lunes, 19 de diciembre de 2011

MÚSICA CON VACA SACRA EN BASTILLA

Por Eduardo García Aguilar

Desde adentro del bar de Tony, sale la música flamenca experimental del grupo Vaca Sacra. Como siempre Bastilla arde todas las noches. Acuden ahí desde hace un siglo estudiantes y jóvenes fiesteros que se dan cita frente al monumento coronado por un ángel alado. En la amplia plaza donde circulan sin cesar los vehículos se encontraba hace más de 200 años la prisión de la Bastilla y estuvieron ahí recluidos todos los presos ilustres, como el Marqués de Sade e incluso Voltaire.
     La toma de la cárcel fue el acontecimiento histórico, la chispa, que desencadenó la revolución que tumbó el Antiguo Régimen aristocrático y creó la República tras un proceso sangriento en que la guillotina funcionó todos los días para cortar cabezas de rebeldes, líderes en desgracia, diputados, ideólogos equivocados, traidores, soplones, nobles, poetas, soldados, tenderos, prostitutas, curas, ladrones y terminó por decapitar al rey bonachón Luis XVI y a su esposa Maria Antonieta en una fecha memorable que todavía duele y nadie olvida. Pero ahora Bastille es sitio estatégico de la fiesta.
     De la histórica rotonda salen calles ilustres como el Faubourg Saint-Antoine, que era un suburbio popular famoso por las barricadas de la Comuna de París, y hoy es lugar de comercios de marca y grandes bares como el Barrio Latino. Hacia otro lado surge la rue de la Roquette, antigua callejuela estrecha y torcida llena de tiendas y cafés que siempre es un hormiguero de gente. Librerías, galerías, tiendas de todo tipo alternan con los bares de la calle de Lappe, que desde los años 20 de siglo pasado alberga el bailadero de tango Balajó y decenas de pequeños antros de fiesta y comida de todos los orígenes. Mas allá sale el Bulevard Beaumarchais, de edificaciones decimonónicas hermosas que aún perviven y donde alguna vez vivió el novelista Flaubert.
     Hacia otro lado sale hacia el río un canal, que es a la vez puerto citadino y arteria donde se estancionan los barquitos que salen luego a recorrer el Sena hasta su desembocadura. Y más allá está una arteria que va por la calle Rivoli hacia el centro de París. O sea que Bastille es uno de los corazones palpitantes de la ciudad, donde está la moderna Opera, que es el lugar donde la gente se sa cita para planear sus rumbas.
     He llegado por la noche a este bar de la esquina de la calle de la Roquette y el Faubourg Saint Antoine, cuyo patrón Tony es un simpático personaje que anima y bromea con los clientes imponiéndole al sitio un aire irreverente que recuerda los tiempos de la revolución de Mayo del 68 y los agites filosóficos y políticos de los años 70 y 80. Ahora ahí tocan Pierre y Frank, que acaban de crear el grupo Vaca Sacra y experimentan con la música flamenca española interpretando el primero la guitarra y el segundo el saxofón tenor y la flauta.
     Como siempre ha ocurrido en la ciudad desde los tiempos de la bohemia de Murguer, Baudelaire, Verlaine y Picasso, en los bares se han creado las más extraordinarias carreras de la música popular francesa. Edith Piaf cantó primero por unas monedas como lo hizo su joven amante Charles Aznavour, que todavía da conciertos en el Olympia al borde de los 90 años y es una institución nacional, tan importante como la Torre Eiffel o la propia Bastilla. En los bares comenzó también Georges Brassens, que fue pobrísimo hasta los 40 años y de repente se convirtió en una leyenda, mito sabio, asombrado que pasar de paria a estrella.
     La música como la poesía son artes que se practican por vocación. Son expersiones de lo más profundo del ser y exigen generosidad. Frank el saxofonista, cuando juega con las notas y entra al quite de Pierre el guitarrista flamenco, se agita y se mueve poseído al buscar las notas que saca mientras los parroquianos degustan la alegría de esa música andaluza. A veces con las manos extrae el sonido de las palmas. De repente Pierre cierra los ojos y se introduce a su vez por los meandros de una melodía gitana que eleva a los pocos clientes que acuden al bar esta noche de frío y lluvia, en plena navidad. Es la segunda vez que tocan aquí y los he encontrado por sorpresa.
     No ganaron mucho esta noche, pero han tocado en esta esquina desde donde se ve el monumento de la Bastilla y el cruce de miles de muchachas hermosas cuyo perfume ingresa con el viento de las nuevas tormentas. Algunos clientes les dieron unas cuantas monedas, pero ellos han recibido los aplausos, que es lo más importante. Así se crean los grupos y las aventuras musicales.
     Ocurre lo mismo en centenares de cafés citadinos, donde la música acompaña las noches de los solitarios o los enamorados. Vaca Sacra ha terminado su presentación y la medianoche llega con más llovizna. Tal vez se conviertan en grupo o no, acompañados con un percusionista. Pero por un instante han sido excelentes y con su entrega han dado vida al flamenco y al bar de Tony, y se han iluminado ellos mismos como lo hacen poetas, músicos, pintores, bailarinas y mimos como Pierrot, cuyo epitafio fue: « Aquí yace el que lo dijo todo sin hablar nunca ».







lunes, 5 de diciembre de 2011

EL RETORNO DE CASANOVA

Por Eduardo García Aguilar
Recorrió toda Europa a lo largo del siglo XVIII cometiendo las más variadas picardías, seduciendo, estafando, engañando, jugando a las cartas, inventando loterías, disfrazándose de diplomático, creando fábricas de textiles o vasijas de vidrio.
Todo lo vio en su natal Venecia, de donde se escapó de la cárcel y aun más en Roma, Madrid, Constantinopla, París, Londres, Dresde, San Petersburgo, Varsovia y Praga y en las poblaciones y castillos intermedios. Era hijo de una actriz de bajo rango que deambulaba entre arlequines y bufones y con sus ojos abiertos el díscolo niño observó la poco recomendable vida de los artistas en la agitada Venecia, llena de forasteros, comerciantes, estafadores y mujeres de vida alegre.
Era el gran Giacomo Casanova (1725-1798), cuya leyenda recorrió tres siglos como emblema del seductor, libertino y pícaro, pero que sólo ahora adquiere con toda solidez su carácter de clásico de las letras, recibido con todos sus ajuares en la Biblioteca Nacional de Francia, que le dedica una vasta exposición alrededor del manuscrito original de sus inolvidables Memorias.
Casanova vivió la vida a toda velocidad con la lucidez de un lector de la época de las Luces, contemporáneo de Voltaire y los Enciclopedistas. Allto, delgado y hercúleo, plebeyo, con el rostro y el tono mediterráneo de los marginales venidos del Sur, Casanova penetró en las cortes y los salones de París, donde sedujo con su palabra y la inventividad incesante.
Bajo el reino de Luis XV se hizo pasar por aristócrata y disfrazó sus origenes con apelllidos y títulos falsos para poder estar allí a la hora de la danza, las fiestas de máscaras y las grandes comilonas rociadas de vino y champán al infinito, cuyas risas y gemidos se escuchaban kilómetros a la redonda.
Grandes damas aprendieron de sus aventuras y ocurrencias y con ellas asumió el papel de alquimista o rosacruz o vidente para darles gusto, aburridas como estaban mientras sus esposos los generales o los coroneles recorrían los campos de batalla o vegetaban en lejanas misiones diplomáticas.
Todo lo miraba en tercera dimensión, todo lo veía, todo lo seducía. Vio como descuartizaban con caballos al joven que intentó matar al rey Luis XV, en una esquina vio elevar inmensos globos, más allá presenció la entrega de cartas credenciales en ámbitos cardenalicios, en los secretos recodos de los monasterios ayudó a monjas a escaparse de sus madres superioras y a las ex amantes les consiguió buenos esposos y les adquirió dotes imaginarias.
Era el siglo XVIII encarnado con todas sus luces de inteligencia, ciencia, viaje, esplendor arquitectónico, elegancia, perfumería, danza, comedia y delirio. Participó en ceremonias de francmasonería y en los gabinetes mágicos de Cagliostro y el Conde Saint Germain. Solía transmutarse o viajar a través del tiempo, reproducir oro en alambiques o billetes con un prestidigitador movimiento de manos. Pero cuando ya no podía más de tantas mentiras y era perseguido por acreedores o engañados, escapaba hacia otra ciudad y otra corte donde repetía las proezas de timar amando, seducir queriendo y divertir huyendo.
En su retiro de Ferney el gran Voltaire reconoció que el payaso era un portento de inteligencia y de gracia y lo dejó dicho por escrito. Sus amadas le escribieron cartas encendidas desde todos los puntos cardinales, añorando al cómplice incluso cuando subían al altar con un viejo noble desdentado o un heredero disminuido.
Y en cada puerto o capital nuevos notables le otorgaban cartas de presentación para que fuese recibido en otros lugares sin fin, en una incesante fuga en carrozas y diligencias haladas por caballos o en naves fluviales y marítimas.
Pero ya viejo y pobre, triste de no suscitar emociones entre las mujeres, el cascarrabias consigue una beca para cuidar la Biblioteca en el castillo de Dux, en Bohemia, apoyado por un conde, y deambula ahí desesperado por salones y corredores, solitario en invierno, craneando planes imposible.
Escribió primero una novela de ciencia ficción que fue un horrible fracaso de ventas y derrotado, reumático, aquejado de tos y achaques múltiples, emprende a los 60 años la escritura de sus Memorias, las mismas que le darán finalmente la gloria. Y día a día, en francés, con una minuciosa e impecable escritura, llena páginas donde evoca una vida de emociones y sorpresas sin saber que se izaría a los niveles de los grandes memorialistas de la historia, Saint Simon, Rousseau, Chateaubriand y que en el siglo XXI se convertiría en la metáfora de Europa, el continente que busca unirse en medio de conflictos y tropiezos .
En 1798 muere Casanova y el manuscrito es vendido por los herederos a un editor que lo manda traducir al alemán en una versión expurgada y lo guarda en varias cajas cubiertas de tela negra. Se salva de la destruccion en 1945 durante los bombardeos de la guerra mundial, hasta que el orignal fue redescubierto y reeditado en 1960 por Brockhaus-Plon.
Un mecenas adquirió en 2010 el manuscrito de 3700 páginas guardado celosamente en una caja bancaria en Suiza y ahora es desplegado en varias salas, en una espléndida exposición de época que reproduce recodos de ciudades y todo tipo de elementos evocadores de ese tiempo. Trajes, pelucas, maletas, manuscritos, armas, paisajes, mapas, retratos, fragmentos de películas inspiradas en su vida, melodías, representaciones teatrales, rinden finalmente homenaje tardío a quien durante siglos fue sólo un pillo de opereta.
Y de repente surge otro Casanova, ya no el unívoco y omnipresente seductor de hembras sino el ilustrado que modernizó la lengua francesa y resumió en una obra genial el Siglo de las Luces, que todavía nos ilumina con sus revoluciones, circunvoluciones y explosiones.

