domingo, 28 de junio de 2015

LA CUEVA DE HUBERTO BATIS

Por Eduardo García Aguilar
Huberto Batis (1934) acaba de retirarse después de más de medio siglo de docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México, aclamado por varias generaciones de discípulos y amigos que no dudan en calificarlo como uno de los pilares de la cultura mexicana de los últimos tiempos.
Personaje de ficción, temperamental, energúmeno, agudo, erotómano, pornópata, bibliópata y editor de vocación, Batis reinaba en su cueva del suplemento Sábado del Unomásuno, apertrechado detrás de un inmenso pupitre lleno de papeles y periódicos y frente a un diván donde solía tomar fotografías de las más bellas muchachas poetas y artistas de la capital mexicana, en poses eróticas, a veces semidesnutas, cómplices de su fenomenal voyerismo.
Con unas tijeras que manipulaba con rapidez asombrosa, Huberto recortaba de los diarios y revistas todo lo que pudiese interesarle para el inmenso collage de la actualidad cultural del México de los años 80 y 90, cuando aun estaban vivos  los grandes patriarcas-matriarcas de la literatura mexicana, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Alvaro Mutis, Elena Garro, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Francisco Cervantes, Carlos Monsiváis, y el más temible de todos, Octavio Paz, a quien a veces caricaturizaba en las primeras planas de Sábado como un dios Zeus tronante y castigador, a través de la pluma irreverente del gran dibujante mexicano Eko.
El autor de Estética de lo obsceno y otros muchos libros, pertenece a una generación de autores modernos y activistas culturales que contribuyeron a crear excelentes  suplementos literarios donde abrieron los primeros espacios a casi todos los autores mexicanos que se iniciaban, como los fallecidos José Rafael Calva, Daniel Sada, Severino Salazar y Roberto Vallarino, Alberto Ruy Sánchez, Evodio Escalante, Enrique Serna, Xavier Velasco, Pura López Colomé, Myriam Moscona, Coral Bracho, María Baranda, Rocío Beltrán, Carmen Boullosa, o el actual jefe de redacción de Letras Libres, Fernando García Ramírez, entre otros muchos.
Huberto era gran amigo del gran narrador Juan García Ponce, a quien visitaba en veladas interminables cuando éste ya estaba paralizado por la enfermedad esclerótica y desde la silla de ruedas, con el cerebro a mil revoluciones por microsegundo reinaba aun con su paganismo intacto y la prosa disolvente y crítica, incitado por las ocurrencias de su amigo el polígrafo jaliciense Batis.
A la redacción de Sábado, el más leído suplemento cultural sabatino del país, acudían todos los autores del momento a depositar sus textos o imágenes, desde Augusto Monterroso, hasta el fotógrafo Héctor García, Noé Jitrik, Juan Carvajal, Raymundo Ramos, Ida Vitale, Enrique Fierro, Federico Patán o el dramaturgo y dibujante Juan José Gurrola, otro de sus amigos y miembro de esa generación de libertinos a la que pertenece.
Tuve la fortuna de trabajar con él varios años a mediados de la década de los 80 en esa redacción, frente a él, todos los días sin falta desde las cinco de la tarde hasta más allá de medianoche, al lado de Miguel Rico Diener, Gerardo Ochoa Sandy y Pura López Colomé, recibiendo y revisando los textos traídos por un centenar de escritores, consagrados y jóvenes en una romería interminable.
