreso de la Alianza de intelectuales antifascistas para la defensa de la cultura en Madrid y Valencia en 1937, donde se codeó con las grandes figuras progresistas de la poesía y la literatura de entonces como André Malraux, César Vallejo, Pablo Neruda, Antonio Machado y Rafael Alberti, entre otros muchos.
Leer su obra nos ayuda a comprender la rica complejidad de un México sincrético, anclado en el milenario pasado de sus múltiples civilizaciones prehispánicas, luego enriquecido por los largos siglos barrocos de la colonia, agitado por las batallas entre conservadores y liberales del siglo XIX y marcado para siempre con trazos de sangre por la Revolución mexicana de 1910 y la posterior solidificación de la misma encarnada en el todopoderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI), para él un verdadero "ogro filántrópico" al que fue cada vez más fiel hacia el final. El ogro lo protegió en sus últimos meses de enfermedad, después del incendio de su casa, en una casona colonial de Coyoacán, escoltado como un mandatario por el mismísimo Estado mayor presidencial y cuya propia silla de ruedas de enfermo terminal fue impulsada varias veces por el propio presidente de la República, el joven Ernesto Zedillo Ponce de León, el Tlatoani protector.
A casi 20 años de su muerte podemos volver con más serenidad a leer su obra múltiple y rescatar de él al intelectual que quiso hablar de igual a igual con las ideas y las literaturas mundiales, encarnarse en las tradiciones milenarias de Occidente y Oriente sin desechar lo prehispánico y contribuir a que la poesía y la literatura sean espacios de libertad, modernidad y reflexión lúcida sobre la existencia, en un mundo agitado donde las guerras religiosas vuelven a ensombrecer el panorama y las fuerzas del dinero y el mal acechan y abogan por nuevas guerras y conflictos que tocará a otros conjurar y analizar.   
  

sábado, 22 de julio de 2017

EL DANUBIO DE CLAUDIO MAGRIS

Por Eduardo García Aguilar
Claudio Magris (1939) es uno de los escritores contemporáneos más notables y su libro Danubio, publicado en 1986, una de las lecturas más fascinantes y actuales para quienes exploran géneros híbridos como los libros de viaje y el ensayo polifacético, que se aparentan pese a todo con la novela, convertida a veces en un simple sucedáneo comercial donde poco importa el fondo y más los avatares de tramas repetitivas y banales de estilo hollywoodense.  El italiano, ganador de los premios Strega, Médicis, Guadalajara y Príncipe de Asturias, entre otros muchos y que es mencionado con frecuencia en las listas de probables ganadores del Premio Nobel, es un autor de la estirpe de los grandes polígrafos de Europa central y del Este de todos los tiempos, entre quienes figuran Hölderlin, Goethe, Mann, Kafka, Roth, Canetti y una lista interminable de escritores que dejaron huella de su paso por el mundo y fueron fieles al pensamiento, a la reflexión histórica y a la atracción por la naturaleza, ríos, lagos, cañones y cascadas de las montañas alpinas.
Magris nos comunica en su obra la delicia de tener como oficio principal en la vida la lectura, pues a través de ella abrimos ventanas en el tiempo y el espacio y viajamos sin cesar por las ideas, paisajes y misterios de la vida y la historia. En sus libros nos cuenta esa aventura humana llena de episodios luminosos y también de terribles tragedias. Visitante incesante de bibliotecas en abadías, conventos, viejas universidades y librerías de viejo, no se limita a leer solo a los grandes autores consagrados, sino también a los olvidados y excéntricos que sorprenden incluso cuando sus obras son decepcionantes, ingenuas, maniáticas, excesivas o patológicas.
También explora en sus estudios correspondencias rescatadas, archivos municipales y notariales, contabilidades de comerciantes, traficantes, jueces, funcionarios, alguaciles, pícaros, arquitectos, ingenieros, cartógrafos, médicos, militares o eclesiásticos de todas las diferentes confesiones surgidas y desaparecidas a lo largo del tiempo. Rescata a su vez canciones y cuentos infantiles, leyendas de fantasmas y desaparecidos, historias de traiciones amorosas y filiales, costumbres culinarias o vinícolas campesinas, usos agrarios y veterinarios y describe con detalle muebles, cuadros, objetos, viejos bastones, camafeos, álbumes fotográficos familiares, todos ellos hallados en desvanes abandonados o en mercados de pulgas que pululan los domingos o días de fiesta en las plazas de viejas ciudades y pueblos.
Para él todo ser humano, poderoso u humilde, debe ser escuchado con atención para crear el rompecabezas de ese universo danubiano donde mandaron en oleadas sucesivas figuras como Atila o los monarcas del Sacro Imperio romano-germánico o el multiétnico Imperio Austro-Húngaro de los Habsburgo, derrumbado al alba de la Primera Guerra Mundial, y a veces, tras incursiones sangrientas, hasta las huestes del temible Atila o las de Solimán el Magnífico y los otomanos que desde Turquía siempre trataron de conquistar a Europa desembarcando en Grecia y en las zonas de los países del Este. Y eso sin olvidar los episodios totalitarios recientes del nazismo y el estalinismo, cuyas fuerzas militares sembraron el miedo y el terror a su paso, o la mucho más reciente Guerra de los Balcanes que despertó los fantasmas de las conflagraciones étnicas y religiosas ancestrales.
Escenario del éxodo humano, la Mitteleuropa que Magris nos describe en su libro Danubio nos ayuda a entender las tensiones que en este siglo XXI siguen tan vivas y amenazantes como nunca. Hace apenas un año un millón de inmigrantes sirios, iraquíes y afganos y de otras nacionalidades llegaron a Alemania de un solo golpe huyendo de las guerras en Oriente Medio y Asia, eso sin contar la tragedia de los ahogados que por miles mueren en las aguas griegas o en el Mediterráneo central buscando llegar al continente Europeo en barcos precarios.
Asesinatos, magnicidios y guerras infernales han ocurrido ahí en esa Europa Central desde todos los tiempos y aun hoy, en medio de la crisis mundial y las nuevas guerras religiosas, sabemos con Magris que los fantasmas del miedo y el terror pueden volver a desencadenarse con actores nuevos y distintos a los de otras épocas llenas de anarquistas, nacionalistas, racistas, fascistas, nacional-socialistas o bolcheviques. El Holocausto nazi parece estar sepultado, pero los odios y las pulsiones del mal siguen ahí porque el ser humano, ya lo sabemos, siempre ha sido un lobo para el hombre y busca chivos expiatorios.
Nacido en Trieste en una zona europea donde las fronteras han cambiado sin cesar en medio de guerras fratricidas entre imperios y países, etnias o iglesias, Magris ha dedicado su vida a rastrear la historia de los hombres de esa Mitteleuropa, que va desde las fuentes iniciáticas del Danubio en el Bosque Negro, al suroeste de Alemania, y el Mar Negro, donde desemboca después de cruzar raudo por lo que hoy es Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria, Eslovaquia, Serbia y Rumania, entre otros países que se han despedazado en mil guerras y han cambiado de amos, reyes y emperadores como de camisas.
El autor ha ejercido como profesor en la universidad y dedicado su vida a la lectura incesante de las obras literarias generadas en esa zona y de los documentos diversos con los cuales se construye la microhistoria de cada uno de los pueblos, villorrios y ciudades surgidas en las riberas de este rico río navegable por donde han transitado desde hace decenas de miles de años los inefables homo sapiens sapiens, y antes de ellos, los Neandertales. En una de las cumbres fue hallado congelado hace unas décadas un hombre que murió hace 5.000 años y cuyos restos nos muestran el modo de vida de los anónimos viajeros arcaicos de mucho antes de que hubieran surgido las grandes civilizaciones griega y romana y los grandes ejércitos.
Nada le es ajeno a Magris en este maravillo fresco de la región donde nació y donde sus ancestros vivieron y murieron a lo largo de los siglos. Acompañado de amigos, viejos colegas, amores o compañeros de escuela, entrevistándose con expertos o sobrevivientes de guerras y tragedias familiares, parándose en hostales, tabernas o restaurantes, el autor logra en este libro ensayístico de viajes reconciliarnos con la literatura, porque la literatura es antes que todo vida y pasión.  