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* Publicado en Excélsior el 4 de diciembre de 2011, en sección Expresiones. México D.F.

sábado, 3 de diciembre de 2011

ELOGIO DE LA LIBRERÍA MADERO

Por Eduardo García Aguilar
En una época en que una tras otra desaparecen de las capitales del mundo las buenas librerías de viejo para ser reemplazadas por comercios de ropa o comida rápida, la Librería Madero sigue ahí llevando la antorcha de ser emblema mundial de la bibliofilia desde hace 60 años en la capital mexicana.
En un centro milenario cargado de historia, saber y sangre, donde todavía se escuchan los ecos imaginarios de viejas batallas y los pasos de sabios clérigos o sanguinarios guerreros, la Librería Madero fue fundada por el refugiado español Tomás Espresate en 1951 y luego retomada por Ana María Cama, antes de pasar al cuidado de Enrique Fuentes Castilla, viajero que la ha mantenido a flote en los tiempos más difíciles que haya vivido la era de los libros impresos iniciada por Gutemberg.
Tuve la oportunidad de entrar por primera vez a esa librería y frecuentarla en tiempos de Ana María Cama y sus socias, de mano del poeta y bibliópata Francisco Cervantes, quien vivía a unos pasos de allí, en el Hotel Cosmos, y solía pasar varias veces a la semana a hacerles conversación al calor de unos vinos a esas damas catalanas modernas e ilustradas que eran sus amigas y lo toleraban y se divertían con sus interminables ocurrencias y picardías de lisboeta-queretano.
Desde entonces, en la década de los 80, la Librería Madero se convirtió para mi en un sitio familiar y simbólico y cuando ingresé a la Agencia France Presse, situada al frente, en el piso 28 de la Torre Latinoamericana, solía cruzar la calle y pasar casí todos los días en los momentos de reposo, lejos del ajetreo noticioso, para iniciar desde ahí el lento recorrido de las librerías de viejo de la calle Donceles y otras esparcidas entonces en el centro histórico, en busca de libros inesperados y felices.
Enrique Fuentes Castilla salvó la librería en otra de esas crisis cíclicas que la han afectado cuando la codicia de los comerciantes ataca en busca de sus muros y le ha dado en estas dos décadas una existencia coherente, sólida y con brújula, al concentrarla en el tema histórico y literario mexicano, abierta al pasado y al presente.
Poco a poco sus estanterías fueron adquiriendo una nueva pátina similar a la de otra librería extraordinaria que recuerdo, la de Lello & Irmao, situada en la calle de las Carmelitas de Oporto, que es un templo inolvidable para el bibliómano, construido en 1906, y hoy monumento europeo reconocido, o de esas librerías que todavía por fortuna existen en el centro de París o en los viejos Pasajes decimonónicos estudiados por Walter Benjamin, como la cueva de libros situada en la calle Tournon, al lado del café donde murió ebrio el gran novelista Joseph Roth, el autor de La marcha de Radezky y las Memorias del Santo Bebedor.
Esa nueva índole cargada de historia y rigor se la infundió Enrique Fuentes Castilla con su pasión y seriedad, ya que sabe pasar de la concentración alerta en torno a los nuevos libros que aparecen por allí o los clientes que de México y el mundo entero acuden en busca de un incunable, a la alegría afectuosa de la tertulia, donde sabe con emoción entregar los secretos de una larga vida pasada en las aulas, el mar, el viaje y la excursión por las montañas de la memoria.
No es raro ver pasar por ahí a Adolfo Castañón y Vicente Quirarte, dos de los más grandes humanistas y polígrafos contemporáneos de México, herederos ambos de Don Alfonso Reyes y del librereo y poeta José Juan Tablada, escritores y lectores que lejos de la velocidad codiciosa de las letras comerciales de este tiempo, están anclados en el viejo saber de los monasterios y los colegios medievales donde se tradujeron los clásicos.
Ambos son la vanguardia que toma con valentía la antorcha del saber literario y la bibliofilia en México y tras ellos llegan los mexicanólogos y mexicanófilos de Dresde o Hamburgo, Trieste, Londres, París, Chicago o Nueva York, que viajan directo a la Librería Madero a rastrear con el guía del templo un nuevo detalle de la terrible y fascinante historia de este país de imperios prehispánicos, virreinatos y Repúblicas cojas, encrucijada de migraciones y tendencias, tensiones y diásporas de sabios judíos, españoles, sudamericanos y otros que como Trotsky, Tamara de Lempicka, Antonin Artaud, Luis Cernuda o Bruno Traven, han encontrado siempre refugio en las tierras hospitalarias del valle del Anáhuac.
Dentro de esos muros y esas maderas se escucha la voz del poeta León Felipe, cuya silla dicen anda todavía por ahí, y sin duda la de todos los trasterrados españoles y el grito de Pablo Neruda o Gonzalo Rojas, cuando no la palabra de Alvaro Mutis, o la sonrisa del humanista peruano Edgar Montiel acompañado por el editor José Mejía Baca y otros fieles que han hecho la romería sin fin.
La última vez que pisé la Librería Madero adquirí la edición original de Los días y las noches de París de José Juan Tablada, editada por la viuda de Ch.Bouret en 1918, donde cuenta las aventuras de los trasterrados mexicanos de la capital francesa, y cada vez que lo abro y lo huelo y lo toco y sus hojas se deshacen en mis manos me acuerdo de ese sitio esencial para México, que debe ser declarado monumento nacional.
Cuando van amigos a México yo les pido que vayan ritualmente a visitar la librería. La semana pasada la joven poeta Maria del Rosario Laverde cumplió y tuvo la felicidad de comprobar que don Enrique Fuentes es un librero « maravilloso ». De ahí salió con un libro raro sobre el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, quien vivió y murió no lejos del lugar y cuyo fantasma sin duda suele flotar en los aires de ese refugio.