Por nuestras manos pasaban las notas críticas de Sandro Cohen, Arturo Trejo Villafuerte, Vicente Quirarte, Vicente Francisco Torres, Ignacio Trejo Fuentes, Ignacio Padilla, los comentarios dramatúrgicos de Gonzalo Valdés Medellín, los cinematográficos de Gustavo García y José Felipe Coria, las notas erotómanas de Andrés de Luna, los escritos de Nedda G. De Anhalt, Magali Tercero, Rocío Barrionuevo, Yolanda López y Angelina Muñoz-Hubermann, José Manuel Spriger, Marco Tulio Lamoyi, Francisco Hinojosa, Naief Yehya y  Guillermo Fadanelli, entre muchos otros, incluidos los múltiples autores latinoamericanos que enviaban sus colaboraciones por correo desde todo el continente antes de la irrupción de internet.
Muchos nombres faltan, pero todos ellos tienen presente en este 2015 a este humanista moderno que tenía la generosidad de prestar sus libros a los jóvenes escritores que acudían a la redacción e inquirían sobre autores necesarios. No olvido en mi caso cuando me trajo una noche Los Sonámbulos de Herman Broch, como una lectura necesaria e inapelable.
México es el gran hermano mayor del orbe literario hispanoamericano y por eso haber participado por un tiempo de la aventura de Sábado con Huberto Batis, desde adentro, es uno de los grandes privilegios que me ha deparado la vida como amante de las letras. Estar en ese barco, que era como una nave de corsarios alucinados, ver pasar por mis manos miles de ensayos, poemas y textos que después se convirtieron en libros, ver en el vivero la eclosión de tantos autores de por lo menos dos generaciones, es fácil de contar ahora que las viejas figuras se han ido una tras otra, cuando en ese entonces parecían inextinguibles monolitos, tótems, pirámides, piedras circulares de sol.
En la cueva de Huberto Batis se sabía todo de los cotilleos literarios del país, ascensos y caídas en desgracia, actividades de suplementos rivales, odios, amores, rencores, envidias, inquinas, admiraciones, que bien podrían ser objeto de una novela similar a las que escribían los autores austrohúngaros, franceses y germanos, donde estaba relatada la vida de varias generaciones como en una gran comedia humana llena de esplendores y miserias.
Batis lo sabía todo en esos momentos de Sábado con el esceptiscismo de un gran sabio y él sabe hoy como ayer que todos esos jóvenes estaban y están condenados al olvido y que sus ilusiones y ambiciones son fuegos fatuos o la luz fugaz de la luciérnaga noctámbula. Por eso él abría las puertas de Sábado sin distingos a todos outsiders y rebeldes, obscenos, herejes y demoledores de estatuas y se negaba a crear élites cerradas de mafias literarias. Ese es uno de los grandes méritos de Batis. En un país tan adicto a lo piramidal y funesto, tan crédulo de tlatoanis y reyezuelos literarios, Batis por el contrario da respiración a las letras mexicanas y abre siempre las puertas a quienes piensan, desean, escriben, oyen, cantan, pintan o dibujan con pasión y libertad.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de junio de 2015.

