sábado, 27 de diciembre de 2014

ELOGIO DE LOS BISTROTS

Por Eduardo García Aguilar

Una de las instituciones preferidas en toda Francia y de las más nutritivas y alegres de la vida en París, es el bistrot, que desde el siglo XIX cumple una función social inigualable en todas las estaciones del año y sin la cual la vida en la ciudad o los pueblos no sería lo que es. En cada cuadra de la ciudad capital y en todas las ciudades y pueblos de provincia, sin falta, hay varios de estos lugares que llevan nombres diversos evocadores de la región de donde provenían los viejos fundadores o el nombre famoso de algún militar, barco, profesión, amada o país: el Sully, la Estrasburguesa, el Bastilla, el Cañón de Italia, el Jaurés, el Sarah Bernhardt, el Daiquirí, el Floreal y mil etcéteras más.

Los hay muy pequeños en mitad de la cuadra para una clientela muy precisa y casi familiar y también en las esquinas o en las plazas concurridas, donde por la situación privilegiada se vuelven más animados y prósperos y se convierten con el tiempo a veces en negocios millonarios y famosos y de alto glamour como el Deux Magots y el Café de Flore de Saint Germain, La Coupole y el Select de Montmartre o el Café de la Paix de la Plaza de la Opera, todos ellos de precios inabordables para la población común.

El bistrot es un sitio muy sencillo, especializado en la venta de vino, cerveza y licores a precios bajos, que se sirven en las viejas barras métalias de bronce, zinc o madera, lo que se complementa con la venta de sándwichs rápidos o tentenpiés de queso, jamón, paté, atún, pollo o chorizo para una clientela popular y atareada que se refugia un instante en el lugar para restaurarse y luego seguir el camino de su lucha por la vida en los tiempos de crisis, que siempre han sido la norma en todas las épocas. Todos los países del mundo siempre han estado o están en crisis.

En las mañanas heladas, cuando los transeúntes van rumbo al metro para trasladarse a sus trabajos, la especialidad del bistrot es servir el delicioso café con leche, acompañado de croissants, por lo que el olor inconfundible de las máquinas cafeteras italianas atrae desde lejos a los acelerados, al mismo tiempo que el sonido inolvidable que emiten cuando transforman el elíxir del grano molido proveniente de Colombia, Kenia, Brasil o Guatemala, en la exquisita taza humeante que da vida y energía al trabajador.

Porque el bistrot es y ha sido siempre el lugar de encuentro de los trabajadores, de los proletarios de los últimos dos siglos, inmortalizados en tantas obras literarias, en especial aquellas que cuentan la vida popular de París y en cuadros donde se les ve con las boinas ancestrales y las bufandas modestas o los overoles manchados de pintura o cemento, cuando no con sus bigotes heredados de la vieja etnia original gala pre-romana, contada en los dibujos animado, cómics o caricaturas del inefable Ásterix.

A mediodía, el bistrot se especializa en un almuerzo sencillo que comienza a servirse a las doce en punto y que por un costo relativamente bajo trae un menú basico de entrada, plato central y postre: huevos con mayonesa, paté, arenques o una ensaladilla rusa simple, seguido luego por la clásico pedazo de carne de res o pollo con papas fritas, o un grasoso cassoulet, una choucroute, el boeuf bourguignon, o la pieza de ternera en salsa con arroz y frijoles blancos, que lleva el nombre de blanquette de veau. El menú de tres opciones cambia cada día de la semana y constituye la delicia del pobre que sale durante una hora a recobrar energía para seguir la jornada. Pero casi siempre se trata de platos populares como los que preparaba la abuelita o hacía la mamá.

Viene luego la tarde solitaria del bistrot, cuando por lo regular son pocos los clientes y donde pasan las horas jubilados, desempleados, viudas o esposas que van y vienen del supermercado y se refugian de la llovizna para reposar un instante allí leyendo el periódico local, ya sea Le Parisien en la capital y otros de nombres improbables en cada una de las capitales, desde Marsella y Toulouse a Lyon, y desde Burdeos y Poitiers a Lille, Rouen, Estrasburgo o Nantes.

Hacia las seis de la tarde el bistrot se vuelve a animar con la clientela más alcohólica y solitaria, que libre ya de su tareas burocráticas pasa a degustar un vino blanco o rojo, un calvados o un pastís, mientras pasan las noticias del día en continuo por la televisión, a través de canales como BFMTV o ITelé. El personaje típico del bistrot emerge allí con toda su fuerza: se trata de un hombre o mujer solitario, o que evita regresar pronto a casa y que en esas horas habla sobre política o chismes del momento, como las amantes de los presidentes o las celebridades y las historias más escabrosas de los criminales o las guerras y las tragedias que informa sin cesar la máquina trituradora de noticias. Hacia la noche, el bistró acoge en la barra a los clientes más fieles, que tienen un trato especial del patrón y ya ebrios deliran con sus narices bien rojas y sus ojos humedecidos. El pilar de bistrot ha sido inmortalizado en programas cómicos de la televisión por la talentosa humorista Anne Rumanoff

En sus primeros tiempos el bistrot fue una institución regentada por habitantes originales o de diversas provincias francesas muy específicas, como los famosos bougnat, provenientes del macizo Central, y en las primeras décadas del siglo XXI ha sufrido un gran transformación con la globalización, al pasar a manos de las nuevas generaciones de inmigrantes chinos o norafricanos, por lo que se han convertido en un vivero de mestizajes de todos los orígenes. Si resucitaran los franceses de antes, a veces tan nacionalistas y cerrados, se espantarían de ver tanta gente de origen extranjero, en especial mediorientales, africanos y asiáticos compartiendo en la barras de los bistrots a la hora del crepúsculo.

Sin el bistrot París sería invivible y sus barras cumplen la función del psicoanálisis o del consejero espiritual para todos los golpeados por la vida: se discuten allí divorcios, muertes, ruinas, fracasos, desempleo, enfermedades, bodas, nacimientos. En su caluroso líquido amniótico, vibran las historias y los secretos que muchos novelistas han utilizado para dar consistencia a sus personajes, como Zola o Louis Ferdinand Céline, expertos en contar el destino del pueblo en su cíclico ir y venir.

  

domingo, 21 de diciembre de 2014

MÉXICO Y LA CULTURA PIRAMIDAL


Por Eduardo García Aguilar
En México existe un sistema cultural que algunos críticos locales califican de piramidal y que ha enfeudado desde hace un siglo a la mayoría de los creadores cubriéndoles de prebendas y haciéndolos cómplices de los grandes políticos, muchos de ellos demagogos, corruptos y violentos.

Sin embargo, pese al servilismo de un sector importante de la intelectualidad y de los artistas, la cultura mexicana contemporánea tiene tanta fuerza que ha sobrevivido a esa tentación permanente de vivir adosada al poder de los príncipes y los tlatoanis, como se denominaba a los ancestrales jerarcas indígenas.

No es para menos, ya que todo el país vive sobre las ruinas de varios imperios prehispánicos espléndidos que construyeron ciudades y templos de rango mundial, equiparables a los de las grandes civilizaciones que florecieron en China, el Sudeste Asiático, Egipto y entre el Eufrates y el Tigris, en tiempos de Nínive y Babilonia.

Por todas partes el arte de esos pueblos se ve y surge de la tierra con una fuerza imbatible que impresiona a quienes han visitado Teotihuacán, Palenque, Monte Albán y tantas otras ciudades milenarias construidas por verdaderos Estados poderosos y ricos que tenían burocracia, clero, escuelas y ejércitos.

Cuando llegaron los conquistadores españoles encontraron grandes imperios en pleno ejercicio de su poder y merced a una alianza con los príncipes locales crearon un nuevo mundo colonial cuya expresión cultural es impresionante: catedrales, plazas enormes, palacios, conventos, avenidas, teatros y todo tipo de edificios barrocos emergieron de tal fusión y del sincretismo de la religión prehispánica y el catolicismo que llegó para quedarse.