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* Publicado en Expresiones de Excélsior. México. Domingo 6 de agosto de 2017.  
 



sábado, 15 de julio de 2017

LA NUEVA IGLESIA DE GARCÍA MÁRQUEZ

Por Eduardo García Aguilar
 
En medio de los miles de homenajes que día a día, mes a mes y año por año hacen las autoridades en institutos, embajadas, consulados, universidades, palacios presidenciales, museos, bares, librerías, a Gabriel García Márquez, por cualquier motivo, ya sea un aniversario más de su libro máximo o cumpleaños de textos o hechos relacionados con su vida y obra, asistentes, escuchas y ponentes pierden a veces la perspectiva histórica de lo que significó su irrupción en el mundo literario en ese año 1967, cuando apareció Cien años de soledad en la editorial Sudamericana de Buenos Aires.
 
El fenómeno García Márquez será irrepetible porque el modelo romántico del escritor cervantino fundacional que representa a la nación, al continente y a la lengua surge de la confluencia milagrosa de la necesidad imperiosa de afirmación de un país, región o idioma en un contexto histórico y a su vez de la solidaridad y la sed de revolución experimentada por Occidente en un momento de cambios en paradigmas culturales y rechazo al colonialismo y a la guerra.
 
García Márquez, más que otras estrellas del boom en el momento como el cultísimo y afrancesado Alejo Carpentier, el moderno y urbano Julio Cortázar, el barroco y recursivo Augusta Roa Bastos o el realista y brillante académico Vargas Llosa, encarnó con su joven figura popular e irreverente, su aspecto peculiar de bigote y cabello encrespado a lo african look y camisas de flores y pantalones rojos, al escritor que desde un origen muy humilde y desde una región periférica accede a las más altas esferas de la gloria literaria en vida y se convierte en el padre de la patria, como ocurrió en su momento con Victor Hugo, Walt Whitman o Leon Tolstoy, entre muchas otras figuras de ese tipo, a su vez irrepetibles.
 
En la Europa de los tiempos de mayo del 68 había una intensa sed de revolución y de rechazo al imperio estadounidense que hacía la guerra de Vietnam y mataba a Martin Luther King o apresaba a Angela Davis y las generaciones del momento en esa vieja región cargada de monumentos e historia quedaron fascinadas por los insurgentes barbudos cubanos y sus seguidores guerrilleros que proliferaron en el continente latinoamericano y se convirtieron en modelo de insurgencia armada en muchas partes del llamado Tercer Mundo.
 
América Latina se puso de moda como un símbolo cultural y erótico. A un lado estaba el mártir crístico y barbudo revolucionario Ché Guevara, cuya imagen yaciente recorrió el mundo ese mismo año 1967 y después se convirtió en un ícono aun vigente medio siglo después. Al otro lado, como la otra cara de la moneda, aparecía ese mismo año Gabriel García Márquez, el escritor popular que accedía con Cien años de Soledad a las altas esferas de la gloria literaria, hasta entonces reservada a los autores de las grandes potencias coloniales.
 
Medio siglo después, ya afirmada América Latina en su fuerza cultural, económica y política, las nuevas generaciones del mundo miran hacia otras culturas como las asiáticas, africanas, nórdicas e incluso leen en su mayoría a los autores anglosajones que a ambos lados del Atlántico escriben en inglés. América Latina ha pasado de  moda y aunque se publican algunos libros y surgen fenómenos póstumos como el de Roberto Bolaño, el continente se inscribe ya en el marco de esa cultura globalizada mundial, digitalizada por la red de internet y sus clubes sociales como Facebook, Twitter, YouTube y muchos más, foros donde la cultura y la vida por ahora encuentran un escenario y un modo de difusión para las nuevas generaciones.
 
García Márquez ha sido cooptado por las autoridades legislativas, ejecutivas, judiciales, eclesiásticas y militares como un ícono nacional y continental y casi viene a suplantar poco a poco al himno nacional con su inolvidable "Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya". Asociaciones, institutos, academias y premios cuentísticos, cinematográficos y periodísticos que llevan su marca proliferan y se reproducen como champiñones de manera exponencial en todas partes recaudando jugosas donaciones o presupuestos. 
 
Presidentes, alcaldes, embajadores, cónsules, ministros, rectores de universidades y colegios, se han convertido en la nueva clerecía de una especie de religión gaboteológica que devora presupuestos, papel para libros y afiches, imágenes para billetes y monedas y aplasta y relega a toda otra expresión literaria que no sea la del Nobel omnipresente, omnisciente, omnipotente y omnívoro.
 
Semana tras semana, mes por mes, año por año, todos los calendarios institucionales se coordinan para celebrar de una y otra forma su eternidad y uno no sabe ya si es al propio García Márquez a quien se celebra o si son los propios clérigos de la garciamarquía los que se autoengrandecen y logran así existir y protegerse del olvido y el anonimato bajo la iluminación de las lengüetas de fuego que emanan desde sus tonsuras ígneas, por la fuerza divina del nacido en Aracataca, como Jesús lo fue en Belén.
 