domingo, 14 de junio de 2015

AGUDELO TENORIO Y SU VORÁGINE DE MAR


 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los autores más notables en estos momentos en Colombia es Felipe Agudelo Tenorio, quien se coloca en la atalaya del ejercicio narrativo frente a un abismo, golpeado por la ventisca, sin contemplaciones, lejos de quimeras de gloria y éxito en tiempos de velocidad mercantil y olvido. Escribe ficciones por el camino más arduo, al acercarse a la realidad contemporánea exigiendo de su palabra rastros, huellas de verdad y lucidez, savias extraídas luego de una larga y dolorosa maceración vital, como en su segunda novela, El vuelo negro del pelícano, publicada en excelente edición y con bella portada por Sílaba editores de Medellín, en 2015.

Autor de la novela Las raíces de los cielos, de varios libros de relatos, entre ellos Cosecha de verdugos y otros de poesía, el bogotano vivió durante varias décadas fuera de Colombia, en México, antes de regresar a su país, perturbado como siempre por un vendaval siniestro de muerte y asfixia, donde enfrenta, además del sanguinario contexto nacional, el fin de una época personal desde donde observa, ya decantadas, las temáticas de la existencia, el deseo, la carne, el vicio y la muerte.

El personaje y narrador central de su novela es el médico cincuentón Fabian Martel, quien, sobreviviente de todos los vendavales y desastres, opta por transcurrir como ave rara y solitaria en innombrables bares, habitáculos de lujo donde bailarines y bebedores, jóvenes hembras magníficas y musculados varones metrosexuales bailan, hablan y se divierten sin cesar porque “viven apabullados por el miedo” sabiéndolo y sin saberlo.