* Publicado en el diario Excélsior de México. Martes 29 de noviembre de 2011. Sección Expresiones.

sábado, 26 de noviembre de 2011

FERNANDO VALLEJO, EL ULTIMO NADAÍSTA


Por Eduardo García Aguilar

Cuando vi por primera vez a Fernando Vallejo, éste era un señor cegatón y muy feo que acababa de terminar la biografía de Porfirio Barba Jacob, cuyo centenario de nacimiento se celebraba en 1983. El cónsul de Colombia en México nos invitó a su casa de Coyoacán para hablar de los respectivos proyectos, siendo el mío en ese entonces la minuciosa recopilación de la obra periodística del poeta, publicada finalmente en el Fondo de Cultura Económica con el título de Escritos mexicanos.

Vallejo vivía como siempre en la calle Amsterdam con su enorme perra Bruja, un piano, muchos cuadros y esculturas, muebles antiguos y el caballeroso escenógrafo mexicano David Antón, con quien ha compartido su vida a lo largo de cuatro décadas.

Ya había terminado también el titanesco libro Logoi, elaborado para aprender a escribir y emprendía en el total anonimato la escritura de su saga novelística de carácter autobiográfico. Como nadie lo situaba ni en México ni en Colombia entre los escritores de futuro, tuvo que publicar la biografía de su paisano poeta y sus dos primeras novelas con plata de su propio bolsillo, aplicándose él mismo a buscar las ilustraciones para la portada, elaborar el diseño y corregir las pruebas.

Con mucha frecuencia Fernando nos invitaba a su casa a largos almuerzos de donde todos salíamos muy ebrios de tanto vino y cognac. Eran reuniones alegres donde se hablaba de todo sin pretensiones de ninguna clase, porque quien recibe hoy el premio Internacional de la Feria Internacional de Guadalajara es y ha sido siempre alguien desprendido de todas las vanidades literarias del mundo.

Suelen los escritores y los artistas en general luchar a lo largo de su vidas por obtener honores y escalar posiciones en la clasificación boxística de la literatura e hincharse de vanidad como pavos reales cuando obtienen premios o reconocimientos, pero en el caso de Vallejo eso no es posible porque sabe que vamos al hoyo y al olvido.

Como los viejos sabios cascarrabias de la historia, Vallejo ha vivido con resignación el hecho de existir en el mundo y dejado transcurrir el tiempo veloz que tarde o temprano cesará de ser su vehículo viajero. Descree profundamente de los seres humanos, pero es buen amigo y noble y servicial si es el caso como lo pueden ser los sencillos campesinos de su estirpe antioqueña.

Vallejo emprendió en México primero la factura de varias obras cinematográficas y luego la escritura de sus memorias para tratar de exorcizar el horror de haber nacido en Colombia, país tan injusto y terrible que le parece una version aún más atroz de los círculos infernales de Dante, donde siglos de guerra y sangre y abuso generalizado han dejado huellas indelebles de dolor, frustración y amargura en la gran mayoría de su hijos.

Pero su diatriba va más allá y se vuelve universal al cruzar las fronteras de su patria y emprender el juicio verbal no sólo contra la tierra natal sino contra la familia misma, estructura monstruosa donde según él se originan todos los odios y pulsiones criminales, y contra la Iglesia y la religión, que cimentan los horrores que hierven en sancrosantos hogares y patrias.

Fernando Vallejo, tal vez sin quererlo ni saberlo, es uno de los principales representantes del movimiento nadaísta colombiano, apadrinado por su mentor y precursor Fernando González y fundado desde Antioquia por el profeta Gonzalo Arango y sus jóvenes discípulos surgidos en las barriadas de las ciudades colombianas a finales de la década del 50, cuando aún humeaba la sangre fresca y caliente de la Violencia.

Todo en Vallejo es puro Nadaísmo. Nadaísmo en el vestir, hablar, perorar, gritar, rebelarse contra todo y contra nadie y en el amar sin límites a los animales, para él seres más confiables y nobles que los hombres y a quienes ha destinado las ganancias de sus premios y regalías editoriales. Nadaísta en su desprendimiento y nadaísta en su descreimiento, porque como decía su también paisano León de Greiff « todo no vale nada si el resto vale menos ».

Y aunque Vallejo haya destinado miles de páginas a atacarla y denunciarla con ferocidad, la Iglesia católica permea su obra y su ser como esencia de la que nunca podrá liberarse. La ideología profunda subyacente en su escritura es el anarquismo católico que en otros tiempos practicaron autores tan polémicos como D’Annunzio y Georges Bernanos e incluso José María Vargas Villa, que en el fondo fue sólo un cura laico traumatizado por la misma religión anclada en las montañas aisladas de Colombia.

Cuando los nadaístas pisaban hostias y escandalizaban frente a las iglesias, arrastrando tras ellos a jóvenes que se rebelaban contra la familia, la religión y la patria, actuaban como seminaristas rebeldes desde el fondo de la cultura antioqueña que ha moldeado parte de los imaginarios colombianos, excepto tal vez en las costas Atlántica y Pacífica donde por fortuna reinaron el animismo y los ritmos africanos.

Tuve la alegría de conocer los primeros manuscritos de sus obras, cuando Fernando no figuraba en ninguno de los catálogos de la literatura colombiana contemporánea y mucho menos en las listas de los nadaístas. Y poco a poco, a medida que fueron publicados, sus libros sedujeron a los colombianos, como antes sedujeron los poemas nadaístas y las novelas de Gustavo Alvarez Gardeazábal, porque son gritos generales contra la cultura blanca, católica, hispana, neurótica, señorial y autista de las montañas colombianas. Con Vallejo el nadaísmo gana y por eso puede ya bajar tranquilo al sepulcro.

sábado, 19 de noviembre de 2011

DANIEL SADA: LA VIDA PARA PULIR UN VERSO


Por Eduardo García Aguilar

El mexicano Daniel Sada (1953-2011) vivió por y para literatura contra la corriente, haciendo un esfuerzo descomunal para que la historia contada y la forma llegaran a plasmarse en un todo ambicioso. Lo conocí cuando teníamos 27 años y publicábamos los primeros libros en la Ciudad de México, en ese tiempo feliz para la literatura, cuando no había sido devorada por el comercio y estaban aún vivos Octavio Paz, Juan Rulfo, Salvador Elizondo, Augusto Monterroso, Francisco Cervantes y toda una pléyade de autores mexicanos inmersos en el crepúsculo de un humanismo preciosita donde se « sacrificaba un mundo para pulir un verso », como dijo el poeta colombiano Guillermo Valencia.

Nuestra primera charla sobre el decadentista Joris Karl Huysmans, que él adoraba, fue en el Palacio de Bellas Artes, presentados por Guillermo Samperio. Lo veo recostado en una de las columnas de mármol, a la entrada del inmenso templo laico construido por los padres fundadores de la patria revolucionaria y humanista mexicana, encabezada por el gran José Vasconcelos, autor del imprescindible Ulises criollo. Es la primera imagen que tengo de él.

O sea que fue allí, entre mármoles untados de modernismo, entre los fantasmas de Amado Nervo y José Juan Tablada, donde se inició ese diálogo de jóvenes devorados por la literatura, que poca atención hacían a la realidad. México se hundía, lastrado por la corrupción del régimen y pronto se quebraría del todo en el crepúsculo de un Quetzalcóatl megalómano, pero nosotros sólo sabíamos de los incunables hallados en las librerías de viejo de la calle Donceles o de Las Diabólicas del dandy Jules Barbey d’Aurevilly.