La prueba de esa irradiación cultural sincrética es el vasto centro histórico de la Ciudad de México y la belleza de muchas ciudades coloniales como Morelia, Zacatecas, Guadalajara, Oaxaca, Puebla, Querétaro y muchas más que uno nunca termina de visitar y apreciar. Dichas ciudades y sus centros ceremoniales fueron construidos sobre las viejas pirámides con la piedra de aquella grandeza.

Después de la Independencia, esa cultura siguió solidificándose con nuevas influencias, entre ellas la francesa y después la norteamericana, que llegó en el siglo XX para construir rascacielos y grandes ciudades, avenidas y suburbios interminables de cemento.

La Revolución mexicana trató de recuperar el orgullo indígena a través de los muralistas y por medio de un proyecto inicialmente muy valioso de afirmación de las culturas nativas. Sin embargo, al institucionalizarse la Revolución y crearse el Partido Revolucionario Institucional (PRI), ese esfuerzo cultural que dio grandes frutos se fue solemnizando. Por eso los críticos actuales tratan de despertar a las élites culturales para que respondan con ideas a la gran tragedia que vive el país, ahora dominado y carcomido por el narcotráfico en alianza con todos los partidos políticos.

Después de la Revolución Mexicana se creó una clerecía priísta laica, una élite cultural muy bien financiada de por vida con becas, homenajes y prebendas oficiales, que reemplazó de facto a los sacerdotes y obispos católicos de otros tiempos.

Los jóvenes escritores en su mayoría empiezan desde muy temprano su carrera literaria como sacristanes de algún grupo o de algún líder cultural o "maestro de juventudes" como Vasconcelos, el creador del sistema, y son fieles e incondicionales de por vida a la figura o grupo poderoso que los protege y así van subiendo, subiendo, ganando muchos premios y becas, hasta convertirse en monseñores, obispos literarios, cardenales poéticos y algunos hasta papas, como Reyes, Paz o Fuentes.

Para llegar a esas alturas casi siempre hay que desempeñarse como diplomático y tener excelentes relaciones con los políticos y los magnates de la comunicación, quienes financian los premios y las prebendas intercambiables que benefician a esos jerarcas culturales exitosos.

Los escritores e intelectuales ligados al poder celebran sus sínodos y concilios, sus aquelarres y festines. Hay exclusiones, "ninguneos", vendettas, y todo tipo de guerras y guerrillas culturales. Los escritores rebeldes o malditos o los críticos terminan muy, pero muy mal. Sufrir la ojeriza de un Cardenal o de un Papa cultural todopoderoso como era Paz, significa la muerte literaria.

La mayoría creen en la "carrera literaria" y la toman muy en serio y por eso son algunos de ellos tan solemnes. Y así van tomando desde muy temprano una posición hierática, rígida, como de políticos del PRI. La mayoría no arriesgan nunca nada por temor y algunos -tanto mujeres como hombres- desde jóvenes ya están entronizados con sus casullas y destinados a ser un día líderes con su grey y báculo.

Y así permanecen toda la vida, aburridos, aspirando, intrigando, para llegar a ser los jefes de grupo con su corte y tal vez subir a la cúspide de la pirámide con las prebendas del caso y el impulso oficial necesario para aspirar a premios internacionales como el Cervantes. El sueño de muchos jóvenes escritores es ser llamados un día "maestros" y homenajeados cuando mueran en cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes, o si no se puede ahí, en algún lugar más modesto de carácter regional o universitario.

Ese es el sueño máximo de muchos de los escritores, por lo que sus obras se vuelven secas y parecidas en su manierismo oficial. Son muy pocos los que no creen en eso, pero por fortuna hay rebeldes hoy como los que describe Bolaño en su novela espléndida, irónica, Los detectives salvajes.
Por supuesto, esos rebeldes no se conocen mucho y no los ponen en las listas oficiales de las que son desterrados. Si no son fuertes se van apagando, muertos en vida como los personajes de Rulfo y tienen que ser muy valientes para resistir ante el sistema cultural oficial, pero los hay por fortuna para la literatura y las artes mexicanas y tal vez sean ellos los que ahora gritan para que cambie México y logre liberarse de la empresa de la mafia narcotraficante que ha cooptado al gobierno y a casi toda la clase política. O sea que la historia milenaria de esa gran patria hermana sigue viva y ardiente y mirando hacia el futuro con una creación pujante que siempre se sale de la cesta o huacal donde tratan de encerrarla.

Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de diciembre de 2014. 

martes, 16 de diciembre de 2014

MIRADAS ESTÉTICAS A LA CIUDAD NATAL

Por Eduardo García Aguilar

Siempre he pensado que Manizales es uno de los secretos más importantes de América Latina, una ciudad de una inmensa belleza no solo por los paisajes que la rodean desde el balcón geológico que habita a partir de su fundación reciente en el siglo XIX, sino por la arquitectura de su centro histórico principal y de los barrios antiguos, que como Hoyofrío y Los Agustinos, sobrevivieron a los incendios que la devastaron en los años veinte del siglo pasado y que aun sobreviven milagrosamente, pese a la fuerza de la cultura del cemento, arrodillada desde hace más de medio siglo al reino todopoderoso del Dios automóvil.

Quienes tuvimos la fortuna de nacer y crecer en Manizales ignoramos a veces las joyas arquitectónicas que se encuentran todavía en muchos lugares, esquinas, cuadras secretas, plazas, empinadas calles, rincones olvidados, porque ellas hacen parte natural de nuestra visión desde la infancia y son como un reflejo natural del imaginario personal, un poblado ámbito onírico que nos constituye y nos alimenta desde siempre.

Hace poco, al observar las fotos que ha tomado Beatriz Gómez a muchas construcciones y rincones de su ciudad natal con un amor lleno de sorpresa y que han circulado por Facebook, muchos han reaccionado con un gran entusiasmo, como si se sintiera la necesidad de salvar la ciudad para siempre y reconocer a todos aquellos que contra viento y marea han luchado en estas décadas aciagas por rescatar y conservar el ámbito donde nacimos los Manizaleños.

La mirada de Beatriz Gómez tiene mucha fuerza porque es la de un nativo que regresa después de mucho tiempo y constata que no todo está perdido y comprueba que durante la ausencia ciudadanos conocidos o anónimos, expertos, arquitectos, artistas han cuidado el patrimonio, aunque por supuesto mucho se ha perdido. Sus fotos nos vuelven a despertar y nos tocan porque nos muestran el privilegio que tenemos los que nacimos y crecimos allí. Como ella, otras personas amantes de la ciudad comparten día a día en las redes sociales las fotos de la ciudad donde viven y que alguna vez elogió Neruda, quien la visitó y la admiró, como una "fábrica de atardeceres".    

Barrios enteros y edificaciones míticas fueron arrasadas sin contemplación desde los años 60, merced a un mal llamado proceso de modernización por el cual se hicieron ensanches inútiles, se mutilaron plazas como la de Caldas o Fundadores para dar paso a avenidas, y eso sin contar la demolición de centenares de casas antiguas llenas de historia que eran el orgullo de barrios donde hoy solo se percibe la desolación de las avenidas contaminantes, el ruido de los vehículos y la incongruencia de centenares de horrendas fachadas de cemento construidas sin orden alguno, en una proliferación salvaje y caótica.