Martel, quien ha decidido por opción filosófica personal “no destruir”, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos colombianos, está cubierto por una gruesa coraza de quelonio dentro de la cual conviven en turbulencia las más profundas fragilidades y vive su deriva en el bar, “destino central” del hombre, sitio fundamental donde desde el silencio hace un diagnóstico de la realidad, con tan buenos resultados “que cuando le pasan la cuenta no le gusta pensar que se está gastando su dinero sino que acaba de invertirlo”

En el bar decide vivir la realidad y la diseca y analiza viajando en el tiempo, convocando el fantasma de la misteriosa y ausente Alicia, y “como es un impostor muy curtido, nadie nota el fraude en sus maneras de avenirse a cualquier topografía y sumarse a la multitud, a pesar de que son mayúsculos los esfuerzos con que intenta no levantar sospechas de excesiva diferencia haciendo, como bien puede, la mejor imitación de si mismo”.

El bar de El vuelo negro del pelícano está “emplazado con costoso esmero comercial sobre el lomo de una pequeña colina que sirve de mirador hacia un viejo puerto caribeño, justo a orillas de una bahía tersa y parcialmene iluminada, desde cuyas terrazas es posible, si así lo desea, contemplar el cansino trajinar nocturno de los estibadores y las grúas sobre los barcos de carga, el zarpe hermético de buques de guerra (...) y la sedante navegación de los transatlánticos de lujo” que fluyen por el mar como incendios flotantes, dice Agudelo Tenorio haciendo uso de su pertinente voz poética.

Hay una mujer fundamental que se ha ido y cuya ausencia y cruel lucidez lo rondan, Alicia, pero aparece al instante en la pista una joven hembra magnífica, una morenaza de abundante cabellera, que miente tanto como él finge y danza solitaria lanzando al aire las feromonas del deseo. Se inicia entonces un intercambio entre seres a la deriva, la del maduro experto y la bella gacela venal, que le haría exclamar a Martel: “tu carne es la única porción de la realidad que me gusta”.

Como “la pájara tenía su sed” Martel la invita a beber y acepta ese intercambio nocturno entre silencios, pieles reunidas al azar que nunca se volverán a ver, en medio de un gentío de ebrios y desbocados que cumplen con la consigna nacional colombiana y tal vez mundial de que “bebemos para amansar el terror de abrazarnos y bailamos para no tener que matarnos todo el tiempo”. Siguen unas horas en que esos dos cuerpos salen a la noche y luego van al apartamento bajo la lluvia tropical y la historia se convierte en un ojo de huracán, maelström donde la metáfora de la vida de Martel se une a la de la existencia de los viejos pelícanos que dan nombre a la novela de Agudelo Tenorio, aves extrañas, pesadas, cómicas, sobrevivientes de la era de los dinosauros, criaturas tan longevas como los humanos, que envejecen y pierden la vista para morir perdidas e inermes tambaleándose ante la burla de los paseantes en las playas del mundo.

La novela no solo es notable porque opta por el riesgo de contar la realidad vital del momento, lo que pasa en un rincón de este planeta en unas cuantas horas y con unidad de lugar y de tiempo bajo las estrellas y junto al mar, sino porque es breve, necesaria, está escrita con una prosa donde palabras y oraciones se encuentran bien instaladas en la estructura minuciosa de relojería del edificio narrativo y donde la carne, el deseo, la piel, se tejen, se entremezclan con ideas y reflexiones que el médico carga a lo largo de su periplo y terminan convirtiéndose en parte de su ser, como se lee en el último apartado epilogal de aforismos que nadan en la memoria del doctor Martel, viejo pelícano ciego que se ahoga en un mar que es ya una inmensa e inabarcable lágrima de verdad.

El vuelo negro del pelícano de Agudelo Tenorio ingresa al catálogo extraño de las novelas colombianas de la desesperación y la lucidez, a veces obras únicas de autor, anómalas, monólogos del viajero curtido en un instante de la vida de Colombia, tales como La Vorágine de José Eustasio Rivera, Cuatro años a bordo de mi mismo de Eduardo Zalamea Borda, Las llaves falsas de José Vélez Sáenz, o Un bel morir de Alvaro Mutis. Libros raros, breves, únicos, dolorosos e irrepetibles.
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*  Publicado en La Patria, Manizales, Colombia,  el 14 de mayo de 2015.

sábado, 13 de junio de 2015

¿OH, QUIÉN ES PABLO MONTOYA?