Sada venía del norte y solía escribir sobre los ámbitos vividos en la infancia y la adolescencia, llenos de artistas de circo y gitanos de paso en pueblos y ciudades polvorientas esparcidas en territorios unidos por largas vías férreas o carreteras sin fin entre cactus. Usaba el lenguaje coloquial de la gente del norte, con sus modismos y acentos peculiares y osaba escribir novelas en octosílabos, endecasílabos y alejandrinos perfectos que revisaba uno a uno a lo largo de páginas y volúmenes sin fin.

Vestía sencillo, con ropas amplias de colores no muy vistosos y una cachucha de béisbol. Tenía la amenidad y la generosidad que fluía por las redondeces de una corporalidad similar a la de su admirado maestro Alfonso Reyes, que como él vivió rodeado de libros y buscó en ellos la frase sorpresiva, la idea escondida entre el polvo y los siglos. Barroco hasta el extremo, Sada llevaba dentro de sí un Góngora personal que garantizaba el funcionamiento de su relojería, aunado a un Gracián de cabecera, que daba consistencia ontológica al transcurso de sus personajes.

Hablaba rápido y reía con frecuencia. Su rostro, en la alegría, adquiría el tono de los budas risueños provenientes del Oriente que adornan como amuletos los restaurantes chinos y traen suerte y abundancia. Amaba el vino, la comida, el béisbol, los amigos, y se le veía feliz poseído siempre por las historias y proyectos que fraguaba. Le gustaba en la tierra caliente usar gafas oscuras y en los encuentros de escritores en los que coincidimos, desde el homenaje a José Agustín por sus cuarenta años en Cuautla, hasta los de Puebla y Huatulco, solíamos hablar también del inescrutable tema del amor, que por fortuna lo rodeó hasta al final, al lado de su esposa y sus dos hijas.

Cuando lo conocí, vivía por las torres de Satélite con sus padres y había leído todos los libros. Se había iniciado con Lampa Vida (Premiá. 1980) y soñaba con escribir, como lo hizo, enormes obras narrativas de orfebrería única donde vivieran a sus anchas sus personajes cómicos y picarescos de provincia. Albedrío (1989), Una de dos (1994), Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), Juguete de nadie y otras historias (1985), entre otras obras, representan un vasto y sólido balance.

Cargaba siempre sus manuscritos y leía por teléfono a sus amigos las historias que acababan de surgir de su pluma. Vivía por y para la literatura. Todo en él se reducía a buscar historias y encontrar el tono y las palabras para contarlas. Su obra estaba al servicio de sus ambiciones, por lo que nunca cedió a la narrativa fácil y exigió que el lector lo siguiera por sus difíciles laberintos.

Hacía parte de ese amplio espectro de provincianos que desde todos los puntos cardinales llegaban a la capital, como Juan Rulfo o Carlos Montemayor, a nutrir de palabras el árbol fértil de la literatura mexicana. Pero en su caso, venía del norte, que siempre dio a la literatura mexicana voces y ámbitos peculiares para alimentar el crisol multifacético que hierve en el Distrito Federal.

Daniel Dada fue un Quijote de la novela. Dio su vida al acto de escribir movido por una pulsión incontenible. Y en sus archivos reposará sin duda una obra secreta de poesía, que fue el jardín secreto, básico, que cimentaba sus proezas narrativas.

Acaba de morir este viernes 18 de noviembre y, al recordarlo, sabemos que es un ejemplo heroico para todos los que escogimos el camino de la literatura en un mundo cada vez más hostil para los creadores, porque nunca se apartó del camino contra viento y marea, siempre estuvo ahí al frente en el a veces árido campo de las letras, en la soledad del oficio y de la vida, entre sus diccionarios y su biblioteca nutrida de clásicos de todos los tiempos.

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domingo, 13 de noviembre de 2011

EUROPA, FIESTA, CRISIS, NOCHE



Por Eduardo García Aguilar

Mientras en las pantallas de televisión se ve al primer ministro griego Georges Papandreou en medio de la crisis financiera y política mundial que amenaza al viejo continente como si fuera un país del Tercer Mundo, la fiesta continúa en las calles céntricas de Bruselas, capital de la Unión Europea y sede de las principales instituciones de esa zona.
En la Gran Plaza jóvenes y adolescentes liban y cantan sentados en círculo y poco a poco llegan ebrios de todos los pelambres a celebrar y tomar cerveza Leff o Grinberguen, mientras a lo lejos se escucha la incesante voz de la diva pelirroja Axelle Reed o la del inconfundible cantante nacional Adamo. No lejos de ahí centenares de gays inundan una calle y hacen la fiesta con sus banderas multicolores.
A una hora por avión de la capital belga, a la misma hora, en la famosa Cannes, los presidentes de los países más poderosos del planeta reunidos en la Cumbre del G-20 siguen estremecidos por la posibilidad, ya conjurada, de que se convoque al pueblo griego a un referéndum para decidir si continúa o no en la Unión Europea.
En la esquina de la plaza, en los bajos de una vieja casa antigua del siglo XVIII de estilo flamenco, en un amplio viejo antro, una joven familia popular latinoamericana anima una discoteca donde suenan bajo la penumbra rota por haces lumínicos el reggaeton y la bachata que bailan expertas muchachas provenientes de las barriadas del Caribe, Colombia o Perú.
Sin duda miles de peruanos, bolivianos, ecuatorianos y colombianos, desempleados después de la quiebra de España y el fin del sueño laboral de la Madre Patria han emigrado a esta capital en busca de trabajo y pululan por todas partes. El reggaeton, la bachata y otras músicas de ese tipo proliferan poco a poco en estas callejuelas y los bares están llenos de emigrantes populares. Los diplomáticos y la juventud burocrática dorada europea hace la fiesta en otros sitios de más glamour.
El español Zapatero, el portugués Sócrates, los líderes irlandés e islandés, ahora Papandreu y después Berlusconi han caído unos tras otros precipitados por la crisis de la deuda y la incertidumbre. Las fronteras se difuminan, los Estados desaparecen y las fuerzas oscuras de las finanzas instalan poco a poco el gobierno de magnates, grandes grupos y corredores de bolsa. Ni el francés Sarkozy ni la alemana Merkel están a salvo de caer al precipicio, chupados por el hueco negro del desastre.
Papandreou, tercero de una dinastía política social-demócrata, trata de salvar los últimos muebles, antes de ceder el poder y en espera de la llegada de los representantes de los acreedores internacionales con las órdenes de incautación de los enseres domésticos. Se llevarán hasta las vajillas y la licuadora.
El cómico presidente francés Sarkozy, que considera ridículamente a Papandreou su prefecto en una provincia lejana, salta como Luis de Funés en El Gendarme de Saint Tropez ante la sorpresiva idea de que el pueblo griego pueda decidir democráticamente su destino. Papandreou lo mira desde lo alto de su dinastía ateniense como se observa a un gañán impertinente que se cree más importante de lo que es y ni siquiera sabe quien fue Pericles.
En Bruselas uno trata de palpar ese malestar que sacude la región y los estremecimientos monetarios, las bajas y subidas de tobogán de las bolsas, la sucesión de las calificaciones de Standard's and Poors y Moody's, pero nada indica en la calle que un sueño se derrumba, que languidece una utopía creada por los viejos fundadores de la Unión Europea.
En Bélgica los flamencos y wallones se ignoran, hablan sus respectivas lenguas y se dan la espalda como catalanes y castellanos. Desde hace año y medio no hay consenso para formar gobierno en Bélgica y se desempeña como primer ministro interino el economista Yves Laterne. Por todas partes surgen nuevos nacionalismos. La extrema derecha progresa.
Después de medio siglo de minuciosa y conflictiva construcción, la Unión Europa tiembla y uno tras otro los países del continente caen de rodillas ante las oscuras instituciones financieras internacionales. La magnitud de las deudas nacionales es tal que Irlanda, Grecia, Italia, Islandia, España, Portugal y ahora Francia y en el futuro Inglaterra, Bélgica y otros países caen uno tras otro incapaces de pagar los intereses de la deuda, tras décadas de cuentas alegres y delirios de grandeza.
Grecia organizó los Juegos Olímpicos y tiró por la ventana más de 20.000 millones de dólares así como muchas familias pobres gastan a crédito en fiestas de bodas o cumpleaños de quinceañeras y quedan ahorcadas a expensas de los agiotistas. La corrupción chupó los miles de millones de euros de las subvenciones que han ido a dormir a las cuentas de los bancos suizos.
Pero la deuda de Grecia es poco comparada con las de Francia, Italia, Estados Unidos, que han gastado a crédito millones en guerras exteriores absurdas o tirado fortunas por la ventana dando canonjías a bancos y a grandes multinacionales. Las industrias nacionales han sido pulverizadas y deslocalizadas a China, donde la mano de obra no vale nada.
Los indignados de todo el continente acuden a Bruselas a protestar y expertos sindicales o humanitarios de todo el planeta, convocados por partidos de izquierda europeos, se reúnen en un amplio salón de la calle Washington para tratar de entender este nuevo Imperio del Big Bussines, gigantesco pulpo inteligente de capitales apátridas y crueles que asfixia al planeta con sus ocho brazos dúctiles llenos de ventosas. Pero no es tiempo de llorar. Después todos saldremos en busca de fiesta al ritmo caribeño de la bachata y el reggaetón.