La ciudad fue el fruto de un extraordinario impulso colonizador que en unas cuantas décadas creó en el albor del siglo XX un nuevo departamento y una capital pujante rodeada a su vez hacia todos los puntos cardinales por varias poblaciones que son joyas intactas de la arquitectura de la guadua y el bahareque, cuya belleza conservada e intacta en muchos casos daría para un catálogo de rango mundial. Además de esas casas familiares o construcciones gubernametales, escolares o religiosas, pervive en esos ámbitos el fantasma de unos pobladores y una cultura regional muy original que por fortuna fue y es objeto de estudios de expertos de distintas disciplinas. Lo que ocurrió en esa región fue la emergencia de un mundo nuevo que erigió una especie de espacio mediador entre dos poderosas instancias que vivían en guerra, como son la vieja Antioquia y el viejo Cauca, cuyas culturas difieren en muchos aspectos, como ya lo advertían en sus crónicas los viajeros europeos que se aventuraron a esos confines y relataron lo visto en siglos pasados.

Manizales fue arrasada por dos incendios y esa catástrofe animó a sus élites y habitantes de entonces a recrear algo que sorprende hoy todavía al experto o al simple viajero. Con recursos económicos extraordinarios y un impulso colectivo en el que participaron notables arquitectos, artistas y constructores provenientes de varios países de Europa, surgió esa ciudad que parece a veces el delirio de un genio loco coronado por la soberbia Catedral neogótica y decenas de edificios inolvidables, cada uno de los cuales tiene su historia y la huella de uno o varios artistas viajeros.

A quienes nos dedicamos a las labores del espíritu y las artes, contar con una ciudad natal de este rango es una verdadera fortuna. En mi caso personal, en casi todas mis novelas y relatos he tratado de exorcizar esas imágenes captadas en la infancia y la adolescencia, construcciones y lugares que recorríamos cada día y que nutrieron nuestros mejores momentos de formación. En mi primera novela Tierra de leones (1983) visité desde lejos a través del sueño de un loco llamado Leonardo Quijano esas construcciones espléndidas como la Catedral, la antigua Estación del ferrocarril, la Gobernación, el Palacio de bellas artes, el edificio Escorial y tantos otros, incluso el magnífico Teatro Olympia, joya arquitectónica destruida para dar lugar a un estacionamiento. Y en otras novelas como Bulevar de los héroes,  El viaje triunfal y la que escribo en estos momentos, he vuelto a visitar esos lugares como si se tratara de viajar a los confines de la más secreta memoria.

Se dice que la literatura por lo general es un arreglo de cuentas con la infancia y la adolescencia y que por lo regular las obras de los autores se nutren de esos ámbitos, como ocurre con Gabriel García Márquez al recrear el mundo vivido en el pueblo natal y las ciudades y lugares de la región de la que es originario. Pero todas las artes a su vez tienen en la tierra natal una cantera natural. Por eso en estos momentos hay en Manizales fotógrafos, poetas, narradores, arquitectos, urbanistas, dramaturgos, ensayistas, historiadores, músicos, ecologistas, pensadores de todas las generaciones que tienen la certeza de que la ciudad donde nacimos es una joya material y paisajística para conservar. Cada día hay una mirada que la reconstruye y la plasma. Y serán tantas las miradas que el sueño de sus constructores se plasmará en la conservación de un ámbito que futuras generaciones tal vez disfrutarán en paz muy emocionadas y orgullosas cuando ya no estemos aquí quienes nacimos en el siglo XX.

sábado, 29 de noviembre de 2014

LA ALEGRÍA DE LEER A EVODIO ESCALANTE

Por Eduardo García Aguilar
Acabo de terminar un excelente libro de ensayos sobre Octavio Paz, de Evodio Escalante (1946), uno de los pensadores más originales y eruditos de México, quien ha mantenido vivo el espíritu de la crítica en ese país.
En Las sendas perdidas de Octavio Paz, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y Ediciones Sin Nombre en 2013, establece un diálogo con el gran poeta y ensayista que obtuvo el Premio Nobel en 1990, a lo largo de siete ensayos minuciosos donde no solo muestra el conocimiento profundo de la cultura mexicana, latinoamericana y universal, sino de filosofía y filología, lo que le permite conversar de tú a tú con el irascible maestro de los mexicanos (1914-1998), cuya obra enorme y brillante nos impresiona a comienzos del siglo XXI.
Este año se celebra el centenario de Octavio Paz, quien nació en pleno tiempo de la Revolución Mexicana, y tuvo como tantos otros que vivir en carne propia los efectos de la violencia. Su padre fue un rebelde zapatista que dejó su rango familiar para aliarse con los revolucionarios y murió arrasado por un tren en el norte de México, lugar hasta donde el joven Paz va con su madre para recuperar el cadáver despedazado. Durante ese largo viaje en busca del cuerpo del padre, el casi niño Paz ve a lo largo del camino, mientras avanza el tren hacia el norte, muchos hombres colgados en los árboles y los postes.
Desde muy temprano Paz se entrega a la literatura, pero en sus años juveniles ejerce una poesía comprometida que lo lleva a conocer a Pablo Neruda (1904-1973), convertirse en su discípulo y a viajar a España invitado por el autor del Canto General a un congreso de republicanos que luchaban contra los avances de la derecha franquista. Entonces solo tenía 23 años y ya había experimentado en el sur de México, en Yucatán, las tareas del compromiso social con los campesinos de su país. Al regresar a México, efectúa su primera ruptura con ese maestro, lo que cuenta y analiza con lujo de detalles Evodio Escalante, en uno de los episodios más importantes de este libro.
Escalante también analiza varias rupturas, ingratitudes y reconciliaciones claves del autor del laberinto de la Soledad y Libertad bajo palabra, entre otros libros. La primera es la ruptura secreta de Paz con su mentor mexicano, el gran maestro Alfonso Reyes (1889-1959), quien lo animó en su primeros pasos y le abrió con generosidad el camino para publicar sus obras y obtener un sólido reconocimiento. La ingratitud de Paz con el generoso maestro, que estuvo a punto de obtener el Premio Nobel y fue en cierta forma el Octavio Paz de su época y un protéico autor de miles de escritos fundamentales como El deslinde e Ifigenia Cruel, llegó hasta el extremo de tratar de excluirlo de la antología Poesía en Movimiento que publicó en su momento el Fondo de Cultura Económica, bajo la dirección del infatigable Paz, entonces diplomático en Oriente.
Evodio Escalante cuenta en detalle la historia de esa lucha interior con el maestro Reyes, a quien también quiso matar como a Neruda para poder eclosionar como autor original, y rastrea con exactitud las huellas innegables que la obra del viejo dejó en el joven Paz y que él trata por todos los medios de ocultar, como ocultó a su vez la utilización de los conceptos filosóficos de Martin Heidegger, de los que ya tenían conocimiento autores mexicanos anteriores a Paz en México, pero que el Nobel usa muchas veces sin citar en El arco y la lira.
También nos introduce en la primera repulsión paciana de los surrealistas, a quienes detesta inicialmente por escapistas y la posterior alianza con los mismos, al encontrar en ellos en París una actitud subversiva que lo marcó, pues para él sería más importante la rebelión como acto demoledor inconsciente y onírico, que los propios frutos literarios surgidos de la misma.
Otro aspecto importante del libro de Evodio Escalante es el estudio de la relación de Paz con la gran generación de Los Contemporáneos, a la que pertenecieron brillantes personajes de otra generación anterior mexicana, como Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, a quienes también Octavio Paz debe muchos de sus primeros impulsos y preocupaciones, lo que dejó registrado en varios ensayos.
Es una delicia seguir a Escalante en este diálogo de admiración y crítica que nos lleva hasta el estudio riguroso de su obra poética, los vasos comunicantes de la misma con la mexicanidad prehispánica y las temáticas orientalistas, así como con las rupturas modernas. Octavio Paz, ya consagrado y seguro de haber escrito una obra magna, avanza en sus rupturas y experimentaciones iniciadas desde los primeros poemas comprometidos de Raíz del Hombre y la Estación violenta, hasta la cumbre de Piedra de sol y los experimentos colectivos de Renga o ya de manera personal, en Pasado en claro y en Árbol adentro, que sus lectores disfrutamos hoy como nunca.
Lo bueno de este libro es que hablamos, nos peleamos y nos reconciliamos con el maestro Paz, pero a la vez descubrimos la prosa maravillosa de Evodio Escalante, una delicia de escritura donde no hay una sola línea que no esté al filo de la navaja, alerta, inteligente, irónica, que abre siempre puertas y nos mantiene insomnes a través de la lectura.
Sin duda Octavio Paz hubiera gozado la lectura del libro de este inquieto heredero que se alza a su rango en materia de crítica literaria y habla de tú a tú con él. Escalante es no solo gran lector, gran escritor, sino también músico y amante de jazz, o sea un renacentista contemporáneo de los que solo produce un gran país como México, el hermano mayor de hispanoamérica, tierra donde los autores dialogan en permanencia con sus mayores, no solo escrutando y salvando sus obras, sino cotejando ideas y conceptos para que el molino de la palabra siga girando en medio de la batalla quijotesca de la literatura.
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Publicado el domingo 23 de noviembre en La Patria. Manizales. Colombia
http://www.lapatria.com/columnas/72/alegria-de-leer-evodio-escalante 