Por Eduardo García Aguilar
De repente y por sorpresa el colombiano Pablo Montoya (1963) ganó el Premio Rómulo Gallegos 2015 con su novela Tríptico de la infamia, provocando una conmoción al interior de la narrativa colombiana, sentada desde hace tres lustros en los laureles del marketing y cubierta de enormes guirnaldas adornadas con estrellas y best-sellers inflados, elegidos a dedo desde los oscuros gabinetes secretos, en las suscursales locales de las multinacionales que por ahora tienen el monopolio del canon.
Ante el estupor, los síncopes y los ataques cardíacos por la noticia que obliga a barajar de nuevo las cartas de la novelística colombiana, la única reacción que tuvo El Tiempo, asombrado de que ninguno de sus columnistas oficiales participantes en la justa se hubiese llevado el premio, fue escribir que en Caracas se había premiado a un autor “casi secreto”, lo que muestra que donde era un “secreto” era allí en las redacciones culturales y no en el mundo de los lectores, que desde hace tiempos leíamos a Montoya y admirábamos su entereza y el fervor para escribir contra viento y marea, poseído por una indestructible vocación literaria, similar a las de William Ospina y Evelio Rosero.
Un libro tan notable como Lejos de Roma, publicado por Alfaguara, pasó casi ignorado, como si la propia casa editora no creyera en él y lo arrinconara para dar paso a sus estrellas preferidas e infladas. No se volvió a reeditar y Montoya lo sacó del purgatorio en la editorial Sílaba de Medellín. Y lo mismo parecía ocurrir con Tríptico de la infamia, que no tuvo casi promoción de sus editores, inclusive en la pasada Feria del Libro, como si también ellos hubieran decidido esconderlo con desgano debajo de las mesas para que no interfiriera en la campaña aplicada a promover a sus autores de preferencia.
Para los editores del monopolio editorial y los jefes de secciones de “Entretenimiento”, un autor tan “intelectual” y “erudito”, quien además ejerce una crítica literaria incisiva en un contexto donde casi todo lo que vende y suena es escandaloso y vulgar, un autor que escribe sobre Ovidio y aborda la vida de pintores europeos, es en estos tiempos en Colombia una especie de Objeto Literario No Identificado (OLNI).
La narrativa colombiana fue en el siglo XX, hasta los tiempos de García Márquez y la generaciones posteriores, encabezadas por Collazos y Moreno Durán y la Generación Sin Cuenta, el coto vedado de autores de provincias lejanas o de clases medias y bajas de las ciudades. Las oligarquías les habían cedido ese “hueso” después del fin de las letras decimonónicas de Silva, Caro, Cuervo, Pombo y Valencia.
Algunos notables de la élite oligárquica capitalina escribían la novela única en su juventud, como fue el caso de Alfonso López Michelsen con Los Elegidos, pero después pasaban a tareas más importantes como la política, el dinero y el periodismo capitalino. Salvo la excepción de Eduardo Caballero Calderón, autor de esa horenda novela El buen salvaje, narrada por un rolo oligarca loco que se asombra de que los negros puedan andar libres y encorbatados en las avenidas de París, la narrativa colombiana fue casi siempre ejercida por pobres y clasemedieros de la capital y la provincia: Osorio Lizarazo, Manuel Zapata Olivella, Carlos Arturo Truque, Iván Cocherín, Oscar Collazos, Moreno Durán y cien etcéteras. 
Ser escritor, novelista, narrador, era algo que desprestigiaba y era muy mal visto en las familias hasta que Gabriel García Márquez, muchacho pobre costeño, originario de un pueblucho canicular, a quien consideraban en Bogotá “un caso perdido”, se volvió figura mundial y, como en un  sueño de cuento de hadas, emergió del inframundo ya famoso y millonario, fue recibido por magnates, estrellas de Hollywood y presidentes y al final subió al cielo en cuerpo y alma en medio de una lluvia de mariposas amarillas, despedido con todos los honores militares y presidenciales y con la bendición del mismo Papa.
En los últimos tres lustros, ida ya para siempre la generación de “intelectuales” y “eruditos” como Lezama Lima, Borges, Paz y Cortázar y convertida la narrativa en industria multinacional que eventualmente puede dar dinero y prestigio, los autores latinoamericanos ya no surgen a la notabilidad después de un largo camino de trabajo y dedicación, como García Márquez, sino que son productos confeccionados rápidamente en los gabinetes secretos de las editoriales multinacionales y luego engordados e inflados como cerdos en campañas mediáticas donde cuentan con la complicidad de las páginas de “Entretenimiento”. Reinas de belleza, modelos, presentadores de televisión, gomelos desvirolados y laureanistas trasnochados, arribistas, chicos descarriados de los “estratos altos” que no hallan oficio, encontraron que la literatura podía darles algo de renombre y hasta plata. Así instauraron en Colombia y en América Latina lo que bien podría denominarse la Estética de los Gomelos.
Unos cuantos nombres de autores coludidos con esos gabinetes secretos practicaron el rápido hold-up y se adueñaron de la narrativa colombiana como viejos tiranuelos de bananas repúblicas. Salían directamente del Gimnasio Moderno o de otros colegios del Norte bogotano, o de la Javeriana, el Rosario o Los Andes, o de sus contrapartes medellinenses, a ser ungidos como candidatos a todos los premios y hasta el Nobel si fuera posible, promovidos por los Reyes y Reinas de Alfaguara, Planeta, Random y la finada Norma, e inflados como globos que se escapan de las manos de los infantes hacia el cielo infinito. Pusieron así en práctica la frase magistral del corroncho García Márquez en El Otoño del Patriarca: “El día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.
Por eso el Premio Rómulo Gallegos cayó como una bomba en medio de las secciones de “Entretenimiento” de los diarios capitalinos y en las salas de profesores de Literatura de las universidades de paga bogotanas, salvo en la Central y la Nacional. ¿Que pasó?, se interrogaban todos, apeñuscados a la entrada del Gimnasio Moderno. ¿Oh, quién es Pablo Montoya, ala?,  preguntaban estupefactos con un rictus de terror. Pero por fortuna la literatura colombiana está de fiesta y se dispone ahora sí a barajar de nuevo las cartas.
 * La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de junio 2015.
 