sábado, 29 de octubre de 2011

CONFORTABLES Y LUJURIOSAS RUINAS DE POMPEYA

Por Eduardo García Aguilar
En el Museo Maillol, fundado por Diana Vierny, modelo, galerista, heredera y amada de varios de los artistas plásticos más importantes del siglo XX, como Aristide Maillol y Henri Matisse, se reproduce con todos los objetos posibles traídos desde varios museos italianos una casa emblemática de Pompeya, ciudad sepultada por la ceniza volcánica del Vesubio hace 2000 años, en el año 79 de esta era, y que gracias a ello quedó casi intacta para asombro de los habitantes del futuro.
En la exposición "Pompeya: un arte de vivir", nos impresiona que sus habitantes gozaran de todas las tecnologías para el bienestar e higiene y tenían acueducto y tuberías que llegaban a cada una de las residencias incluso hasta el baño, la ducha o la cocina, así como sistemas de calefacción instalados en los sótanos para garantizar una temperatura adecuada durante los inviernos o los tiempos aciagos.
Bien ordenada, con plazas, templos, mercados, cafeterías, prostíbulos, escuelas, comercios, edificios burocráticos, Pompeya nos indica el alto grado de civilización al que llegó el pueblo romano y que en muchos aspectos a lo largo de milenos posteriores se vio reducido paulatinamente en la europa medieval y dieciochesca, afectada por guerras, enfermedades y miserias.
Las casas estaban perfectamente estructuradas con sus patios interiores abiertos para recoger el agua de las lluvias, amplios y frescos corredores y habitaciones para todos los miembros de la familia e invitados. La ciudad también tenía toda una red de comercios y lugares de diversión y en las paredes de esas residencias y negocios solían colocar amplios paisajes y, si el habitante era libertino, escenas fértiles de sexo, desnudez y priapismo, que aún hoy harían sonrojar a amplios sectores pacatos de la sociedad. De allí que se descubrieron muchos falos tanto dibujados como esculpidos o usados como amuletos y joyas, expuestos ahora en una sala especial, que es una de las más exitosas.
Pompeya era una ciudad de unos 20.000 habitantes, centro comercial al estar junto a un río y no lejos del mar, y por lo tanto en la medida que se desenterró de las cenizas hace dos siglos salieron a la luz millones de objetos que van desde monedas a candelabros, mesas de metal o mármol, bañeras, lámparas, vasijas, escaparates, cajas fuertes, y diversas esculturas, joyas y enseres domésticos como vajillas de una perfección que asombra y muestra el alto nivel de sus artesanos y el confort reinante.
La exposición del Museo Maillol ha traído todo eso a París para darnos una idea de lo que podía ser la vida en tiempos del Imperio Romano. Como era una ciudad de provincia, se daban allí muchas más libertades y los espacios eran más amplios y prósperos, si se les compara con otras capitales del Imperio que desaparecieron poco a poco a través de los milenios de sucesivos palimpsestos urbanísticos, por lo que hay pocos vestigios completos de su realidad doméstica.
Pompeya es un caso único, pues los frescos de las paredes quedaron intactos y podemos observarlos con detenimiento como si acabásemos de entrar de visita a una de esas residencias a cenar o libar. Y para dar un toque dramático se exponen varias de las figuras humanas o animales que pudieron ser recreadas al inyectar yeso en el vacío dejado por los cuerpos calcinados y esfumados. La ceniza y el barro ardientes cubrían los cuerpos antes de que estos se desaparecieran dejando su molde. Así se exponen dos bellos cuerpos jóvenes unidos en la agonía o un perro captado en el rictus de su muerte atroz.
Por el éxito de la exposición hay una gran cola para acceder a esas estancias reconstruidas de la vieja Pompeya y adentro se agolpan muchos adolescentes y niños llevados por sus familias para que capten el inovidable recuerdo que llevarán por vida, con una lección filosófica. De que la vida es frágil y todos somos absolutamente perecederos y que sólo una sepultura como la de Pompeya, entre cenizas ardientes, a seis metros de profundidad, pudo dejarnos testimonios de vidas que los arqueólogos exhuman y estudian para el futuro desde los siglos XVIII y XIX, pero que de no ser así hubieran desaparecido para siempre y serían ignoradas como lo seremos nosotros.
Si esa era sólo una ciudad de provincia, bien puede uno imaginar como sería el esplendor de Roma y otras urbes del gran imperio que se extendió desde el Estrecho de Gibraltar hasta más allá de la actual Turquia y su emblemática Bizancio.
Todos los asistentes quedan maravillados por la impresión de cercanía que nos dejan esos hombres de hace dos milenios a través de los grafittis. Incluso podemos ver la "caja registradora" de un negocio pompeyano con las ganancias del día o una taberna lista para los convivios. Los muebles de mármol y metal, los retratos de la gente, las cajas fuertes adornadas, las llaves de los portalones, las vajillas completas puestas sobre una mesa, las lámparas, las ánforas para aceite y vino, nos parecen tan reales que creemos estar a punto de pasar a mesa a una cena inolvidable al lado de Plinio el Viejo, Propercio, el "chef" de cocina Apicius y Ovidio.
Esa fue la Pompeya inmortal destruida en un abrir y cerrar de ojos por la explosión piroclástica del temido volcán Vesubio, que ha generado las más diversas especulaciones posibles desde aquellos tiempos llenos de sabios, poderosos, viajeros, filósofos, comerciantes y artistas que en mucho se nos parecen porque están hechos de la misma materia que la nuestra.



martes, 25 de octubre de 2011

RÉQUIEM POR LOS LIBROS


                                   