No tardarán tal vez algún día en reunirse esos prelados de todos los orígenes y pelambres en Cartagena de Indias, trajeados con impolutos liqui-liquis o guayaberas bordadas para celebrar un cónclave secreto en torno a sus cenizas, destinado elegir a un papa de la nueva religión, una especie de Pedro fundacional o Aureliano o Melquíades o José Arcadio sobre quien construir la poderosa Iglesia garciamarquina.
 
Ya los imagino ahí a todos congregados en ese concilio donde las diferentes fuerzas y tendencias gabópatas, gabófilas o gabomaniacas pugnarán para imponer a uno de los suyos y ya siento el fulgor y la alegría del pueblo que acudirá en masa a la fiesta al ritmo de los vallenatos de Escalona, cuando salga la miríada de mariposas amarillas desde alguna chimenea para anunciar que al fin "habemus papam" macondiano. Será la primera de una larga serie de pontífices que reinará a lo largo de los próximos siglos desde su Vaticano cartagenero, bajo la supervisión celeste y mamagallística de Don Gabriel.
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* Publicado en el diario La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de julio de 2017.
 
 
 
    
 

martes, 11 de julio de 2017

EL MUNDO DE CUEVAS

Por Eduardo García Aguilar
José Luis Cuevas (1934-2017) fue una de las figuras mexicanas del arte más renovadoras, excéntricas y fructíferas de la  segunda mitad del siglo XX latinoamericano. Creció en medio de la fábrica de lápices marca Águila de su familia y desde muy temprano mostró dotes de gran talento en el dibujo y las artes plásticas, por lo que ya antes de los 20 años era un artista conocido y polémico, que retó a la gran tradición muralista mexicana, surgida con la Revolución, que unía el arte al nacionalismo estatal y la glorificación de las estrellas patrias.
Su gran auge se dio en los años 60, 70 y 80 del siglo XX, cuando se convirtió en una estrella de la farándula mexicana, equiparable a las del rock, a través del personaje que él mismo creó, un apuesto hombre de ojos claros autocalificado "macho gato", melenudo que lucía chaquetas de cuero, botas de cowboy, pulseras de cuero en las muñecas, una sonrisa de película de Hollywood y que, según testimonio de las mujeres de su época, las atraía locamente.
Megalómano, egocéntrico, vanidoso, pero amigo de todo el mundo, generoso, derrochador y afable, no solo escenificó su vida como Dalí, Warhol y Picasso en las fiestas mundanas y en las secciones de sociedad de diarios y revistas mexicanos, sino que también era buen cronista y escribía en la sección cultural de Excélsior, dirigida por don Edmundo Valadés, una columna donde contaba su vida diaria, encuentros, ideas, fobias, vida sexual, chismes y diversas aficiones y presumía de haberse acostado con más de 650 mujeres, que, según él, estuvieron o estaban todas locas por él. Nadie, sin embargo, lo criticaba por esas salidas infantiles en medio de las solemnidades del gran ogro filantrópico mexicano.
Su obra en el campo del grabado y el dibujo fue saludada por los críticos latinoamericanos del momento y sus imágenes únicas, que llevaban con toda claridad su huella digital original, representaban seres deformes, retorcidos, en poses extrañas y en ámbitos de una gran excelencia gráfica. También hizo esculturas voluminosas con esas figuras grotescas que salían de su imaginación, una de las cuales, "la Giganta", está en el patio central del Museo de su nombre, en el centro histórico de la Ciudad de México.
Con esas imágenes y sus manifiestos artísticos trastornó y modernizó al arte mexicano, al que dio nuevos aires y limpió del polvo y la polilla arcaicas del nacionalismo o de las fanáticas acciones de los comprometidos, y arremetió contra las grandes telas grandilocuentes o los murales que por todo el país florecieron de la mano de Siqueiros, Orozco y Rivera bajo la melodía incesante del himno nacional y los vivas de los políticos y funcionarios del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y de las jerarquías de letrados post-revolucionarios.
Quienes vivimos en esos años de su gloria en México, lo veíamos con frecuencia en todo tipo de actos, exposiciones de jóvenes artistas amigos o al lado de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, siempre afable, alegre, irreverente, como si su tarea fuera dar tono y energía a su época, lejos de la tristeza agraria de Juan Rulfo, como si su destino fuera abrir ventanas, comunicar la gente, crear vasos comunicantes de buen humor y estar omipresente en todas las fiestas, actividades culturales o en las bodas de la aristocracia o en barrios, cantinas, pulquerías y vecindades populares. Era el hermano de todos y verlo trabajar, exponer o hablar levantaba el ánimo a cualquiera y sobre todo a su país, carcomido por la corrupción y la violencia.
Al lado de su esposa Bertha Riestra, elegante mujer inteligente y sólida que fue clave en la instauración de su fama y leyenda, Cuevas recibía en su casa, en el sur de la capital, en grandes almuerzos o cenas donde compartía con figuras que, como el colombiano Ómar Rayo y los catalanes Alberto Gironella o Vicente Rojo, y muchas otras de todos los continentes, de Asia, África, Europa, Estados Unidos, pasaban por la capital mexicana y lo buscaban o eran invitados por él. Sin embargo, fue rival de Fernando Botero, su estricto contemporáneo, autor también de figuras de volúmenes extremos tanto en papel como en escultura monumental, que Cuevas consideraba haber inventado antes de la famosa "Mandolina" neoyorquina a lápiz del exitoso y mundialmente famoso artista colombiano de los gordos.
Como todos los "meros" machos mexicanos, Cuevas debe mucho a su primera esposa y madre de sus tres adoradas hijas. Bertha Riestra fue un pilar en su vida y aun la veo con esa amabilidad tolerante, mirada lucida y conversación talentosa con todos los comensales, al tanto de las minucias del buen anfitrión, aquella tarde en la que homenajearon al amigo Ómar Rayo, cuando a todos nos hizo sentir cómodos y de donde salimos alegres a la llegada del crepúsculo en una calurosa tarde del Valle del Anáhuac. La muerte en el 2000 de ese pilar femenino que le dio libertad y solidez, según allegados y amigos, fragilizó al pintor mundano, que emprendió un lamentable crepúsculo, atacado por las enfermedades y los caprichos mentales de la senectud.
Bertha y José Luis Cuevas donaron a fines del siglo XX una gran colección de arte contemporáneo y más de mil obras del artista para ese gran Museo Cuevas que por fortuna sigue ahí. Este jueves, las tres hijas, adoradas por él en su buenos tiempos y renegadas por el pintor en su trágico ocaso, acudieron para inaugurar una última gran exposición en torno a su obra y vida, como verdaderas herederas legítimas de su legado. Las tres, que no pudieron ver a su padre en los últimos años, pues él estaba encerrado en su casona bajo llave y su última esposa joven impedía cualquier acceso a él, como en las tragicomedias mexicanas y las telenovelas, fueron ovacionadas días antes en el Palacio de Bellas Artes por la élite artística y cultural mexicana, que se solidarizaba con las hijas en ese terrible drama.
Sus hijas, las ninfas que hicieron parte y alimentaron la leyenda de la exitosa familia feliz, solo podían acercarse a la casa del pintor a gritarle desde lejos que lo amaban y nunca pudieron verlo en su decadencia, así como hermanos, amigos íntimos y familiares. Cerraba así Cuevas con este misterio una vida de brillo, irreverencia y alegría. El escándalo lo rodeó hasta su final y ahora, cuando de él solo quedan sus cenizas, se abrirá el camino de la posteridad del artista y la reevaluación de su obra.  