domingo, 7 de junio de 2015

TARDE FELIZ EN EL ELÍSEO

Por Eduardo García Aguilar
La cola de invitados empezó a formarse en la tarde canicular del jueves a las puertas del viejo Palacio del Elíseo, a donde el presidente de Francia François Hollande invitó a figuras y personalidades de las artes y las letras francesas relacionadas con América Latina y latinoamericanos y caribeños de cultura residentes en Francia, con motivo de la Semana de América Latina y el Caribe que se organiza cada año.
     Entre ellos se veía al presidente de la Maison de l’Amérique Latine en París, Alain Rouquié, gran conocedor de México y Brasil, quien hace tiempo definió latinoamérica con el concepto de Extremo Occidente, por esa amistad, esa confluencia y a veces esos sangrientos desencuentros que desde tiempos inmemoriales se tejieron entre ambos y que incluyen el atroz episodio de la trata de esclavos africanos hacia América y la invasión de México por las tropas de Napoleon III.
     La literatura y las artes han dado testimonio de ese ir y venir de artistas a través del Océano Atlántico y la imaginación que suscitan los misterios y demonios mutuos, como lo muestra el recién galardonado con el premio Rómulo Gallegos 2015 de novela Pablo Montoya, colombiano que durante más de una década vivió en París dedicado a trabajar esos espejos recíprocos destacados en la novela galardonada, Tríptico de la infamia, sobre tres pintores europeos ligados a través de la imaginación con el continente ultramarino de volcanes y tormentas.
     Miranda, Bolívar, Lautréamont, Rubén Darío, Vargas Vila, Gómez Carrillo, César Vallejo, Alfonso Reyes, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Severo Sarduy, Rufino Tamayo, Botero, Cruz Díez, Soto, y multitud de músicos, pensadores, y dramaturgos latinoamericanos han vivido y viven Francia con amor, lo que llevó a  decir en su discurso al presidente Hollande, con el gran sentido del humor que lo caracteriza, que hasta “los fraceses también pueden amar a Francia”, en referencia a esa característica falta de fe, algo masoquista, de muchos franceses, en su propio país.
     A su vez figuras francesas como los viajeros Charles Brasseur y Michel Safray, el geógrafo Elisée Reclus, Antonin Artaud y los surrealistas que se afincaron en México, Claude Lévi Strauss, Jacques Soustelle, Paul Rivet, Roger Callois, el Nobel J.M. Le Clézio, Régis Debray, Jean Meyer y mil otros han soñado y amado hasta la locura el continente de todos los colores, cantado en su máxima expresión por Pablo Neruda y Gabriel García Márquez, quienes vivieron en París.
     Todos esos fantasmas del amor recíproco se dieron cita en los salones del Palacio cubiertos de gobelinos donde brilla la pátina áurea de la República: aquí el colombiano Yuri Buenaventura que de cantar en el metro se convirtió en estrella al interpretar en francés y con ritmo de salsa la famosa canción Ne me quittez pas del belga Jacques Brel y quien ahora abraza al presidente, o allá las grandes escritoras argentinas Luisa Futoransky y Alicia Dujovne Ortiz, en representacion de la tierra de Gardel y Borges, o Milagros Palma, de Nicaragua. Con ellos se cruzaban los fantasmas de Nicolás Guillén, García Márquez y el pintor Jesús Soto, que vivieron pobres en un hotel de la rue de Cujas y se ganaban la vida cantando y tocando tambor, guitarra y maracas en los bares cercanos al metro Odeon.
     A veces uno creía percibir la presencia de François Mitterrand, el otro presidente socialista que hizo historia en este palacio y quien invitó a su posesión al Nobel colombiano y al mexicano Carlos Fuentes, el autor de Terra Nostra. Y entre esas espléndidas salas y recovecos tapizados de rojo intenso y en medio de los ornamentos florales y los reflejos de luz que provenían de los jardines, uno pensaba en la condesa Castiglione, insumisa fotógrafa italiana amada por Louis Napoleon Bonaparte, o en los suspiros de ese anciano presidente Félix Faure, quien murió en brazos de su amante Marguerite Steinheil en 1899 en uno de esos salones, o en Georges Pompidou, mecenas de las artes contemporáneas, fulminado entre estos oros por la enfermedad.
     Hollande circula entre los invitados latinoamericanos siempre presto al buen sentido del humor y la actitud de “presidente normal”, que pese a las tormentas y a las críticas acerbas a su gestión y a la falta de popularidad en un país cada vez más derechizado y agobiado por sus fantasmas ideológicos y las nostalgias de Vichy, ratifica su voluntad de que la República sea de todos y no para un solo segmento blanco de la población con aspavientos de vieja nobleza del Ancien Régime y que aboga por la discriminación de los otros, el negro, el árabe, el asiático, el levantino, el judío, el hispano, el latino, el gay.
      Como prueba de ese cambio esta aquí la bella y joven ministra de Educación Najat Vallaud-Belkacem, de origen marroquí, quien recibe los dardos de una derecha que no soporta que una ciudadana de la llamada “diversidad” ostente uno de los cargos más prestigiosos de la República, al igual que la guyanesa ministra de Justicia Christiane Taubira. También en pimera fila de los que aman América Latina está el ex presidente del Senado, el socialista Jean Pierre Bel, promotor de los acercamientos entre ambas culturas, quien guarda una relación privilegiada con Cuba, y el ex Primer ministro y actual ministro de Relaciones exteriores Laurent Fabius, quien, según dijo Hollande, "está en todas partes", pero no pierde oportunidad de desplazarse a la tierra del realismo mágico.
     Al final toda esta fiesta de cultura, color y música latinoamericana y francesa se desplaza ya con los vapores del champán en alto hacia la salida del Palacio de Elíseo, bajo una canícula que recuerda a Manaos, Veracruz o Cartagena de Indias, como si París de repente se hubiese vuelto una ciudad tropical a comienzos de junio y todo se volviera barroco bajo la batuta del muy parisino y sincrético fantasma de Severo Sarduy. 
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* Publicado en la sección Expresiones de Excélsior, México D. F., el domingo 7 de junio de 2015. 
Foto: En las puertas del Elíseo.