                                                                                                                      Por Eduardo García Aguilar

Cuando uno entra a la casa de un viejo e inveterado amigo intelectual amante de los libros y observa todas las paredes repletas de volúmenes en medio de un olor a incunables, mientras los espacios vitales se reducen a lo mínimo, sentimos de repente que la era de Gutemberg y los libros ha terminado para siempre.
     El raro espécimen humanista libresco es ya una reliquia del pasado que agoniza lentamente en este siglo XXI lleno de imágenes y sonidos, donde gracias a la digitalización todos los libros de las bibliotecas del mundo pueden estar en la memoria de un ordenador al alcance de la mano.
    Basta interrogar a los motores de búsqueda para que el inaccesible incunable que está al otro lado del planeta aparezca en pantalla para goce del investigador o el lector enfermizo que aúlla en busca de sus autores queridos. Podrá consultarlo y si es del caso imprimirlo o pasarlo a un lector portátil junto a otros miles de libros de su gusto. ¿Entonces para qué esas enormes bibliotecas que estorban a los otros, siempre amenazadas por las polillas o el desastre de una inundación o la irrupción de la humedad y los hongos?
     Ya se avizoraba ese destino final de las bibliotecas personales cuando al visitar las librerías de viejo de las grandes ciudades observaba como iban llegando allí las bibliotecas de los viejos humanistas hijos del modernismo de Rubén Darío, feriados a precios irrisorios por sus descendientes calaveras, ávidos a su muerte de expulsar de casa los libros del difunto.
    Porque las bibliotecas, las librerías y los libros se han vuelto un estorbo para las amplias mayorías adoradoras del fútbol omnisciente y omnipresente, razón por la cual una tras otra cierran las editoriales y quiebran las viejas liberías independientes, animadas por ilusos amantes de eso que en otros tiempos daba brillo y se llamaba cultura.
     Un día vi llorar en un aeropuerto a un gran librero que conocí en mi adolescencia y cuya librería frente al Teatro Cumanday era un paraíso para quienes amábamos las letras sin saber que pertenecíamos a una especie en vías de extinción.
    El hombre me reconoció y en ese espacio corto que propician los aeropuertos me dio a entender el dolor de saber que su librería terminaba para siempre porque ninguno de sus descendientes estaba interesado en continuarla. Y entonces supe que aunque nos separaban tres décadas, pertenecíamos a la misma estirpe y quise también llorar con él, a sabiendas que ya nada podía hacer por su soledad y su mundo desaparecido.
     A lo largo de la primera década del siglo XX el libro reinó en todo el mundo como un signo de engrandecimiento de la personalidad y fueron muchos los humanistas, autodidactas o no, que separaban en sus viviendas un espacio para su biblioteca personal, donde siempre había un busto de Cervantes, Shakespeare o Dante, o una escultura de El Quijote con su adarga altiva, acompañado del terrenal Sancho.
    Todas las familias del mundo contaron con uno de esos personajes que eran respetados como representantes del letrado, el escribano, el sabio, el Confucio de la casa, cuya pasión por los libros y el pasado era garantía de conservación de la especie en su mejor producto milenario, el humanista adorador de palabras e ideas.
     Las ciudades y los países los preservaban y les daban su lugar, como fue el caso de Paul Valery, Jorge Luis Borges o Alfonso Reyes. Incluso los economistas de ese tiempo eran letrados, como fue el caso del ahora resucitado John Manyard Keynes
     Las élites políticas de algunos países estaban entonces compuestas aún por esos personajes que solían ser elocuentes y se inspiraban en los clásicos para gobernar países ingobernables, por lo que a veces sólo fueron testigos líricos del desastre, como Marco Fidel Suárez o Belisario Betancur en Colombia. Eran versiones de ese emperador Adriano, cuyas memorias ficticias escribió dos milenios después la extraordinaria Marguerite Yourcenar o de esos príncipes ilustrados que actuaban de mecenas y protegían las artes y las letras.
     Así como en la antigüedad el hombre ilustrado se reconocía porque siempre llevaba un pergamino en la mano, el extinto humanista del siglo XX se fotografiaba junto a las estanterías de su biblioteca y la foto que más amaba era aquella en la que se le veía hojeando un libro.
    Los hijos de Leonardo da Vinci y Erasmo, los herederos de de Montaigne y Voltaire, construyeron todos su pequeña torre de babel llena de libros, y nosotros, los últimos de la estirpe sin cola de cerdo, ilusos también, cargamos o abandonamos bibliotecas con las que soñamos de manera recurrente.
     En una ciudad como París los libros se ferian en las librerías de ocasión a precios irrisorios o se botan a la basura y no es difícl encontrar en el suelo algún incunable o algún bello libro del editor Franco Maria Ricci, que hace un lustro costaba 200 euros, subastado a dos euros para los últimos amantes de bellas ediciones de lujo. E incluso así no hallará compradores.
    El día de mi cumpleaños llegué a casa con una batería de esos libros bellos y pesados, aun envueltos en papel celofán, intactos, publicados por el mejor y más exquisito editor contemporáneo. Y aquí los tengo al lado, los hojeo, palpo al variedad de sus papeles de lujo o me asombro por la perfección de sus reproducciones y los tipos de letra. Y de repente comprendo que una era ha terminado y que el sueño de ser gran editor y crear libros para bibliófilos es algo tan antiguo como la búsqueda de la gloria, las pirámides de Egipto o la Biblioteca de Alejandría.  


domingo, 16 de octubre de 2011

MACEDONIA EN TIEMPOS DE ALEJANDRO MAGNO

Por Eduardo García Aguilar
El Louvre acaba de inaugurar una grandiosa exposición sobre la antigua Macedonia en tiempos de Alejandro Magno, en la cual, gracias a los recientes descubrimientos arqueológicos, logramos palpar casi con las manos objetos e instrumentos tocados por el mito y los hombres comunes y reales que lo rodeaban en esa región del norte de Grecia, relegada a veces por arqueólogos e historiadores.
Centrados más que todo en Grecia y Esparta y sus múltiples ruinas, y en todo lo que gira alrededor de Atenas o Creta, o las partes arqueológicas de las islas y de lo que hoy es la costa turca troyana, los arqueólogos habían descuidado la región del gran Alejandro (356-323 antes de nuestra era) y su padre Filipo II, desde donde el héroe inició muy joven la gesta de conquistar el mundo conocido, desde el estrecho de Gibraltar hasta la India.
Aunque a lo largo del siglo XIX se recuperaron importantes rastros de esa civilización que fueron traídos al museo por militares franceses en misión o de paso por esas tierras, en 1977 se descubrieron las tumbas de Filipo II y de otros notables de la época, desatando en las últimas décadas la proliferación de excavaciones que dieron a luz miles y miles de objetos de la vida cotidiana, ilustrativos del amplio grado de desarrollo y refinamiento de ese pueblo y lo que es mejor, que bajaron a esos hombres desde las esferas de lo mítico a la verdad terrenal histórica, lejos de la biografía de Plutarco.
Sobresalen por su esplendor esas guirnaldas de hojas de mirto o roble en oro puro con las que se coronaba a guerreros o personalidades civiles, halladas intactas en sus sepulturas, así como espadas, cascos, corazas, escudos, vasijas, objetos de adorno e incluso cajas de metal cilíndricas para uso de los escribas, con sus espacios para la tinta y los elementos escriturales, prefiguraciones de la máquina de escribir o la computadora moderna.
Sabemos por la leyenda que la educación de Alejandro Magno fue encargada a Aristóteles, por lo que uno imagina al sabio en su vida cotidiana y a esos hombres que iban de una localidad a otra expresándose y discutiendo en los lugares públicos. Los mosaicos y frescos nos muestran los tradicionales banquetes donde se hablaba, se filosofaba, se amaba y se bebía vino a cántaros. Por el armamento expuesto, como esas letales lanzas de cinco metros con las que se vencía a cualquier enemigo, accedemos también al campo de batalla. Soberbias representaciones de un realismo y refinamiento extraordinarios en mármol nos llevan al imaginario de aquel pueblo, como las recurrentes batallas de amazonas semidesnudas con soldados griegos o las representaciones de diversa índole de escenas de caza, guerra o ceremonias religiosas y bélicas.
Todo lo existente en el Louvre desde comienzos del siglo XIX ha sido reunido para esta ocasión al lado de centenares de nuevas piezas descubiertas hace pocos años de manera ordenada y monumental a veces, por lo que al salir de la exposición se tiene la sensación de haber estado cerca del mito, de haber recorrido a su lado el mundo de su tiempo y experimentado la vida cotidiana de los macedonios en su capital Pellas y en otros pueblos situados cerca del Monte Olimpo.
En lo que a mi respecta la figura de Alejandro Magno se hallaba siempre en esa esfera irreal y mítica que nos comunicaban los libros de historia antigua, los relatos escolares o las películas de Hollywood que nos hablan de quien llegó hasta los confines de la India por un lado y al norte de Africa, dejando como rastro la maravillosa Alejandría con su Faro y su biblioteca, hoy reconstruida.
Pero pese a todos esos relatos o filmes, bustos y representaciones pictóricas clásicas y románticas, el personaje no dejaba de ser ficción y residir en esa nube inalcanzable para nosotros los contemporáneos e increíble a la vez por los niveles de cercanía cultural, como si nuestro mundo, más de dos milenios después, siguiera desandando los mismos pasos de conquistas y mitificaciones con sus héroes bélicos y deidades de la farándula olímpica y artística en medio de un reguero de sangre, impunidad y horror.
Pero al palpar esas ánforas para agua o vino, ilustradas con escenas de gran fuerza pornográfica, percibir vasos exquisitos de perfumería y joyas como diademas, pulseras y aretes que lucían aquellas mujeres confinadas al hogar, y todos esos objetos masculinos como las rodilleras para la guerra o corazas y cascos magníficos, sabemos por fin que todo fue real, tan real como las lápidas donde los deudos hablan de sus muertos o los portalones de mármol que imitan las puertas de madera asidas con clavos de bronce o aldabas leoninas que vemos ahí hasta el punto de creer oír su crujido al ser abiertos en los cementerios.
Su gesta lo llevó desde 334 a 330 antes de nuestra era, en escasos diez años por Asia Menor, Siria, Fenicia, Egipto y Mesopotamia, Persia, Asia Central, Afganistán y los límites de la India, donde fundó decenas de ciudades que llevaban su nombre y dejó para siempre, incluso después de la implosión póstuma de su reino, su figura inolvidable, terrible y luminosa, como el testimonio de una gesta excepcional inspirada por las obras de Homero que leyó bajo la impronta pedagógica de su maestro Aristóteles. Millones de monedas y miles de bustos lo hacen para muchos obsesos casi un contemporáneo, un familiar, una deidad personal como Napoleón o Bolívar.
La gran Macedonia fue real y exquisita, el mito palpable y accesible, el largo viaje sin fin de la guerra un hecho indudable, por lo que estar durante dos horas junto a esos restos y rastros reunidos nos golpea despertándonos a nuestra insignificancia y finitud. Los contemporáneos soberbios con su mediocridad y codicia, su banalidad y venalidad sin límites, su ignorancia y vulgaridad lamentables, deberían hacer este viaje a los confines del mito para recuperar un poco de humildad en tiempos de espejos infinitos de frivolidad. Ahora que se hunde Grecia en una comedia de estafas financieras y la región que dominó Alejandro lidia con crisis y guerras, asomarnos a ese tiempo es como asomarnos a un abismo grotesco.

