lunes, 19 de septiembre de 2016

EL GRITO MEXICANO DE INDEPENDENCIA


 Por Eduardo García Aguilar
Una de las ceremonias rituales mexicanas que más me ha impresionado siempre es el Grito de la Independencia que se celebra cada 15 de septiembre en todas las localidades del país y es una fiesta donde el nacionalismo y el orgullo patrio, pese a todos los fracasos, se manifiesta con la mayor intensidad, pero que a la vez es una forma de control y manipulación sentimental del mexicano por parte de la corrupta clase política.
En la capital centenares de miles de personas acuden frente al Palacio Nacional, en el famoso Zócalo, junto al Tempo Mayor Azteca y la Catedral, y el presidente de la República sale al balcón para pronunciar unas palabras mántricas que terminan con el grito Viva México, al que le siguen los juegos pirotécnicos y la fiesta desbordada hasta altas horas de la madrugada.
El mismo grito es pronunciado en cada una de las alcaldías de la inmensa metrópoili y en cada uno de los miles y miles de pueblos y veredas de la enorme República federal compuesta por una treintena de estados soberanos, cada uno de los cuales se diferencia por cultura, historia y tradición.
El grito también se celebra en todas aquellas ciudades de Estados Unidos donde viven millones de oriundos de la tierra azteca y en otras ciudades del mundo donde hay concentración de mexicanos emigrantes: cada una de esas celebraciones de la diáspora es motivo para degustar exquisiteces gastronómicas autóctonas y beber tequila o mezcal o cervezas típicas, para luego sumirse en una larga ordalía alcohólica que es como el conjuro anual de todas las penas y desgracias de la vida.
En los pequeños pueblos indígenas, hacia la madrugada, después de las fiestas y la francachela, se puede ver a muchos indígenas tirados en aceras o parques completamente ebrios y preparados para vivir la famosa cruda o resaca sin la cual la fiesta no tiene sentido.
Ese día los mexicanos sacan el niño que simpre llevan dentro y ondean banderines y banderas, pitos, serpentinas y todo tipo de guirnaldas y adornos coloridos que son colocados en fachadas, salones y lugares de esparcimiento público donde suenan los maricahis hasta el amanecer.
El primer grito lo viví unos días después de llegar a México, donde viví muchos años y aun no olvido esa impresionante sensación que tuve de estar en medio de una muchedmumbre popular cuyo treno era impresionante. Tampoco la sensación de ver al presidente en ese entonces en pleno apogeo del partido de gobierno, el Revolucionario Institucional, un mandatario megalómano que se sentía un verdadero Quetzaltcóalt, dios azteca todopoderoso, alado e infalibe que nadie se atrevía a tocar o retar y a quien todos temían.
La masa ardiente de pueblo proveniente de todas los suburbios esperaba la salida del mandatario y se silenciaba cuando tomaba la bandera y la hacía ondear ante todos, tras lo cual pronunciaba las palabras nacionalistas a las que seguía el griterío interminable que indicaba la hora de comenzar la fiesta.
La plaza esta llena de capas históricas, porque en el subsuelo se encuentran las ruinas de las pirámides aztecas y de las construcciones coloniales y además está circundada por el Palacio Nacional, las ruinas de los tempos sacrificiales, la inmensa Catedral Metropolitana, enorme reproducción de la de Sevilla y otros edificios emblemáticos.
El grito era transmitido en directo a todo el país por televisión como “especial” dedicado a los fieles televidentes con la presentación de los cantantes de moda de entonces, la inefable Lucerito, Luis Miguel o el recién fallecido Juan Gabriel, que era ya una verdadero ídolo nacional, a los que se agregaban Vicente Fernández, José José y tantas otras estrellas patrias.
En esa plaza del Zócalo de la Ciudad de México el país ha vivido tragedias nacionales, ida y venida de virreyes y emperadores malogrados, golpes de Estado, fusilamientos, ahorcamientos, masacres, entrada y salida de las tropas revolucionarias de Zapata y Villa, tiempos de auge, grandeza, mediocridad y cómica decadencia.
Pero todo eso con un común denominador indiscutible, consistente en el sincretismo cultural donde ninguna de las fuerzas extrañas ha logrado devorar lo esencial de la mexicanidad milenaria, la de las múltiples civilizaciones que se dieron allí a lo largo del tiempo.
Los mexicanos han sufrido las más atroces torturas y humillaciones aplicadas por los mandamases de turno que los han saqueado y hambreado hasta la saciedad, pero ahí siguen firmes como lo mostró el sepelio de Juan Gabriel, al que asistieron en el Palacio de Bellas Artes más de 700.000 personas y superó en magnitud a los ofrecidos en su momento a Cantinflas y a Gabriel García Marquez, colombiano este último adoptado por ellos a lo largo de su residencia de 50 años en ese país.
La muchedumbre se dispersa y las calles de la ciudad se llenan de ese pueblo que compra en los puestos y toldos tacos, sopas y carnitas aderezadas con el picante ancestral o se aleja hacia la Plaza Garibaldi a oir mariachis o a sus vecindades, donde bailarán hasta al amanecer al ritmo de la cumbia o el danzón. 
Cuando uno se refiere a la fiesta nacional de los mexicanos, debe reconocer la fortaleza de ese pueblo de estirpe matriarcal ante las desgracias. Porque como lo muestran sus famosas diosas antiguas Coatlicue o Coyolxauhqui, entre otras, o la Virgen de Guadalupe, inventada por los curas para resumir en ella a las deidades matriarcales indígenas, este pueblo sobrevive gracias a la serenidad y entereza de las mujeres, pilares de la patria mientras la mayoría de los hombres siembran el caos y la violencia movidos por un extraño sino de fracaso y tristeza, muy bien analizado por los filósofos de la mexicanidad, desde Paz a Monsivaís.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de septiembre de 2016.
     