domingo, 2 de julio de 2017

EL PARIS DE TODOS


Palais Royal. 1844
Por Eduardo García Aguilar
Desde antes de la Ilustración, la relación entre París y los latinoamericanos ha sido intensa y los vasos comunicantes no han cesado de alimentarse en la imaginación literaria y la fantasía social y política, hasta el punto que Valery Larbaud, el autor de Fermina Márquez e inventor del personaje Barnabooth, gran amigo de América Latina, denominó a ese continente como el Extremo Occidente, o sea, el lugar donde las ideas europeas han renacido y florecido.
Agobiada por la impronta de la colonización hispana, que sumió a aquellos países por siglos en el tañido de las campanas eclesiásticas, mientras se intentaba borrar el pasado prehispánico, la región recibía paulatinamente las nuevas ideas de la Ilustración filtradas en forma de libros, casi de manera clandestina, en las embarcaciones que iban de un lado al otro del Atlántico.
Una figura clave es el genial e hiperactivo Voltaire, a quien incluso se le puede imputar la creación del realismo mágico latinoamericano con su obra Cándido, cuyo personaje rocambolesco termina viviendo aventuras imaginarias en tierras americanas. Todo el siglo XVIII está marcado por este hombre moderno y escéptico que alimentó de ideas a los criollos, que ya soñaban con liberarse de las cadenas impuestas por la corona española.
El París de Voltaire es el viejo barrio de Le Marais, lleno de palacetes dieciochescos hoy restaurados, pero que durante mucho tiempo fueron ruinosas edificaciones malolientes llenas de fantasmas. Allí, en esas calles y bellas plazas, como la Place de Vosgues, Voltaire se trenzó en duelo con señoritos y vivió múltiples aventuras de rebeldía que lo condujeron a ser expulsado de la ciudad durante mucho tiempo. Sólo al final de sus días, en plena gloria, el desencajado viejo cascarrabias fue autorizado a volver para recibir un último homenaje y morir en un apartamento.
Inspirados por esas ideas ilustradas, que abrían los espíritus a la ciencia y al saber, muchos jóvenes criollos privilegiados, como el señorito Simón Bolívar, llegaban a la ciudad y se reunían con sus congéneres franceses en el Palais Royal, que durante mucho tiempo fue antro de libertinos, sitio de conjuras, lugar de galanteos y albergó restaurantes, chocolaterías, burdeles y librerías. De allí surgieron muchas de las ideas y figuras de la Revolución francesa, que cambió todo en un vendaval de guillotinas y fanfarrias, pero pronto volvió a la norma bajo el imperio del joven Napoleón Bonaparte, admirado por la generación romántica, incluso por el gran sabio alemán Goethe o por el propio Beethoven.
Atraído por todas esas maravillas heroicas, el joven viudo Bolívar vivio ahí cerca del Palais Royal en dos ocasiones, en 1805 y 1806, primero en la calle Vivienne y después en la calle Richelieu, tras regresar de Roma, al lado de la Bibioteca Nacional Francesa, donde todos los jóvenes espíritus hispanoamericanos acudían para empaparse de las ideas de su tiempo y soñar con crear nuevas naciones y escribir constituciones originales. En la actualidad, esos lugares donde vivieron la ebullición de su tiempo personajes como Giacomo Casanova, Fouché o Francisco Miranda, permanecen casi intactos y, en las noches, uno puede soñar que verá al Libertador.
Hecha la revolución en la Nueva Granada y lograda la independencia de España, Bolívar terminó derrotado, convertido tras su fracaso final, en un héroe romántico de opereta, hasta el punto que los jóvenes soñadores de la primera mitad del siglo XIX solían usar el sombrero Bolívar como muestra de modernidad y lo lucían con orgullo por los grandes bulevares, a la entrada de los teatros y, por supuesto, en ese mismo Palais Royal desde cuyas mansardas y apartamentos veían pasar la historia los viejos aristócratas.
Durante todo el siglo XIX, la ciudad albergó a muchos letrados de las nuevas naciones hispanoamericanas o a viejos dignatarios en exilio que terminaban sus días en esas calles de sueño agotando sus fortunas sin nostalgia; pero fue hacia el final de la centuria, cuando la multitud de poetas raros e hiperestésicos encalló en el puerto de la poesía simbolista, donde reinaban los fantasmas de Baudelaire, Lautréamont y Verlaine.
Es otra ya la ciudad de los viajeros de América: al lado izquierdo del Sena el viejo el barrio latino, Saint-Germain des Prés, las universidades y las librerías; y, al lado derecho, los pasajes de Walter Benjamin, que eran los centros comerciales de la época, y los nuevos barrios de la bohemia de alcohólicos, morfinómanos y opiómanos que, entre los vapores de la absenta, fueron dibujados por Toulouse Lautrec y emergían poco a poco en la Nueva Atenas, por Pigalle y las faldas de Montmartre.
Dandis, superelegantes, acicalados y macerados en el alambique de la decadencia, José Asunción Silva, Rubén Darío, José María Vargas Vila, Enrique Gómez Carrillo, José Juan Tablada y muchos otros modernistas latinoamericanos o españoles se apeñuscaron con ambición junto a las puertas de la editorial Garnier y luego terminaban en los cafetines y bares del vicio, mientras las grandes estaciones ferroviarias y las torres y los palacios de hierro crecían en un festín de progreso inigualado.
En el siglo XX fueron protagonistas dos generaciones. En la primera mitad del siglo, en los años de entreguerras, reinaron en los grandes bares de Montparnasse figuras como Vallejo, Asturias, Reyes, Supervielle, los hermanos García Calderón, acompañados por la generación de hispanistas franceses que se fueron al exilio a Buenos Aires cuando vino la conflagración mundial que hizo explotar a Europa.
Y, en la segunda parte del siglo, en los años 50 y 60, los reyes del mambo fueron las figuras del boom, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Severo Sarduy y Mario Vargas Llosa, entre otros que alcanzaron a vivir el Saint-Germain existencialista presidido por Sartre, Camus, Boris Vian y Juliette Greco. Después de ese fuego pirotécnico, América Latina pasó de moda y hemos vuelto al feliz anonimato en este siglo XXI más cosmopolita que nunca.  
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* Publicado en Expresiones, de Excélsior. México. Domingo 2 de julio 2017.