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Exposición "En el reino de Alejandro Magno - La antigua Macedonia". Museo del Louvre. Del 13 de octubre al 16 de enerode 2012








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domingo, 9 de octubre de 2011

EL ENDIOSAMIENTO EXAGERADO DE STEVE JOBS

Por Eduardo García Aguilar
La prensa mundial dio una cobertura exagerada a la muerte del inventor y empresario Steve Jobs, con un despliegue que llega a los nivles de la muerte del Papa o el presidente de Estados Unidos. En primera plana y a ocho columnas, con suplementos especiales y miles de artículos con diferentes ángulos, los medios del planeta se desataron en una hagiografía sin límites del creador de las computadoras Machintosh, los estudios Pixar, el Imac, el Ipod, el Iphone y el Ipad, como si hubiese sido el creador, el transformador del mundo, una especie de nuevo mesías ante quien todos deberíamos inclinarnos y rezar.
En las grandes avenidas de las capitales del mundo, delirantes fanáticos ahítos de soledad no sólo pusieron flores en honor del muerto, sino que pasaron a hacer compras de productos Apple y luego a llorar la muerte de su ídolo, por el cual hacían colas de días enteros e incluso dormían a la intemperie en espera de adquirir sus nuevos productos.
Yo, que he sido Mac toda la vida y he seguido la aventura de las PC de Microsoft de Bill Gates y las Mac de Steve Jobs desde que viví en San Francisco en 1980, que he cargado y poseído casi todos los modelos y conservo como joya sentimental mi Imac azul, al lado de una Underwood 1910, pienso que es exagerado endiosar al difunto creador, que sucumbió a los 56 años a causa del cáncer del páncreas y nos mostró en directo su ineluctable fin mientras hacía la promoción del nuevo objeto necesario.
Todos los grandes diarios financieros y de noticias generales desplegaron con lujo de detalles la extensa trayectoria de este hijo de sirio, adoptado por una familia norteamericana, quien al igual que Bill Gates y Mark Zukcemberg, el creador de Facebbok, se volvieron empresarios y millonarios a los 20 años trabajando en los garajes de las modestas casas familiares.
Pero lo que poco se dice era que Steve Jobs era un empresario tirano que humillaba a sus trabajadores y los despedía según sus estados de humor, sin tener en cuenta sus derechos, « deslocalizaba » a China sus fábricas de partes para aumentar sus ganancias sin importarle que allí el capitalismo de los comunistas militarice el trabajo y pague sueldos miserables, o declaraba la residencia legal de sus empresas en el paraíso fiscal de Luxemburgo para evadir impuestos y ganarle así a sus competidores honrados.
Leyendo muchos de esos retratos en Financial Times, The New York Times o en el diario económico francés Les Echos, se descubre que tras el inventor también estaba presente la fiera de los negocios, el ejemplo claro de los vicios más duros de un sistema empresarial y financiero que basa todo su éxito en el consumo desmesurado de cosas que pueden ser útiles para la ciencia, la universidad, las comunicaciones o la policía, pero que al generalizarse como una necesidad angustiosa a todas las capas de la población, sólo ayudan al gigantesco vampiro de las ganancias.
Como llevó a Apple a los niveles más altos de las inversiones este año en Wall Street, superando a Exxon Mobil, Petrochina, Microsoft, IBM y BHP Billiton, la prensa mundial lo ha santificado y nos lo quiere vender como el ejemplo a seguir, casi como si se tratara de Buda, Cristo, Alá o Zaratustra.
Nada nos dicen de esos miles de ingenieros y diseñadores que trabajaban para él en Cupertino, la sede de su imperio, y que después de hacer los inventos y llevarlos a la práctica él expulsaba como un pequeño tiranuelo, ni de los obreros chinos que hacían las partes y ensamblaban los objetos para el consumo generalizado, ni la angustia de esas esas familias de todo el mundo que dejan de comer para satisfacer los requerimientos de sus hijos y luego pagar las cuotas mensuales a las empresas telefónicas que han engordado como cerdos galácticos, encabezadas por el millonario mexicano Slim.
Steve Jobs no es el único creador de este becerro de oro informático. Es ahora el más celebrado porque murió, pero ya llegará el momento de adorar a Bill Gates o a los magnates de la telefonía que cobran día a día el diezmo mundial a los esclavos de la información inmediata, colgados de su teléfonos y sus ordenadores, intercambiando con los otros tonterías y banalidades mientras el mundo y la naturaleza están afuera esperando y hundiéndose.
Steve Jobs es amirable como en su tiempo lo fueron Thomas Alva Edison o Marconi en materia de comunicaciones, pero de allí a convertirlo en un dios, un mesías todopoderoso como nos indican las portadas de los diarios y los anuncios de los noticieros es una muestra de la deriva de un mundo dominado por la industria armamentista y sus guerras, un mundo donde unos cuantos millones gastan miles de millones de dólares en juguetes informáticos mientras el resto del mundo se muere de hambre y analfabetismo, o cae acribillado por las bombas y las balas de los guerreros.
Los indignados del mundo industrializado que protestan en las capitales europeas y en el propio Wall Street, muestran que una nueva generación abre los ojos frente a este culto exagerado al consumo, el éxito, las finanzas. Diógenes el filósofo que vivía dentro de un tonel se burlaría de ellos y en su desnudez les diría : respiren y vivan antes que comprar a toda costa los abalorios en un mundo donde vender y comprar es más importante que vivir, amar y ser.

martes, 27 de septiembre de 2011

25 RAZONES PARA EL FIN DE LA NARRATIVA HISPANOAMERICANA

Por Eduardo García Aguilar




Este texto leído por el escritor Eduardo García Aguilar en 1992 en la Feria Internacional del libro de Guadalajara (México) en un congreso hispanoamericano de escritores, puede ser de actualidad ahora cuando vuelve a reinar la incertidumbre en la narrativa del continente en la era de la red global, se derrumban las grandes editoriales y se hunden como Titanics de barro mitos, héroes, glorias, estrellas y famas cada vez más fugaces. Texto publicado en el Magazín Dominical No. 510 del periódico El Espectador (Bogotá, Colombia), el 31 de enero de 1993, p. 2.





1. La novela, género muy joven, apenas de unos cuantos siglos, está ahora más muerta que nunca, y su vigencia estética es casi nula aunque por un espejismo comercial parece vivir uno de sus momentos más prósperos.