domingo, 11 de septiembre de 2016

LA VIDA DE FAULKNER EN OXFORD

Por Eduardo García Aguilar
El libro William Faulkner de Oxford, recopilación de testimonios sobre el gran novelista realizada por James Webb y A. Wigfall Green y publicada en 1965, nos acerca a la vida del Premio Nobel 1949, uno de los autores que más influyó en la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. De este autor nos ha llegado la leyenda de un individuo alcohólico y neurasténico que en medio de sus conflictos interiores fue capaz de crear una vasta obra donde hace vivir a través de un soberbio estilo el drama del pueblo norteamericano residente en los valles y pueblos irrigados por las aguas del río Mississippi, la arteria esencial de esa nación antes y después de la llegada de los europeos.
Faulkner (1897-1962) no solo fue ese gran narrador esencial que conquistó la gloria en vida por medio de un trabajo desbordante, sino también el autor de guiones que quiso triunfar como tantos otros en el complejo mundo cinematográfico de Hollywood. Allí compartió con sus amigos alcohólicos como él, Dashiel Hammet, Howard Hawks y Francis Scott Fitzgerald y con ellos, al calor de los whiskies, dio a luz guiones de películas inolvidables de esa gran época de oro del cine marcada por el estrellato de Humphrey Bogart y Lauren Bacall y múltiples estrellas como Rita Hayworth, Bette Davis, Marlene Dietrich y tantas más.
Faulkner es esencialmente un escritor del sur popular y campesino. Nacido en New Albany, también en Mississippi, el autor compró ya famoso la casa de Oxford donde pasaría casi todo el resto de su vida y que da el título a este libro. Allí en el profundo mundo agrícola del sur le gustaba montar a caballo, recorrer los campos y escribir al lado de sus múltiples amadas. No le gustaba la fama y huía de todos los compromisos y mundanidades que tanto atraen a veces a otro tipo de escritores. Lector de Balzac, su saga busca contar la vida de su tierra natal y terminó por convertirse en un emblema de una nación, convirtiéndolo en uno de los grandes autores del siglo XX. Faulkner fue el creador del mundo imaginario de Yoknapatawpha, una especie de macondo estadounidense donde se cuenta la vida compleja del sur del país, con sus conflictos raciales y la pobreza.
El volumen de portada azul con el rostro del narrador lo encontré y rescaté alguna vez de un bote basura en México a donde lo habían desechado, y después de hacer un lado cáscaras de banano y viscosos detritus, con huellas de huevos quebrados, lo saqué con mucho cuidado para que no se deshiciera en mis manos. Me acordé inmediatamente de la lectura de Luz de agosto, una de las novelas inolvidables donde las voces se cruzan, se pierden y se encuentran en un río de palabras desbocado y turbulento.