martes, 13 de junio de 2017

UNA CEREMONIA SECRETA

Foto Patrick Zachmann
Por Eduardo García Aguilar
Hace medio siglo, en tiempos de locura revolucionaria y de la acción violenta en Europa de los grupos terroristas urbanos alemán e italiano Baader Meinhof y Brigada Roja, el joven dandy francés Pierre Goldman hizo lo que Jean Paul Sartre soñaba y no pudo: atracar a mano armada y después leer a Hegel. El joven más brillante y emocional de la generación de mayo de 1968 era un intelectual recatado, temido y esquivo, pero agerrido en el debate, cuando éste se hacía necesario. Durante esos acontecimientos que marcaron el siglo pasado, participó en un movimiento llamado Katangués, compuesto por quienes detestaban los corsés ideológicos y aprovechaban la coyuntura para provocar desorden, anarquía, barricadas y locuras que los ortodoxos ahogarían después con un treno de plegarias convencionales.
Decepcionado y rabioso, Pierre Goldman decidió probar suerte, como el delicado Régis Debray, en las montañas latinoamericanas, con tan magros resultados que solo le quedó la alternativa de visitar los prostíbulos de Bogotá, decir que allá “las vaginas eran como ventosas” y volverse un amante de la música caribeña. De regreso a París, hastiado por todos los señoritos que comenzaban a instalarse en los puestos burocráticos y en los pedestales de los Comités Centrales de los partidos, decidió volverse atracador, tratando con ello de merecer la amistad profunda de los negros antillanos que frecuentaba.
Intentó primero atracar al sicoanalista Jacques Lacan, sín éxito: en su libro Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia, relata que lo vio bajar por las escaleras de su edificio y como sintió una extraña fuerza de compasión por ese anciano buda, lo que le impidió cometer el sacrilegio. Perpetró después con éxito atracos a almacenes, cajas fuertes, oficinas de comerciantes, cual reencarnación de Francois Villon, truhán y poeta. Con el dinero se cortaba el pelo en las mejores barberías de Champs-Elysées, compraba vistosos trajes y bebía los más exquisitos licores hasta que un día, delatado por X, un individuo que nunca quiso denunciar, fue preso acusado del homicidio de dos humildes farmaceutas del Boulevard Richard Lenoir.
El juicio fue muy popular y, entre los asistentes en las barras figuraban Simone Signoret e Yves Montand y compañeros de generación que no pudieron impedir la condena a prisión perpetua, sin suficientes pruebas. Con Bloy se podría decir que “La institución democrática del jurado, en virtud de la cual un hombre superior es puesto a merced de doce patanes creados para servirlo, es tan perfecta, que el desdichado no puede recusar a sus jueces (...). Sobre todo, desde el primer día se había advertido en el jurado un odio feroz casi declarado contra él. Se trataba de tenderos, y se trataba de juzgar a un poeta”. El establecimiento francés había logrado condenar a prisión perpetua, por un crimen común, a la generación de Mayo del 68 encarnada por él.
En prisión, Pierre Goldman, que había observado impávido el veredicto y que despreciaba todos los movimientos creados en su apoyo, se sumió en un mutismo que solo pudo romper una mujer antillana a la que amaba y le esperaba para casarse. Decidió entonces escribir una de las más brillantes pruebas jamás hechas, de inocencia alguna. Novela de aventuras al estilo Viaje al fondo de la noche, donde relata su infancia, su adolescencia, Mayo, sus viajes por el mundo, sus frustraciones; tratado de derecho penal y de balística; certero estudio sicológico de víctimas y acusadores; relato policiaco; febricitante prosa tétrica. Su título: Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia (Souvenirs obscurs d’un juif polonais né en France).
La revisión del proceso conmovió de nuevo al país. Todos los días, en primera página, se sucedían las noticias sobre el desarrollo del mismo, que concluiría con la absolución y una condena reducida que cumpliría meses después. Al salir de prisión se convirtió en director de una afamada colección literaria, colaborador de Les Temps Modernes, la revista de Sartre, y periodista ocasional de Libération, el diario que también fundara el filósofo existencialista de ojo estrábico.
Las fuerzas conservadoras no perdonaron a Goldman su concubinato con una negra antillana, sus amistades latinoamericanas, su destreza en la interpretación de congas, su vida bohemia en la Chapelle des Lombards y su fulgurante, aunque discreta carrera literaria rubricada con su nueva novela. Una tarde de septiembre de 1979 fue acribillado a bala en un parquecito del distrito trece, en el sur de la ciudad. Horas después nacería su primer hijo, Manuel, sueño de su vida: unir lo judío con lo negro.
Estos dos acontecimientos novelescos habrían de reunir por vez primera a una generación ya cuarentona, deseosa de hacer el balance de una desilusión profesional. Fue precisamente durante su sepelio cuando en compañía de mis amigos Manolo y Henry, dos jóvenes judíos de 23 y 19 años, cumplí uno de los sueños de mi vida: ver a Sartre. Logramos introducirnos por los muros traseros del Père Lachaise, el cementerio en donde está enterrado Óscar Wilde y desde donde Rastignac, después del sepelio de Papá Goriot gritó “¡a nosotros dos ahora, París!”.
Por tal razón tuvimos el privilegio de asistir a la ceremonia privada, en compañía de invitados especiales entre quienes estaban André Glucksman, B.H. Lévy, Régis Debray, Simone Signoret, Yves Montand y muchas otras personalidades de la prensa y del “espíritu” que se miraban de reojo con sus odios y rivalidades reprimidas y añejas. Asistimos así de convidados de piedra al duelo de una generación que comprendía el fin de su juventud, la llegada del futuro y celebraba el sepelio de una época heroica. En cierta forma se enterraba al marxismo-leninismo, al son de las congas de Azuquita, un salsómano panameño, en cuyo conjunto interpretaba también Goldman.
De repente, un Renault decrépito y empolvado de color azul cortó la íntima ceremonia, dirigiéndose despacio hasta la tumba provisoria. Nos preguntamos qué vaca sagrada acababa de llegar. Una mano temblorosa y arrugada salió del coche, y luego, sostenido casi del todo por la enhiesta Simone de Beauvoir y un amigo, salió Sartre, cuyos labios abiertos y penosamente balbuceantes no podían cerrarse. Dando pasitos a gatas, curvado, demolido, estaba entre nosotros Jean-Paul Sartre. Caminó un poco hacia la tumba hasta desmayarse de emoción o fatiga: una foto famosa lo muestra sentado en un taburete, junto al mausoleo que anunciaba su muerte.
Salimos del cementerio Père Lachaise poco después. Los hijos de Goldman, los autónomos, anarquistas de la era atómica, armaron el desorden en el Boulevard Belleville, como en las buenas épocas de Mayo, cuando Goldman era un mefítico Katangués. Piedras volaban sobre los automóviles y contra los policías, corría la gente por las tupidas calles del barrio árabe, sonaban las alarmas y llegaban ambulancias que socorrían a los heridos. Fue la furia secreta de un rebelde con causa.
Manolo, Heny y yo, empapados por la lluvia, terminamos tomándonos un café express, contemplado el espectáculo, conscientes de que nunca habríamos de olvidar a Sartre y de que quedaríamos unidos para siempre en ese recuerdo que no he resistido guardar en mi memoria. En el entierro de un bandido judío-polaco nacido en Francia, en compañía de una judía-argentina y de un judío-antioqueño, comprendí que la vida es de verdad una película llena de emociones y sorpresas. El viejo mito Jean Paul Sartre agonizaba a un lado entre sus babas seniles y nosotros los tres jóvenes estudiantes llenos de ilusiones apenas comenzábamos a vivir frente al escenario de la historia.
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*Tomado de Urbes luminosas. 