domingo, 16 de noviembre de 2014

EL ARDOR DE LOS NACIONALISTAS CATALANES

Por Eduardo García Aguilar
Hay algo inquietante en la deriva nacionalista que afecta a un sector de los catalanes convencidos de ser la raza superior ibérica y que fue instigada en las últimas décadas por una cuestionada clase política electoralista. Nada que ver con aquel movimiento romántico de los catalanes encabezados por Joan Manuel Serrat, Luis Llach y María del Mar Bonet, quienes a través de la música y el espíritu libertario luchaban en los años 70 contra el franquismo y la asfixia cultural que reinaba en el país durante la dictadura. A ellos acudíamos a escucharlos en Montjuich y otros muchos lugares con el juvenil fervor reinante en aquella época.

Barcelona, a la que amo porque he vivido allí muchos meses en más de 30 estadías a lo largo de mi vida, era entonces el centro editorial y cultural de hispanoamérica, una región increíble y próspera donde convivían dos lenguas y dos culturas similares, la española y la catalana. El propio Joan Manuel Serrat, que es un ícono catalán y gloria de la región al lado de Salvador Espriú, Salvador Dalí, Josep Plà, Pablo Casals, Mercé Rodoreda y Pablo Picasso, dice hoy que no se imagina a Cataluña fuera de España.

Desde la Generalitat, desde la administración que ha reinado en Cataluña, se han usado los recursos públicos españoles de la prosperidad, gracias a la generosidad de las autonomías, para reconstruir la historia reescribiéndola mediante construcciones faraónicas en honor de actos y sitios heroicos dudosos y la elaboración de un guión histórico que magnifica supuestos pasados y héroes independentistas que ningún historiador serio ratificaría con certeza desde las aulas universitarias libres.

Tal país ilusorio se ha convertido en parque temático para turistas alemanes, franceses, ingleses, nórdicos, rusos, que visitan localidades reconstruidas y remozadas de acuerdo al nuevo guión. Y lo peor de todo, se pretende expulsar a la lengua castellana, como si esta fuera el peor enemigo, desterrándola de las escuelas y universidades y de los documentos y avisos oficiales, obligando a quienes quisieran seguir sus cursos en la lengua de Cervantes al exilio.

Todos los escritores catalanes que escriben en español como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Enrique Vila Matas fueron excluidos de las delegaciones a las ferias del libro internacionales, como la de Frankfurt, y de la radio catalana, pagada con recursos de la nación, fue expulsada hace un lustro la escritora Cristina Peri Rossi, por hablar la lengua de Garcilaso, Quevedo y Lope, lo que generó la protesta de centenares de figuras de la cultura mundial, encabezadas por Mario Vargas Llosa.

Esta deriva de las burocracias políticas electoralistas catalanas sobrepasa los límites y como en la historia del flautista de Hamelin sus jefes llevaron al pueblo hipnotizado a una consulta donde quienes organizaron y escrutaron el voto fueron ellos mismos y con recursos del Estado, sin dar garantía a las dos terceras partes del cuerpo electoral que no aboga por la independencia.

Porque solo basta recorrer Cataluña, la bella e irremplazable Barcelona que tanto amo, pasear por pueblos, capitales regionales, playas y villorrios de las montañas pirenaicas, para darse cuenta que muchos catalanes de origen, hechizados por un patriotismo arcaico, viven en un mundo autista. Como las avestruces en peligro, ignoran el mundo que los rodea: millones de personas que sin ser catalanes de origen nacieron o crecieron allí y han ganado derechos, los inmigrantes de todos los orígenes que hicieron sus vidas en esa tierra y con sus manos y sudor contribuyeron a hacerla grande, a construir todo lo que vale en esa región.

Recientemente comprobé el dolor de esa gente al recorrer Cataluña de nuevo y escucharlos, ya en confianza, porque descubrían que era "forastero" como ellos: taxistas, choferes, campesinos, obreros, tenderos, dueños de cafés, bares y restaurantes modestos, cocineros, amas de casa, intelectuales, profesores, artistas, abuelas, barmans, estudiantes, mucamas, barrenderos, gente de Girona, Figueres, Rosas, Barcelona, Albany, Empuriabrava, L'Escala, Castelló d'Empúries, Benidorm, Sitges, Vilanova i La Geltrú y tantas otras bellas localidades que visité. Y eso sin olvidar la voz de cientos de miles de "moros" o descendientes de "moros" que viven en barrios separados y que alguna vez dominaron media Iberia, antes de ser expulsados junto a los hebreos en 1492 por los reyes católicos.

Ojalá esta deriva catalana secesionista termine y que el tiempo vuelva a moderar las aguas y traiga la concordia, lo que al parecer ya se vislumbra. Que Cataluña y Barcelona vuelvan a ser faros de cultura abiertos al mundo como en los tiempos de Picasso, Casals, Dalí y Serrat y muchos más. Que Cataluña vuelva a ser la tierra abierta que tantos extranjeros sentimentales como yo amamos y admiramos y que como Serrat no imaginamos separada de España.


* Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 16 de noviembre de 2014

sábado, 1 de noviembre de 2014

RAYMOND ARON, UN SENSATO ABURRIDO



Por Eduardo García Aguilar

Con el título de Un espectador comprometido, dos jóvenes discípulos suyos publicaron en 1981 un libro de conversaciones con el filósofo, historiador, sociólogo, periodista y politólogo Raymond Aron (1905-1983), una de las figuras intelectuales más controvertidas y urticantes de Francia en la segunda parte del siglo XX, considerado durante mucho tiempo un anacrónico anti-Jean Paul-Sartre, pese a que ambos fueron jóvenes amigos y condiscípulos en la Escuela Normal Superior en los años 20. Jean Louis Missika y Dominique Wolton, entonces de 30 y 34 años de edad, se acercaron al viejo maestro y le propusieron un diálogo en torno a la compleja historia del siglo XX y sus posiciones y compromisos a lo largo del periodo marcado por el auge de Hitler, la II Guerra mundial, los años de la Guerra Fría y la prosperidad de la posguerra en el marco del atlantismo europeo en alianza con Estados Unidos.

Aron y Sartre se formaron juntos en los años 20 y todo parecía que serían amigos toda la vida, pero los acontecimientos de la historia en su país y en el mundo los separararon para siempre. Durante décadas dejaron de hablarse y Sartre odió a su amigo por elegir la democracia burguesa en vez de la Revolución marxista-leninista. Ambos, de origen judío, estudiaron en posgrados en Alemania durante los años de auge paulatino del Fürher, en una Alemania cada vez más poderosa y antisemita, dispuesta a volver a la guerra para vengarse de las viejas derrotas a manos de su enemiga ancestral Francia. Bajo la Ocupación nazi y los años posteriores, Sartre practicó la filosofía, la dramaturgia y la literatura convirtiéndose poco a poco en la mayor figura literaria del momento, mientras Aron se trasladó a Londres, donde trabajó al lado de De Gaulle y tras la Liberación regresó para dedicarse al modesto periodismo.