En el libro de James Webb y A. Wigfall Green hablan unas cuarenta personas, desde su más íntimo compañero Phil Stone hasta el farmaceuta y el hermano y nos reconstruyen la cotidianidad de su natal estado de Mississipi al que fue siempre fiel. Stone considera que “no hay nada más fatal para la creación de un arte vivo y pujante que la mano de la cultura”. Las grandes obras surgen por lo regular de la vida popular y cuando un autor se deja intoxicar por la poposidad de la cultura y el retorcimiento impostado crea obras muertas, sin vida, sin sudor y sangre, como si fueran estatuas de frío mármol. Como un fiel mánager, el señor Stone dice haber cuidado siempre de que su amigo tuviera los pies en la tierra, por lo que Faulkner consideró que “la verdadera grandeza está en la creación de grandes cosas y no en pretender crearlas; que la única senda hacia el éxito literario es el trabajo seguro, paciente, arduo e inteligente; que uno alcanza el trono si lo merece y no de otra manera”.
El texto “Espléndidas mañanas de nuestra juventud”, de su hermano Murry, nos comenta la llegada del tren a Oxford, idéntica a esas extrañas llegadas literarias que el novelista describe en el viaje interminable de su literatura. En ese texto nos habla de la pasión de Bill -como lo llamaban familiarmente- por las locomotoras a vapor: “Bill, nuestro hermano John y yo, nos levantábamos temprano y trotábamos por las polvorientas calles hacia el elevado terraplén desde el que se veía el ferrocarril en un punto que ahora estaría en el fondo, o cerca, de la casa de los antiguos alumnos de la universidad. Bill iba diciendo no solo el número de la locomotora, sino también el nombre del maquinista cuya mano tiraba de la cuerda del pito que oíamos...”.
Sus amigos y contemporáneos lo describen como un hombre introvertido que detestaba aparecer en público, dictar conferencias o asistir a coloquios. Prefería estar en su granja, atendiendo sus caballos, o caminar por las calles de ese pueblo que en principio nunca le creyó capaz de ser algo más que un papanatas. Faulkner era el más opaco de la familia. Los pueblos del Mississippi lo vieron crecer y morir. Necesitaba la seguridad de la tierra firme, la misma ventana, idéntico árbol, sendero, farmacia y lugares de la infancia.
Cazador de pura cepa, adorador de locomotoras y aviones, Faulkner hizo todo lo posible para no tener leyenda, aunque después la leyenda suya fuera precisamente el deliberado deseo de no tenerla. Todos coinciden en anotar la lejanía de su mirada, como si estuviera viviendo en otro mundo. Observaba los seres, los saludaba, hacia cosas con ellos, pero era casi autista. Le bastaban sus fantasmas.
Los diversos testimonios nos introducen a su vida privada y como en una de sus novelas, reconstruimos a Oxford, Mississipi. Al pueblo lo asumimos poco a poco y se nos vuelve una novela con un personaje central: Faulkner. Las fotografías, coleccionadas por el fotógrafo del pueblo, Coldfield, contribuyen aun más a mostrar las hendiduras de su vida.
El farmaceuta, el fotógrafo, los viejos coches estacionados al lado de una carretera polvorienta, las fiestas, los caballos, Phil Stone, Ed Meek, los negros marginados por la segregación racial, una casa flotate construida por él y sus amigos, Rowan Oak y su mesa, se nos aparecen nítidamente en esta recopilación de testimonios que nos muestra que las grandes obras por lo regular surgen y son inspiradas por la tierra natal y la infancia transcurrida en ella. 
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*Publicado en La Patria. Manizales.Colombia. Domingo 11 de septiembre de 2016.