domingo, 12 de marzo de 2017

GREGORIO SAMSA EN CARTAGENA

Por Eduardo García Aguilar
Gregorio Samsa supo a tiempo por varios indicios que su amigo Franz Kafka quería convertirlo en un inmundo insecto y antes del alba escapó de su casa modesta sin que se enteraran su padre, su madre y sus hermanas y se dirigió corriendo a la estación de trenes de Praga por las calles mojadas, donde saltó sin comprar boleto hacia un tren que estaba a punto de partir a Berlín.
En Berlín Gregorio Samsa se sintió a salvo, lejos de su tierra natal, el castillo omnipresente, el codicioso jefe de la empresa de hilos, los capataces y la mirada inquisidora de vecinos y familiares, en especial la de su padre autoritario, un hombre alto y de gran vozarrón que se escuchaba día a día en la modesta vivienda donde residían.
Allá estaba obligado a trabajar para saldar las deudas de su padre y ayudar a la familia en un empleo aburrido y rutinario que lo llevaba con frecuencia a viajar a ciudades de provincia y entrar en contacto con todo tipo de clientes pesados, cascarrabias y avaros. Presionado por traer buenos resultados y pedidos, vivía angustiado y se comía las uñas teniendo un peso metálico en su palpitante corazón.
Berlín la cosmopolita le encantó y se instaló en una pensión barata no muy lejos de la Avenida Unter den Linden, en una cuadra con deliciosos restaurantes para trabajadores donde comía, entre el bullicio y la humareda de los cigarrillos, platos de lentejas, papas y rodajas de cerdo en salsa acompañados por vino barato y generoso.
Nunca había sido tan feliz y la timidez fue desapareciendo poco a poco, su rostro antes tenso y el rictus de amargura cotidiano dieron paso a una expresión serena y convivial, como si la vejez artificial y prematura de Praga hubiera desaparecido para revelar de repente al verdadero joven que era en realidad. Su corazón palpitaba de alegría después de tomar ese vino, cuyas copas sonaban al chocarse en los brindis de rozagantes comensales, camareras risueñas y muchas empleadas modestas que llegaban allí con sus novios o amigas para compartir después del trabajo largas horas de fiesta.
No tardó en trabar amistad con algunas de esas muchachas robustas y cómicas que lo llamaban Greg y lo invitaban a caminar por los bulevares cuando el tiempo era benévolo, o a pasear junto a ríos y lagos viendo a lo lejos la danza de los cisnes y el jugueteo de parejas de patos sobre la superficie oscura del agua profunda y helada.
Él, quien antes pasaba su vida encerrado en las oficinas de la fábrica de hilos al lado de contadores o en las pensiones donde pernoctaba cuando viajaba a pueblos perdidos de comarcas lejanas, o en la aburrida casa familiar, atormentado por miedos y pesadillas, descubrió el olor del bosque, el aroma de musgos y troncos forestales donde crecían hongos enormes, carnosos y coloridos y sobre todo el perfume de las mujeres berlinesas del pueblo que le coqueteaban y lo perseguían corriendo por los senderos de los parques.
Gregorio Samsa no podía creerlo y unos meses después, cuando gracias a su experiencia encontró empleo en una empresa distribuidora de hilos y máquinas de coser que administraba uno de los jocosos comensales de las tabernas de la calle donde vivía, se le podía ver elegante con sombrero de copa, paraguas, corbatín y traje del brazo de Herta, una de aquellas jóvenes que logró al fin seducirlo después de muchos paseos por las orillas del lago central.
Un día su jefe lo condujo a la oficina del director general, que estaba acompañado esa mañana por un rico empresario latinoamericano, nativo de Colombia, quien desde hacía meses estaba en Alemania haciendo gestiones para comprar y llevar a su país las máquinas de coser que distribuían allí, así como pedidos enormes de telas, agujas, dedales e hilos y otras mercaderías que viajarían al terminar su viaje de negocios en un enorme barco que salía de Hamburgo y que estaban destinadas a surtir una nueva tienda distribuidora en la capital del lejano país y una sucursal bodega en Cartagena de Indias, encargada de recibir los envíos tras cruzar el Atlántico. El rico colombiano había llegado a un acuerdo con el director para ser el distribuidor exclusivo y representante de esos productos en ese país.
El director le propuso a Gregorio Samsa ser el enviado de la empresa con la misión de gerenciar la bodega receptora en el viejo puerto colombiano, a donde llegaban los barcos después del largo viaje. Tras aceptar la propuesta no durmió durante varios días de la preocupación por lanzarse a un mundo desconocido, pero su amante la rolliza y simpática Herta lo animaba y lo hacía conciliar el sueño después de horas de caricias y amores interminables.
Gregorio y Herta viajaron en verano en un enorme transatlántico de la American Linie supervisando la llegada a buen puerto del enorme cargamento de mercancías y meses después ya estaban instalados en Cartagena de Indias en una casa colonial llena de flores, papagayos y loros reales, donde un año después nacieron sus primeras gemelas en medio de las atenciones del servicio doméstico.
La familia creció con los años y se convirtió en una de las más distinguidas del puerto. La nueva sociedad, en la que Gregorio terminó por poseer la mitad de las participaciones, creció sin límites y creó sucursales en muchas ciudades del interior. Dominó pronto y con facilidad la nueva lengua e inclusive llegó a hablar con acento costeño, a bailar en las recepciones como ninguno y a ser uno de los hombres más joviales y generosos de su tiempo.
Nadie en Praga y menos su familia podía imaginar la extraordinaria metamorfosis de Gregorio Samsa, el hijo desaparecido que nunca dio noticias de su destino. Por su parte, su amigo el escritor Franz Kafka, frustrado en su intento de convertirlo en un horrendo insecto, renunció a la vida literaria y murió años después deprimido, pobre, tuberculoso, sifilítico y alcohólico, sumido en el más absoluto anonimato.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 12 de marzo de 2017 