Tras la derrota alemana, De Gaulle entró triunfalmente a Francia y se inició un largo periodo de reconstrucción y progreso continental que separó aún más a los amigos. De las ruinas de la guerra y la repartición de Europa surgió la Guerra Fría: a un lado quedó una Europa occidental, democrática y pro-estadounidense, moderna, y al otro una Europa del Este sovietizada y marxista-leninista bajo el mando de la Unión Soviética de Stalin. Las cosas quedaron así en el statu quo simbolizado por el Muro de Berlín y nadie, ni rusos ni americanos estaban interesados en una nueva guerra.

Aron habría de convertirse en el activo ideólogo de la élite del atlantismo pro-estadounidense, mientras Sartre, como casi toda la intelectualidad progresista del momento, fue seducido por el marxismo-leninismo, convertido en esos años en una religión utópica por fuera de la cual todo intelectual que no adhiriese al sueño revolucionario era considerado un réprobo reaccionario aliado de los gringos y de la CIA. Sartre fue el intelectual máximo de las izquierdas y guía moral de la rebelión de mayo de 1968, e incluso hacia el final de sus días fue seducido como otros muchos por el delirio maoísta. Aron, al contrario, estuvo firme del lado de la democracia burguesa encarnada en la V República del general De Gaulle y con André Malraux desfiló para impedir el improbable triunfo de la revuelta, cuyo líder estudiantil Cohn-Bendit, Dany el Rojo, terminó convertido en un sensato y respetado congresista demócrata europeo que acaba de jubilarse con aplausos.

La ruptura fue total entre ambos, pero hoy, más de 30 años después de estas conversaciones de Raymond Aron con sus discípulos, las cartas han sido repartidas de nuevo y tal vez las ideas moderadas y aburridas del viejo filósofo agnóstico y liberal se revelaron mucho más sensatas que las del viejo filósofo, novelista y dramaturgo revolucionario Sartre. Aron, admirador y estudioso de El Capital de Carlos Marx, advirtió siempre contra los sueños utópicos de un mundo perfecto, dominado por la "vanguardia de la historia", o sea el proletariado, según lo planteado por el credo. El proletariado en el poder terminaría al fin con la historia y traería el paraíso en la tierra, donde todos los hombres serían felices e iguales.

Tal utopía encarnada llevó por el contrario a los horrores del totalitarismo y el "Gulag" en la Unión Soviética de Stalin, el "padre de los pueblos", denunciados en los libros de Alexandre Sojenitzin; a la oscuridad mansa en los países del Este ocupados y manejados por una nomenklatura burocrática pro-soviética; a las masacres y abusos en el reino delirante del gran timonel Mao Tse Tung, "sol rojo que ilumina nuestros corazones"; y después, a las terribles experiencias de Camboya al mando de Pol Pot y de Corea del Norte, bajo la dinastía de los Kim, cuyo último heredero es un payaso cruel que tiene de rehén a su hambreado pueblo. Y eso sin hablar de la larga hegemonía de los hermanos Castro a lo largo de más de medio siglo en Cuba, tal vez propiciada por la propia intoleracia de los ultras de la derecha estadounidense.

Nadie en este momento niega las realidades provocadas por los totalitarismos de izquierda, como tampoco por supuesto ignora los horrores cometidos por el Imperio Norteamericano y los grandes capitales multinacionales de Occidente durante sus múltiples intervenciones sangrientas por el botín en América Latina, Africa, Oriente Medio y Asia, donde se sembró el terror en las guerras de Vietnam e Irak o propiciando golpes sangrientos como el de Pinochet en Chile, a nombre de la supuesta democracia occidental.

Raymond Aron, muchas de cuyas ideas coyunturales no siempre se comparten y a veces causan urticaria, abogaba por un punto intermedio, aburrido por lo sensato: más que ir a la aventura tras utopías perfeccionistas, totales y gloriosas de derecha o izquierda, que terminan en baños de sangre, más vale tratar de vivir en un mundo imperfecto de equilibrios de poderes donde se pueda debatir en torno a la realidad concreta y ajustar las políticas gubernamentales a las coyunturas y avatares de la historia y los ciclos económicos. Saber que vivimos en un mundo defectuoso e imperfecto, siempre en riesgo por las ambiciones de la humanidad codiciosa, violenta e injusta, pero con la convicción de que el paraíso terrenal no llegará nunca como lo piensan las religiones y las ideologías.

jueves, 23 de octubre de 2014

ENCUENTROS CON MANUEL ZAPATA OLIVELLA

Por Eduardo García Aguilar
La última vez que lo vi fue en el Hotel Dann Colonial de La Candelaria. Una mañana nos encontramos en el ascensor, en el sexto piso, y descubrimos que estábamos en el mismo corredor y que nuestros cuartos estaban frente a frente. El mío tenía vista a los cerros y a Monserrate y al delicioso paisaje frío de la Bogotá nocturna. El cuarto de Manuel daba al silencio de los patios centenarios.
Había recalado ahí después de un Festival Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo, al que me había invitado Ignacio Chávez. Y al final dejé el Tequendama y me refugié en el Dann para decansar y leer en la Bogotá fría donde están sepultados mis padres, esa Bogotá a donde fui una vez de niño con ellos a un hotel cercano a la Casa del Florero y el Capitolio, el ya desaparecido Savoy.
Manuel había polemizado conmigo en Valledupar durante la clausura de un encuentro dedicado a García Márquez, organizado por La Cacica. Furioso, la había emprendido contra mí, haciéndome pagar a mí solo la supuesta soberbia racista de los académicos que ignoraban la literatura negra de Colombia. Yo pagué los platos rotos por todos los conferencistas venidos de Estados Unidos y de otras partes del mundo y como di el discurso final, me cayó la furia injusta de Manuel, como más tarde él lo reconoció al honrarme con unas disculpas inmerecidas.
Atiné a decirle que a lo mejor yo tenía sangre quimbaya o pijao, sangre árabe o judía, y que siempre he estado del lado de los mestizajes, el derrumbe de las fronteras y contra los nacionalismos y racismos. Mis argumentos eran inútiles, porque a él no le faltaba razón: Colombia es un país racista y clasista donde el color de la piel y la clase determinan muchas cosas y las famas y las glorias se definen por la pertenencia a ciertos nichos de privilegio. Salvo contadas excepciones, las clases dirigentes a nivel nacional o local no han dejado jamás a un indio o a un " negro " desempeñar un papel importante y al único " indio " que estuvo a punto de llegar al poder, el "negro" Jorge Eliécer Gaitán, lo mataron.
Recordé entonces al poeta Candelario Obeso, que no resistió en el siglo XIX esa discriminación de los capitalinos y que tuvo la equivocación de enamorarse de una blanca de familia bien; recordé a Arnoldo Palacios, el precoz autor de " Las estrellas son negras ", quien prefirió el exilio en Francia; pensé en la obra de Carlos Arturo Truque y de tantos otros que trataron de expresarse en la literatura del país desde su obvia condición marginal y murieron en el intento.
Colombia fue injusta con Manuel Zapata Olivella. Desde muy joven escribió espléndidos libros de viaje, dirigió la revista Letras Nacionales, en la que ayudó a la eclosión de nuevas generaciones, antes y después de la irrupción de Gabriel García Márquez. Como folklorista reivindicó los aportes de la negritud colombiana y siempre ondeó esa bandera. Como a la mayoría de quienes se aventuran con generosidad en los campos literarios, terminó sus días lúcido y sabio en ese refugio donde vivía rodeado de libros y de recuerdos y de decepciones.
Murió el 19 de noviembre de 2004 a los 84 años y pidió que sus cenizas fueran lanzadas al río Sinú, para que regresaran por el Atlántico al continente africano de sus ancentros. Había nacido en Lorica (Córdoba) el 17 de marzo de 1920 y dejó una vasta obra con títulos como Los pasos del indio, Hotel de vagabundos, El retorno de Caín, Tierra mojada, Pasión vagabunda, Chambacú, corral de negros y Changó, el gran putas.
Pasé entonces a su guarida y me abrió una botella de vino con su manos temblorosas y su inefable cachucha. Las décadas que nos separaban desaparecieron de inmediato. Con la bondad del nuevo amigo que me llevaba 30 años, me habló de sus días de México cerca de Diego Rivera, quien lo pintó en un mural como pago por una consulta médica y pasamos revista a la literatura del país y a sus nuevas tendencias, mientras acabábamos esa botella y reíamos en pleno centro de Bogotá, en la Candelaria. Nos unía el México entrañable donde vivimos ambos.
La primera vez que lo vi fue en 1995 en el Festival de Biarritz, donde andaba siempre con el legendario fotógrafo Leo Matiz, convertido hoy en una figura mundial del lente del siglo XX, al lado de Brassai y de Cartier Bresson. Por ahí estaban Alvaro Mutis y García Márquez, tocados ellos por la gloria en vida, mientras Zapata Olivella dejaba ver sus largas patillas encanecidas en los salones de un Palacio frente al mar y al famoso faro pintado por Picasso.
Más tarde lo volví a ver en Valledupar donde, en un almuerzo al aire libre, en una estancia en el campo caliente del Cesar, nos contó del matriarcado ejercido por las indias de la zona y tarareó canciones frente a los críticos José Miguel Oviedo, Raymond Williams y Michael Palencia-Roth.
Con él caminamos por las calles y escuchamos nuevos grupos de Vallenatos, antes de que con un grito dolido hablara de la negritud y pronunciara un discurso sobre las frustaciones de su gente en Colombia.
Su protesta estaba justificada: al final la literatura termina confiscada por los profesores y los críticos de las universidades que la desmenuzan con el helado bisturí de la indiferencia. No vale para ellos la lucha de quienes como él batallaron desde el margen y no obtuvieron la gloria ni el poder ni la prostituida fama que todo lo corrompe. La crítica se vuelve la previsible loa al éxito y los congresos literarios una ceremonia absurda de vanidades de donde siempre se excluyen los derrotados.
Tenía razón Manuel Zapata Olivella en gritar al viento contra todo y contra nada, ante la incomodidad de la Cacica, los profesores y los altos funcionarios. Por eso al convertirme por una semana en su vecino y amigo en el Hotel Dann y acompañarlo mientras caminaba con su paso lerdo de octogenario, comprendí todo lo que le debíamos en Colombia a este moderno que exploró las más profundas sabias mestizas de nuestro país y quiso dejar por escrito el testimonio de quienes llegaron esclavizados en barcos y luego aportaron la crucial alegría y la tristeza de su cánticos y la plasticidad de su danza.
                                                                                