domingo, 4 de septiembre de 2016

EL TERCER MUNDO EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
La imagen es impactante este primer sábado en el norte de París, donde cientos de africanos subsaharianos viven hacinados a la intemperie en los camellones de avenidas, parques, bajo el metro elevado y en todos los rincones posibles del norte de la ciudad, donde se ven camas, colochones, carpas, sillas, mesas, fogones en medio de un penetrante hedor a orín. La humareda de cocinas improvisadas coincide con el bullicio de los niños y las radios que escuchan los jóvenes que pasan el tiempo acostados e impasibles sobre el prado o en los colchones por estos días de canícula y bochorno tropical, que tal vez pronto se transmute en el otoño y presagie la llegada ineluctable del temido invierno. Estamos en un paisaje típico del Tercer Mundo más pobre y atrasado.
En la plazoleta de Stalingrad y la Avenida de Flandre junto a los canales que van rumbo al noreste, mientras pasan rutinariamente los bulliciosos vagones del metro elevado que circula por ahí desde hace un siglo en un paisaje similar al de NuevaYork por los rumbos de Manhatan, en Greenwich Village, los niños juegan a la pelota y en lugares más altos se instalan otras carpas y otras viviendas improvisadas donde los recién llegados son abordados por activistas humanitarios que los orientan para iniciar los trámites y están al tanto de sus necesidades alimentarias o atentos a cualquier emergencia de salud como desmayos o partos.
La oleada de llegadas es permanente desde hace más de un año y se calcula en cientos de personas diarias, en su mayoría africanos. Cuando las arcadas del metro elevado de Stalingrad o lugares aledaños a las estaciones ferroviarias del Norte y del Este se llenan de manera dramática, las autoridades hacen operativos de desalojo y trasladan a miles de precarios que son instalados a otros lugares de la región parisina, que está desbordada desde el inicio de la crisis migratoria. En el sur de la ciudad, las mismas aglomeraciones de miles de inmigrantes se ha dado en cercanías de la estacion ferroviaria de Austerlitz, donde se han instalado debajo de un moderno edificio ultramoderno de color verde y líneas futuristas sinuosas, dedicado a las nuevas empresas del diseño, la moda y el glamour.    
En las últimas semanas, aprovechando las buenas condiciones climáticas, como ocurre cada año desde hace un tiempo, cientos de embarcaciones ilegales llenas de inmigrantes invadieron el Mediterráneo y decenas de miles de personas han sido rescatadas por los guardacostas italianos y trasladadas a lugares de acogida. Otros cientos mueren ahogados. Desde ahí los inmigrantes una vez registrados tratan de seguir la ruta hacia el norte con el sueño de llegar y ser acogidos en Francia e Inglaterra. Deben para ello pasar retenes y tratar de infiltrarse pese a que en la frontera con Italia hay controles rigurosos en los trenes o vehículos.
El año pasado la oleada gigantesca afectó sobre todo a Alemania, donde llegaron casi millón y medio de inmigrantes, en su mayoría sirios, iraquíes y de Afganistán. Antes del acuerdo logrado entre la Unión Europea con Turquía y Grecia este año para detener el flujo migratorio y el aumento insoportable de ahogados junto a las míticas islas griegas, millones de personas lograron pasar las fronteras y dispersarse hacia otros países creando a veces momentos de tensión muy fuertes entre los distintos gobiernos. Pero la mayoría se quedó en Alemania, donde creen disponer de más ayuda y mejor recepción humanitaria que en otros países menos fuertes y con movimientos antimigritorios mucho más amplios y pugnaces.
En París la visión de esos campamentos precarios es una muestra de la gravedad de la situación y expresa el incremento del éxodo, esta vez desde países africanos inmersos en guerras terribles que se suceden unas a otras en una danza infernal y que en muchos casos son religiosas y étnicas. A lo que se agrega el éxodo de los habitantes de algunos países del Magreb desestabilizados sobre un polvorín de armas. Para decenas de millones de habitantes de Africa el destino es morir allí por genocidio, precariedad o enfermedades contagiosas o tratar de huir en un largo e incierto éxodo ayudados por traficantes, en busca de un sueño que a veces puede volverse una pesadilla en Europa.     
Al norte de Francia, en Calais, frente al mar de la Mancha, a un paso de Gran Bretaña, miles de inmigrantes de todas las nacionalidades que sueñan con llegar a Inglaterra han creado desde hace años un villorrio precario que crece día a día y ahora se convirtió en un verdadero problema: casas precarias, tiendas que se incendian, conflictos étnicos, pobreza, riñas, mala higiene, enfermedad, niños solitarios y perdidos hacinados ahí por cientos, ruido, son apenas algunos de los síntomas de esta nueva realidad mundial.
Días después de que desalojan un pedazo de ese pueblo silvestre que se reinstala en otro lado, otros cientos o miles de inmigrantes llegan desde todos los puntos cardinales. Es posible que quienes en este septiembre están en París en las calles o parques terminarán allí, ilusionados en un paso al otro lado que cada vez es más imposible luego de la anunciada salida de ese país de la Unión Europea tras el Brexit. Y por eso ahora quienes vemos aquí ese tugurio increíble comprendemos la magnitud del éxodo bíblico que toca a las puertas de las capitales de antiguos imperios que declinan y que tal vez crecerá aun más ante la indiferencia de muchos.  
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Excélsior. Expresiones. Domingo 4 de septiembre 2015.

sábado, 3 de septiembre de 2016

ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING EN EL TRÓPICO

Por Eduardo García AguilarVer a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.
En este verano volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.
En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.
Charlotte, que en la película se llama Ellen es la mayor de ellas, tiene 55 años, y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradiasiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por por Menothy Cesar.
Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.
Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al « viscoso » y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo : Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.
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Publicado inicialmente en este blog el sábado, 21 de agosto de 2010.