domingo, 5 de marzo de 2017

EL MITO DE ANDRÉS CAICEDO

Por Eduardo García Aguilar 
Hace cuarenta años, el 4 de marzo de 1977, se suicidó en Cali Andrés Caicedo (1951-1977) el mismo día que recibió un ejemplar de la primera edición de su primera novela ¡Que viva la música!, convertida ya en un clásico de la literatura colombiana, al lado de La María de Jorge Isaacs, La Vorágine de José Eustacio Rivera, Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez y Opio en las nubes de Rafael Chaparro Madiedo (1963-1995), quien también fue precoz y se retiró muy joven del planeta.
Caicedo hace parte de la generación de autores que irrumpió en América Latina para dar voz a los jóvenes que recibían como antenas toda la energía de la cultura pop inglesa y la rebelión juvenil aparecida en Estados Unidos al calor del rock y el movimiento contra la guerra de Vietnam y en Europa con la revuelta de mayo del 68 y la liberación de los espíritus y las artes.
En ese sentido Caicedo es el contemporáneo colombiano más joven de la generación mexicana llamada de la Onda por Margo Glantz, que con José Agustín y Gustavo Sáinz, entre otros, introdujo el desorden urbano en México al dejar atrás las literaturas agrarias practicadas por sus antecesores, aun anclados en la Revolución mexicana y el nacionalismo. Con ellos entra de lleno a la literatura el sexo, la droga y el rock and roll.  
Con el ojo crítico que siempre lo ha caracterizado, el poeta y crítico colombiano Juan Gustavo Cobo Borda (1948) tuvo la buena idea de publicar en Colcultura el libro del precoz escritor de Cali, quien en su corta vida practicó la crítica cinematográfica, el guión, el cine y fue un fanático de la música de su tiempo, la misma que se bailaba en los salones de la capital del valle del Cauca, en ese entonces un centro cultural y taller de experimentaciones donde se renovó la literatura, el pensamiento, el teatro y las artes del país.
Caicedo, como casi todos los de la generación llamada Sin Cuenta por haber nacido en esa década y despertado al arte en la adolescencia en los cruciales y psicodélicos años 60 y 70, se nutrió de las culturas mundiales que penetraban y disolvían desde todos los puntos cardinales y de manera súbita las tradiciones ultraconservadoras y arcaicas de Colombia y América Latina.
Primero, al lado de sus amigos de la generación de Caliwood, Caicedo fue asiduo al cine tanto de Hollywood como europeo que llegaba a los cineclubes de Bogotá y a las ciudades de provincia. El cine italiano de Visconti, De Sica, Antonioni, Pasolini y tantos otros, la nouvelle vague francesa, el cine sueco de Bergman, el cine experimental alemán o latinoamericano, Hitchcock, Wells, Kubrick, eran devorados por esos muchachos de pelo largo que se parecían a John Lennon y  tuvieron la oportunidad de viajar a Estados Unidos y recorrer los bulevares de Los Angeles, escrutando la soñada meca del cine.
De esa fascinación suya surgió la idea de crear la revista Ojo al Cine, donde ejerció la crítica y abrió ventanas y puertas a los jóvenes lectores de la época. Al lado de Luis Ospina y Carlos Mayolo, entre otros, Caicedo participó también con entusiasmo en las primeras filmaciones con que se iniciaban en el cine pese a los medios precarios que tenían. Todos ellos desde temprano tuvieron contacto con cámaras fotográficas y aparatos de filmación que llegaban desde Estados Unidos a Colombia y eran utilizados con frecuencia en las prósperas clases medias y altas de la sociedad, ávidas del american way of life. También practicó el teatro, que reinaba en Cali al mando del gran dramaturgo Enrique Buenaventura y en todo el país gracias a festivales internacionales de teatro que traían figuras regionales y mundiales. Y por supuesto, como todos los de su generación, lo que no era nada original, Caicedo bailó y gozó la música que protagoniza su novela.
Caicedo, que según la leyenda era hiperactivo, acelerado, atormentado y de vocación suicida, es el máximo representante colombiano de esa generación Sin Cuenta, cuyas principales figuras latinoamericanas, curiosamente, murieron prematuramente y escribieron una obra a toda velocidad antes de que se los llevara la parca, como fue el caso de Roberto Bolaño. Y además, Caicedo y Bolaño han seguido escribiendo desde el más allá, desde ultratumba, pues cada año aparece un nuevo libro de cuentos, novelas, crónicas, salidas de una inagotable y misteriosa Caja de pandora en la que sin duda meten mano la industria editorial, los avorazados agentes, viudas, familiares y ghost writers.
Cuarenta años después de su muerte, el personaje parece más joven que nunca y seduce a las nuevas generaciones de lectores. Sus libros comienzan a ser traducidos poco a poco a otras lenguas y como otros escritores míticos de la eterna juventud como Rimbaud o Lautréamont, son un ejemplo por la pasión literaria experimentada a toda prueba como un acto de rebelión artística y humana que se paga con la vida.
Lector de Malcolm Lowry y de muchos otros autores que devoró en aquellos tiempos de antes de internet y la web, el autor de ¡Qué viva la música! nos fascina y por otro lado refresca el ambiente literario latinoamericano de estos primeros lustros del siglo XXI, que el arribismo desaforado auspiciado por las casas editoras multinacionales ha burocratizado, falsificado y encerrado en literaturas locales rodeadas de muros y con temas impuestos. A diferencia de muchos narradores contemporáneos latinoamericanos que parecen antes que todo burócratas de funeraria avorazados por la codicia de la fama y el éxito fácil, Caicedo y Bolaño son vida y juventud permanentes y adalides auténticos del riesgo literario, porque nunca transigieron ni se traicionaron. 
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* Publicado en Excélsior. México. Domingo 5 de marzo de 2017.