sábado, 11 de octubre de 2014

EL PARÍS INAGOTABLE DE MODIANO

Por Eduardo García Aguilar
El nuevo Premio Nobel de Literatura para el francés Patrick Modiano (1945) es un reconocimiento de la Academia Sueca antes que todo a los escritores que pasan la vida ensimismados en sus temas sin apartarse nunca de sus objetivos y que evitan desplegarse como otros en el ágora dedicados a actividades políticas y mundanas que terminan por devorarlos y apartarlos de sus más profundas inquietudes.
Modiano inició su camino literario muy joven, siendo un tímido adolescente solitario que pasó varios años en pensionados escolares lejos de su familia y aprendió desde muy temprano a caminar solo en los característicos días otoñales de París, en esos lejanos años 1950, cuando Francia salía de la ocupación penosamente y lidiaba con el conflicto argelino en busca de una estabilidad política que al fin le llegó con el inicio de la V Republica y el patriarcado del general Charles de Gaulle.
Quienes han visto alguna vez el inolvidable filme de François Truffaut Los 400 golpes, protagonizado por el también solitario niño Jean Pierre Léaud, podrán ingresar a la París brumosa de esos tiempos, tan distinta a la museográfica del siglo XXI. Había la misma agitación en las calles, pero los edificios estaban aun cubiertos por esa pátina negra provocada por el humo y la lluvia y en general eran decrépitas construcciones que no habían sido renovadas ni limpiadas desde el siglo XIX, desde los tiempos del renovador urbanista Haussmann, ocupada como había estado Francia en todos esos años en hundirse y salir de guerras y conflictos sin fin.
El niño Léaud de Los 400 golpes es un solitario que deambula por las calles un poco abandonado a su propia suerte y desde temprano aprende a observar el mundo de los adultos desde su óptica, con una mirada precoz, decepcionada y profunda. Los adultos de esa época estaban todos heridos por las dos terribles guerras y acababan de salir de la ocupación nazi, con la que muchos de ellos colaboraron. Todos esos padres y madres fueron, según el caso, deportados, resistentes, colaboradores, traficantes, contrabandistas, mártires, desleales, traidores, y cada quien tenía sus historias secretas. Ningún adulto estaba a salvo.
Por eso los niños nacidos durante la guerra o al terminar ésta crecieron así, marcados sin saberlo por el drama nacional, por las historias silenciadas que toda esa gente quería borrar de la incómoda memoria. El nino Léaud ve a su madre besarse en la calle con un hombre a lo lejos y se vuelve un poco pillo en esos largos días en que anda suelto, carente del idílico afecto que se supone otorgan las sacrosantas familias. Toda esa generación de adultos estaba quebrada por la guerra y la ocupación, todos esos hombres y mujeres tenían adentro una herida profunda, incurable.
En los años en que Modiano escribe y empieza a publicar, a fines de los 60 y comienzos de los 70, tan revolucionarios y cambiantes, donde se percibía el auge del progreso y el crecimiento otorgados por la estabilidad política y económica, quienes conocimos en París de esa época podíamos ver en los viejos los remanentes de ese rencor terrible, la cicatriz imborrable. A un lado estaban ellos, los sobrevivientes de la guerra, con sus secretos y mentiras, sus heroicidades falsas o sus dolores verdaderos y al otro los jóvenes, rubicundos muchachos intrusos, alegres y festivos, ávidos de placer y rock, en un mundo de sombras y amarguras.
Ese es el mundo que ha querido revelar Modiano en sus novelas: es la indagación del joven tímido, algo tartamudo, en los entresijos de la generación de sus padres y sus contemporáneos. Se pregunta él quiénes fueron, qué hicieron, qué secretos guardaron, indaga sobre sus amores, mentiras y traiciones. Lo mismo ha hecho Michel Houellebecq (1958), el otro gran novelista francés actual, al cuestionar y demoler a la generación de sus odiados padres, un poco posterior a los de Modiano.
En los libros de Modiano también está presente siempre París: como Proust en En busca del tiempo perdido, Modiano recorre las calles de la ciudad centímetro a centímetro, ingresa en esos bistrots anónimos que se encuentran en esquinas, plazas y callejones y donde todo el día agotan el tiempo seres quebrados que deliran a veces y hablan también entre ellos, ebrios al calor de unos vinos, en las emblemáticas barras metálicas tan necesarias para los millones de solitarios que habitan la ciudad. Es tan aburrido todo para ellos, que pueden divertirse leyendo la guía telefónica. 
Quienes hemos vivido mucho tiempo en París desde aquellos anos en que Modiano empezó a publicar, encontramos en los libros suyos las mismas calles y lugares, cines viejos, librerías, cafés, restaurantes y bistrots y a tantos personajes, mujeres y hombres desilusionados, cruzados al azar, por quienes nos hubiera gustado tanto indagar como él hace en sus novelas.
En sus páginas captamos las atmósferas variadas de París según las diversas estaciones, percibimos la bruma, la lluvia, la esperanza de la primavera, las luces que surgen de tantos diminutos apartamentos y buhardillas, las sombras de esos habitantes secretos que vemos obligatoriamente a través de visillos y cortinas porque la ciudad es un estrecho hormiguero de gente que vive hacinada en espacios y calles estrechas y lugubres.
Uno hubiese pensado que el tema de París, el epicentro de la obra de Proust y tantos otros autores, había sido cerrado para siempre y pasado de moda. Pero no, la verdad es que con el Premio Nobel a Modiano, se ha premiado también a esta maravillosa ciudad donde ha existido una de las literaturas más extraordinarias y permanentes del planeta desde los tiempos del Villon, Sade, Nerval, Hugo, Balzac, Baudelaire, Dumas, Zola, Huysmans, Céline, Sartre y tantos otros hasta nuestros tiempos.
Gran parte de esa literatura ha surgido en las intrigas y secretos del barrio editorial de Saint Germain des Prés, donde ha reinado la gran editorial Gallimard, la misma de Proust y de todos los Premios Nobel franceses sin falta, que ya llegan a 15 y convierten a Francia en el país más premiado en la historia del galardón. En esas cuantas cuadras se define todo en la literatura francesa y a veces mundial, y Modiano, como Le Clézio, son perfectos productos de esos "cogollitos" cerrados de los que hablaba Proust, por fuera de los cuales ninguna otra literatura existe.
Modiano y Le Clézio fueron lanzados por la familia Gallimard en los años 60 como figuras jovencísimas, apuestas y promisorias de Saint Germain des Prés y desde entonces la casa editorial los ha protegido y tenido trabajando cerca siempre, como hijos mimados, en silencio, otorgándoles todas las garantías posibles y proyectando su obra a otras lenguas con una fidelidad y profesionalidad a toda prueba.
Modiano tuvo como padrinos a Raymond Queneau, Paul Morand y André Malraux, de la misma forma que Proust los tuvo en su momento después de que el incrédulo André Gide cometiera el terrible error de rechazar para Gallimard el primer tomo su obra magistral, pues a la literatura francesa se ingresa casi por cooptación, en medio de rituales y de crueles cofradías secretas que actúan en los laberintos del mismo barrio.
Como en los tiempos de la corte de Luis XIV, tan bien descritos por Saint Simon o Retz y tantos otros memorialistas, las carreras literarias francesas surgen o se hunden en ese barrio en medio de intrigas y secretos dignos del Ancien Régime. La academia francesa y Gallimard reinan en esas mismas calles de Saint Germain des Prés donde reinaban antes los salones de las duquesas y las marquesas de Proust frecuentados por Anatole France, Maurice Barrés, André Gide y Jean Cocteau. En esos mismos salones surgieron Malraux, Camus, Beauvoir o Sartre, y surgen hoy los elegidos del momento y fuera de los cuales nadie es coronado por el Goncourt o el Reanudot.
Por eso el tímido Modiano supo del premio cuando caminaba por ahí después de almorzar con su esposa en alguno de los restaurantes del barrio y caminando tal vez llegó a Gallimard a ofrecer la conferencia de prensa ante la prensa mundial, escoltado por el descendiente de los Gallimard y actual director, el poderoso Antoine, y por su séquito de editores encabezados hoy Phillippe Solers y Michel Braudeau. Modiano nunca ha salido de Saint Germain des Prés y de los barrios cercanos y por eso su obra es un puro producto parisino en la línea de Hugo, Balzac, Proust o Céline. Su Nobel es también un premio a París y sus fantasmas.  

lunes, 6 de octubre de 2014

OKTOBERFEST EN MUNICH

Por Eduardo García Aguilar
Oktoberfest en Múnich
Nadie puede imaginar que los bávaros puedan ser más locos y rumberos que los caribeños cuando se trata de agotar las incontables fiestas que celebran todo el año, la mayor de las cuales es la famosa Oktoberfest de Múnich, que termina el primer domingo de octubre, y a la que acuden millones de alemanes ataviados con las prendas típicas de la región a bailar, beber enormes jarras de cerveza, divertirse en las atracciones y juegos mecánicos, comer salchichas, albóndigas y piezas de cerdo y res que, preparadas in situ, generan una inmensa humareda de barbecue rupestre.
Antes de Oktoberfest, que se inició en 1810 con las celebraciones de la boda de Luis de Baviera y se realiza desde entonces como un verdadero ritual báquico a fines de septiembre y comienzos de octubre, se llevan a cabo otras muchas, como la fiesta del bosque, la llegada del verano y tantas otras celebraciones multitudinarias relacionadas con el futbol y el equipo local Bayern Múnich, cuando toda la gente inunda las calles para celebrar los triunfos o llorar las derrotas. También los jóvenes practican la fiesta posmoderna punk, house, rock, latino, disco, en los centenares de bares y discotecas instaladas en Kulturfabrik, complejo situado en la antigua sede de la fábrica de sopas Maggi, originarias de la región.
Por todas las calles y avenidas de la urbe muniquesa se ve a los millones de convivios paseándose en carrozas o a pie, casi todos marcados desde temprano por el efecto de las diversas cervezas, tambaleándose, brincando, resbalándose y gritando con alegría para desfogar todas las energías y liberarse del estrés del trabajo, unas semanas antes de que llegue el invierno y cubra todo con su gélida capa de nieve. Por eso se suben a las mesas ebrios a bailar a lo largo de la tarde y entrada la noche, cuando el griterío alcanza a oírse desde lejos, como si tratara de exorcizar los pasos crecientes del hielo invernal.
En el inmenso parque Theresienwiese de Múnich se instalan enormes carpas y construcciones provisionales de las diferentes marcas de cerveza que están activas durante todo el día y donde la fiesta y la libación de la cerveza supera todos los récords posibles. Un sector museográfico en vivo reproduce las fiestas antiguas y en una inmensa taberna comen, beben y bailan las danzas tradicionales. Allí en cada una de esas enormes casetas circulan millones de personas durante las dos semanas de las festividades, ataviados los hombres con su calzones bávaros de cuero café que va hasta las rodillas, medias hasta la mitad de pantorrilla, tirantes, camisas de cuadros coloridas y sombreros de fieltro con plumas o adornos.
Las mujeres, muchas de ellas rubias, altas, hermosas y simples lucen una variedad infinita de faldas, chalecos y delantales típicos de las campesinas de antaño y van con trenzas y todo tipo de adornos, a veces tan ebrias como los propios hombres, corpulentos ellos y rozagantes de tanta alimentación e ingestión del divino líquido.
El bávaro es un pueblo sencillo, de origen campesino, conservador, rubicundo, que habla el alemán con un acento peculiar, mucho más marcado en los pueblecillos que se suceden en las escarpadas montañas de Los Alpes, junto a ríos, lagos, cascadas o encrucijadas viales que se han practicado desde hace mucho tiempo, en especial por los comerciantes y traficantes desde el Imperio Romano o el Medioevo y mucho más atrás, hace seis mil años, en los tiempos del Ötzi, el hombre de Smilaun, cuando vivían los pueblos dedicados a la pesca fluvial y lacustre, tribus consideradas después como bárbaras y paganas.
Desde las altísimas montañas cercanas de los Alpes bávaros, sus valles, precipicios y bosques, han surgido las más ignotas tradiciones, los relatos infantiles, la poesía natural de los románticos, la música de las tabernas de paso, en fin de cuentas todas las expresiones culturales de un pueblo de aserradores, mineros, ferreteros, talabarteros, artesanos, campesinos, zapateros, relojeros, panaderos, carniceros, carretilleros e infinidad de otros oficios sencillos. Por los muchos cañones de ríos, quebradas y riachuelos, entre la piedra horadada por el agua del deshielo de los glaciares alpinos, los aserradores transportaban los troncos de los árboles, una de las actividades más típicas, necesarias y prósperas de aquellos viejos tiempos y cuyo eco histórico aun se escucha.
Anclados en el catolicismo más devoto, los pueblos de las montañas y los campos de Bavaria se asemejan en su religiosidad a los latinoamericanos con sus procesiones permanentes llenas de imágenes de vírgenes y cristos sangrantes, sus iglesias modestas y la imaginería de la estatuaria y la iconografía periféricas que pervive en los caminos y se dibuja en los exvotos de las carreteras y en las paredes de la casas de estilo austriaco, pues Austria y Bavaria siempre han estado unidos por lazos culturales profundos.
También en estas zonas hubo a través de los siglos importantes y violentas guerras de religión y rebeliones campesinas míticas que perviven en la poesía y la literatura a través de sus héroes. Y apenas en el siglo pasado fue en estos pagos donde se originó el Nacional-Socialismo de Adolfo Hitler, el führer que fraguó en la capital regional Múnich en los años 20 sus primeros pasos terribles hacia la llegada al poder del nazismo, al lado de su asesinos y sicarios, entre ellos otro bávaro, Himmler.
Hitler solía vestirse con esas calzonarias de cuero y el sombrero típico cuando descansaba en las montañas de la zona y en especial en la cumbre de su mansión alpina en las alturas de Berchtesgaden, uno de los pasajes alpinos más bellos de la zona. En materia paisajística el gusto del führer no puede ponerse en duda al recorrer las montañas de donde provienen los festejantes y observar las estrellas como tal vez lo hacía el temible Adolfo en las noches despejadas, cuando soñaba en el dominio del mundo de la raza superior en que creía.
Los nazis solían celebrar esas fiestas rituales en las grandes tabernas de Múnich al calor de la cerveza y la exquisita comida campesina, por lo que al visitar esos lugares sentimos cierto escalofrío. Sin duda, una buena parte de los adultos de hoy son los nietos de aquellos nazis que sembraron el terror inicial y llevaron a todo el país a la catástrofe y a uno de los genocidios más espantosos de la historia. Pero no puede imputársele a sus descendientes los horrores de sus ancestros, pues todos los países y pueblos del mundo han conocido los más grandes horrores y las más sangrientas guerras de exterminio, a las que han sucedido largas y prósperas épocas de paz.
Por eso, al festejar con esta gente alegre en la noche, al escuchar la música típica de los grupos entre la gritería total, al degustar el cerdo, las albóndigas, los peces ahumados, las salchichas y esgrimir las gigantes jarras de cerveza repletas y espumosas, celebramos que hoy todo esto se lleve a cabo en paz en una Bavaria cubierta de nubes, estrellas y sol, la Bavaria rodeada por los Alpes y sus paisajes de sueño loados por los más grandes poetas de la lengua germana como Goethe, Hölderlin, Novalis, Von Kleist y tantos otros que libaron y amaron sin fatiga.
* Publicado en Expresiones. Excélsior. 5 de octubre de 2014