 

miércoles, 22 de febrero de 2017

CUARENTA AÑOS DEL POMPIDOU


Eduardo García Aguilar

Se cumplen ya cuarenta años de la inauguración del Centro Pompidou o Beabourg y a pesar de que ha pasado el tiempo, sigue pareciendo tan moderno o aun más que entonces. Su estructura tubular, el carácter aparente y al aire libre de su esqueleto metálico y de las venas abiertas de la aireación, la explanada abierta a niños, saltimanquis, artesanos y payasos, la biblioteca popular accesible para locos y marginales, causaron conmoción en su momento, y ahora son un pulmón de creación en medio de una ciudad que patrullan los soldados de la Operación Centinela, poderosamente armados, cuidándola de posibles atentados en nombre de Alá.
Es el
único museo que ha aumentado la tasa de frecuentación anual, pese a la reducción del turismo causado por los atentados de Charlie Hebdo, Bataclan y Niza y la sucesión de actos terroristas puntuales que han puesto al país en amenaza permanente. Con 3, 3 millones de visitantes en 2016 y la rica actividad en diversos campos como música contemporánea, teatro, actividades infantiles, conferencias y debates.
Era estudiante en aquel entonces de Vincennes cuando Alice Morgaine, directora de la secci
ón Madame Express de la prestigiosa revista LExpress, donde desempeñaba un trabajo de carácter estudiantil en medio de fotógrafos y modelos, me cedió una invitación para asistir al acto. Entonces como ahora la xenofobia, el racismo y el nacionalismo primario estaban en carne viva.
Aunque el presidente Valéry Giscard dEstaing invitó a siete presidentes africanos, entre ellos al poeta senegalés Leopold Sedar Sengor, en la entrada los guardias y policías maltrataban a jóvenes y extranjeros. Como mi acompañante era una bella multa y éramos muchachos de veinte años y yo llevaba el pelo largo, los brutos guardias trataron de impedirnos el ingreso pese a llevar la invitación. 
Aunque una década antes la revuelta de mayo del 68 hizo irrumpir la cultura y la vida de los jóvenes en un mundo de viejos amargados por guerras y ocupaciones, la remanencia de esa intolerancia ante la juventud y más aun a los extranjeros seguía como hoy viva y ardiente. Por esa razón mi primer ingreso al histórico monumento estuvo marcado por un pleito inolvidable.



Tras la partida del general De Gaulle, como daño colateral de mayo del 68, el profesor, hombre de letras y amante de las artes Georges Pompidou llegó a la presidencia y con él un deseo de renovación en todas las esferas. Su esposa, la excéntrica y longilínea Madame Pompidou, experta en arte moderno, fue también clave en ese deseo de dar protagonismo a la modernidad artística y en la creación de un centro que diera vida a la explanada de Beaubourg en pleno centro de París.



Dos jóvenes arquitectos de treinta años ganaron sorpresivamente el concurso ante la incredulidad general y la obra se construyó rápidamente y fue inaugurada en ese invierno de 1977, sin la presencia de su patrocinador, quien falleció a causa de una enfermedad devastadora en abril de 1974.  Estuvieron presentes esa noche el presidente Giscard, los mandatarios africanos y la viuda Pompidou, que a lo largo de su vida estuvo al tanto de lo que sucedía en ese lugar loco donde se presentaban ricas exposiciones de arte moderno, primero con la serie París-Berlin, París-Moscú, París-Nueva York y luego con exposiciones dedicadas a Magritte, Paul Klee, Dali, Kandinsky, Dadá, Marcel Duchamp, David Hockney, Balthus, Francis Bacon,  Lucien Freud, Wilfredo Lam, Amsel Kiefer, los Beatniks, y tantos otros. Sus exposiciones también viajan a ciudades del mundo entero.


Renzo Piano, uno de los jóvenes arquitectos del museo, se sorprende hoy ya crepuscular del éxito sólido de su obra. Cuando presentaron el proyecto nunca imaginaron ganar y por eso dieron rienda suelta a su irresponsable y juvenil utopía. Hoy el Centro es visitado por muchos habitantes locales de la región Ile de France y afuera los niños y adolescentes gozan deambulando por esa explanada donde vuelan las gigantescas pompas de jabón lanzadas por algún saltimbanqui. Al inicio las protestas de los intolerantes fueron muchas, pero luego el lugar adquirió su carta de nobleza.
Pero cuatro décadas después, el auge en Francia y Europa de la extrema derecha, la xenofobia, el racismo y las intolerancias religiosas que provocan guerras y atentados y persecuciones y amenazan a las minorías, planean como buitres sobre el Centro Pompidou, verdadero umbral de las artes y la creatividad. Su presencia en medio de la ciudad es necesaria para conjurar los fantasmas de los crecientes neo-fascismos, herederos del régimen nazi que persiguió entonces a lo que ellos denominaban las artes degeneradas. Obras artísticas y libros fueron destruidos y confiscados por los nazis; artistas y pensadores fueron exterminados en los campos de concentración.

Cuando el Pompidou cambió drásticamente el panorama del centro de la ciudad en 1977, el país y el mundo parecían avanzar hacia una era de tolerancia, libertad, creatividad, intercambio cosmopoilita de ideas, irrupción de la mujer hasta entonces oprimida y respeto a las diferencias sexuales. Es difícil ahora constatar que los fantasmas de la caverna vuelven con fuerza y amenazan. Las viejas religiones sacan sus garras y pretenden tomar el poder a nombre de sus dioses en todo el mundo.
Sentado al frente de la hermosa mole colorida, viendo moverse en el parque aledaño las instalaciones permanentes de Niki de Saint Phale, volar las pompas de jabon que persiguen los niños, escuchando a los músicos del mundo que interpretan sus instrumentos, visitando las esculturas de Brancusi -cuyo museo taller está al lado-, y percibiendo la felicidad de los visitantes, uno piensa que el arte antiguo y moderno puede aun salvarnos de este reino de locos que ahora gobiernan en el imperio y quisieran volver a dominar en Europa con sus muecas de odio, racismo e intolerencia contra los umbrales de la memoria.  
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