domingo, 5 de octubre de 2014

SARTRE CONTRA LOS PAVOSRREALES LITERARIOS

Por Eduardo García Aguilar
Hace 50 años Jean Paul Sartre rechazó por estas fechas el Premio Nobel de Literatura que le fue otorgado por la Academia sueca, aduciendo que no lo hacía en contra del galardón ni la institución que lo daba, sino porque consideraba que su deber era continuar ejerciendo como un escritor libre de compromisos y honores y que aceptarlo lo limitaría en ese objetivo.

El autor de esa bella pieza autobiográfica Las palabras y de tantos otros libros en géneros como novela, ensayo, panfleto, crítica y filosofía, que marcaron su época, siguió siendo libre hasta el final de sus días, tomando a veces posiciones y compromisos equivocados en el campo de la ultraizquierda en boga en aquellos tiempos, pero sin renunciar al deseo de ser un marginal, de estar en la periferia con los periféricos, de ir contra la corriente.

Al rechazar el mayor honor que puede recibir un escritor en un acto valiente que muchos todavía no entienden, al negarse a recibir la enorme suma del premio y a acudir a Estocolmo a cosechar aplausos y venias en una especie de canonización infinita, Sartre dio un gran ejemplo a todos los escritores del mundo, que por lo regular son tan vanidosos y engreídos y ávidos de incienso.

A lo largo de la era humanista que inició su auge cuando Gutenberg inventó la imprenta, el escritor ha ejercido como un sacerdote laico y poco a poco fue tomando el lugar que en la Iglesia desempeñan obispos, cardenales y papas. Debido a que en siglos pasados los letrados eran desde el punto demográfico solo una infinitesimal cifra de la humanidad, éstos adquirieron un papel de guías, sabios, y como sacerdotes y profetas tomaron la actitud altiva y orgullosa de los que saben más y se creen guías de naciones o de juventudes.

Los gobiernos, los príncipes, las instituciones, las academias, los cooptaron desde entonces llevando a muchos de ellos a convertirse en una clerecía que medra entre los poderosos y a medida que sube y escala desdeña a los congéneres que por temperamento o nobleza rechazan cubrirse de las togas cardenalicias de la fama, el poder y la gloria, que en fin de cuentas son tan efímeros como la vida misma.

Tuve la fortuna de ver a Sartre en 1979, cuando era un anciano enfermo y babeante y además relativamente pobre, que compartía su vida con esa gran mujer Simone de Beauvoir. Por esas fechas el viejo filósofo era amigo de los jóvenes más radicales del maoísmo local y lejos de las academias y los palacios del poder vestía mal, con la misma chaqueta color beige, y caminaba cegatón por los lugares donde transcurrió su vida estudiantil y académica en la París amada del barrio latino.

Al rechazar el Nobel de Literatura, Sartre quiso conservar esa libertad de equivocarse hasta el final y terminar en el margen. Ahora que se celebran exactamente 50 años de ese gesto incomprendido, nos damos cuenta que el viejo filósofo tenía razón.

Lo que deseaba era bajar al clérigo literario de sus estatuas y púlpitos, de sus curules académicas, de sus medallas y grados, alejarlo del aplauso y la veneración fetichista, o sea hacer del escritor un ser humano más, tan humilde como el zapatero, panadero, talabartero o artesano que pasa sus días trabajando entre el bullicio feliz de las calles y los barrios populares.

O sea volver a acercar al escritor, al poeta, el filósofo, el ensayista al loco Diógenes, quien vivía en un barril y andaba más pobre que nadie en las plazas hablando y convenciendo con su palabra; acercarlo a Sócrates, quien llegaba ebrio a las fiestas a hablar con sus discípulos y admiradores de todos los temas posibles y que un día tuvo que beber la cicuta.

En esta era hedonista de las redes sociales, donde todos nos damos en espectáculo, y en que proliferan los escritores como nunca, pareciera que los autores tienen como finalidad principal el reconocimiento, generar la atención de los otros, en lo que bien podría denominarse un déficit patológico de atención. Los escritores están desesperados por acumular premios, dinero, homenajes, medallas y son felices cuando se pavonean ante los demás creyéndose uncidos por una lengua de fuego que los distingue de los despreciables ágrafos, los que viven la vida, los que piensan y no se exhiben, los que caminan anónimos por su cuadra y agotan las tardes jugando dominó en la taberna de la esquina.

Ahora que se hacen otra vez las cábalas para saber quien será el nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura y que decenas de autores arribistas pelean entre ellos en la escalinata de los honores, defenestrándose unos a otros, ninguneándose o insultándose, calumniándose, odiándose o golpeándose, haciendo listas y absurdas clasificaciones jerárquicas o generacionales, el ejemplo del viejo babeante Sartre, el que tuvo la osadía de decir no al Nobel, brilla con toda su luz como un eco contemporáneo del hálito milenario de Sócrates y Diógenes y tantos otros sabios de la calle.