2. La crisis de la palabra y de la escritura, perecederas también como todo en el mundo, asesta un golpe definitivo a esas monstruosas construcciones basadas en la torpe reiteración de personajes y mundos aptos para aquellos siglos que no tenían aún cine, televisión ni radio.



3. Los novelistas de hoy pueden volverse famosos sin ser leídos: son antes que todo figuras públicas de un odioso show bussines, repugnantes vedettes que —una vez asentadas en su pedestal histriónico— viven de la tontería de la masa manipulada por la publicidad y los comerciantes de la edición.


4. Los novelistas de hoy en casi todo el mundo son cada vez más tontos, no miran más allá de sus narices y a diferencia de sus antecesores buscan sólo la fama y el éxito: para cumplir ese objetivo se han convertido en tristes empleadillos sin sueldo de las editoriales, regentadas a veces por verdaderos analfabetas.


5. A los novelistas, a los narradores en general, les tiene sin cuidado si son o no leídos y son cómplices de esa gran farsa por la cual logra sobrevivir el género: la gente dice que Fulano es un gran novelista o un gran escritor, pero no lee sus inútiles y vacuos mamotretos.


6. Desde hace varios años no he leído ni escuchado una sola frase interesante de un novelista, incluso de algunos de los que más fama tienen en el mundo. Su persistencia en un género literario industrializado y muerto los convierte en mercaderes del templo, loros, onanistas de su propia torpeza.


7. Los últimos grandes narradores del mundo fueron todos unos fracasados: Kafka, Proust, Joyce, Céline, Musil, Broch, Roussel, Barnes, entre otros especímenes humanos de la era anterior al reino de Walt Disney. La novela murió antes que sonara el 31 de diciembre de 1945.


8. El drama de los narradores radica en que al usar cantidades absurdas de palabras mustias, pierden la perspectiva de su labor y cual bestias elefantiásicas patalean en escenarios sin público, incapaces de lucidez frente a su obtusa empresa: indigestados de palabras sólo escuchan el rumor de sus pútridos intestinos literarios.


9. Sólo la codicia del éxito los mantiene montados sobre sus computadores como bobos agricultores que trabajan de sol a sol cultivando maleza, soñando —ilusos— en su fabulosas ganancias.


10. Los narradores latinoamericanos de las últimas décadas fracasaron todos porque estaban convencidos de que algún día se acostarían con Jane Fonda. En cuanto a las narradoras latinoamericanas, su estruendoso fracaso radica en que aman demasiado a los hombres, cuando es bien sabido que —casi sin excepción alguna— las grandes escritoras tuvieron poco apego por ellos.


11. La poesía, practicada ya desde hace milenios, sigue por el contrario viva porque es verdadera y mucho más flexible: es un instrumento elástico y resistente, versión microscópica y maravillosa del big-bang de la creación.

12. La poesía es el único género literario a salvo de la industrialización y sus cultores son sabios porque se saben fracasados de antemano.


13. La crisis de la narrativa latinoamericana se inició con el derrumbe de sus tres pilares básicos: los enormes penes garciamarquianos, los loros de las portadas y los cocodrilos.


14. Abandonada por sus padrinos europeos y estadounidenses, la narrativa del nuevo mundo anda como perro en misa recibiendo patadas de sus abuelas desalmadas.


15. El “boom” fue una terrible equivocación porque instituyó la neurosis verbal y la histeria logorréica en sus cánones absolutos: en vez de rastrear la verdad, los latinoamericanos sólo intentaron lucirse ante los desdenes de su horrible madrastra.


16. La narrativa latinoa-mericana murió con Felisberto Hernández y aún no encuentra a su nuevo pianista.


17.Estamos viviendo ya en otra placa tectónica a la deriva, aferrados a palabras que no suenan y a personajes que nos huyen: los novelistas de hoy son abuelitas locas en mecedoras desvencijadas.


18. Los narradores latinoamericanos deben seguir escribiendo por un acto de caridad: de lo contrario cundiría el desempleo en los hogares de profesores y críticos.


19. La palabra de los escritores latinoamericanos sólo se escucha en los depósitos de cadáveres.


20. Picabia decía que los pintores trabajan para adornar los consultorios de los dentistas. Los narradores latinoamericanos lo hacen para probar que en cada familia siempre hay un hijo calavera.


21. Tristram Shandy, de Lawrence Sterne, inauguró la decadencia de la novela: como el protagonista de ese libro, la narrativa latinoamericana fue engendro de un espermatozoide disminuido.


22. Preguntada una escritora de este continente sobre las temáticas narrativas de sus congéneres, los hombres latinoamericanos de hoy, exclamó: “Mucho pene, mucho pene...”.


23. Muchas personas creyeron en los años 60 y 70 que el réquiem para la novela por parte de los adalides del nouveau roman francés fue sólo una escaramuza en el largo camino triunfal del género. Seis lustros después, su entonces delirante aserto se volvió más que obvio. El auge posterior de la novelística y su absoluta industrialización, son pruebas de su fin: su buena salud es sólo como negocio, pero no desde el lado estético.


24. Los novelistas de hoy deberían reflexionar un poco para darse cuenta que viajan en un barco pronto a naufragar para siempre, aunque queden aún algunos siglos de negocio más o menos próspero y declinante.


25. Las razones para la existencia del género han desaparecido en estos tiempos: cada noche los cientos de millones de espectadores de telenovelas muestran lo inocuo de ese género construido, por demás, con la palabra, ese otro elemento con talón de Aquiles.


© Eduardo García Aguilar

sábado, 24 de septiembre de 2011

CIEN AÑOS DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Por Eduardo García Aguilar

Este año se celebraron con muchos actos los cien años del natalicio del escritor suicida indigenista José María Arguedas (1911-1969), peruano que con el tiempo adquiere un carácter mítico comparable al del mexicano Juan Rulfo. Arguedas se suicidó en 1969 tras de dejar una vasta obra novelística con clásicos tan importantes como Los Ríos Profundos (1958), una de las más grandes novelas latinoamericanas del siglo XX, y varios volúmenes de obra antropológica, sociológica y militante a favor las causas populares de su país.

Arguedas, blanco e hijo de un abogado, tuvo una infancia difícil tras la muerte prematura de su madre y los maltratos de la madrasta y el medio hermano, quienes para despreciarlo lo confinaban en la finca, en ausencia de su padre, al cuidado de los indios, con quienes aprendió por fortuna el quechua, la amistad, el amor, la solidaridad y la cultura milenaria prehispánica. Después de bajar de la sierra y realizar estudios de letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, y especializarse luego en antropología, Arguedas inició una larga vida militante y estudiosa de la cultura popular peruana al lado de su primera esposa Celia Bustamante y su hermana Alicia, con las cuales se le abrieron las puertas de la cultura limeña pese a ser un "serrano".

Artífice cuidadoso de su obras, las creó municiosamente por esa necesidad profunda de rendir homenaje a los indios humillados por la racista y jerárquica sociedad peruana inspirada en los largos años de la colonia y a la lengua indígena, que está presente e imbricada de manera original en su excelente prosa.

Arguedas, tras un psicoanálisis, se divorció de Celia en 1965, e inició una nueva relación con la joven militante e intelectual chilena Sybila Arredondo, encargada luego de reunir y editar sus obras completas. El 28 de noviembre de 1969 se disparó en el cráneo y falleció días después, el 2 de diciembre de ese año, dejando una leyenda en torno a las profundas razones psicológicas de su acto, que se remontarían a los traumas profundos de su infancia, al hecho de ser a la vez blanco e indio y bilingüe por educación, y a las culpas e incomprensiones diversas.

Su generación fue inspirada por las obras de José Carlos Mariátegui, cuyo clásico libro Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicado por Amauta en 1928, era leído por los militantres latinoamericanistas de todo el continente, desde México hasta la Patagonia, y también por la poesía compleja y la militancia del gran César Vallejo en pleno auge de los conflictos mundiales y la lucha contra dictaduras e injusticias.

El centro de su pensamiento se basa en la lucidez de saberse mestizo y en la realización de una obra que sólo podía ser "indigenista", pues la literatura indígena sólo podría ser escrita según él por los propios indios, cuando "estén en grado de producirla".

En pleno auge del "boom" latinoamericano y de las nuevas corrientes de la literatura continental, deseosa de occidentalizarse, Arguedas estuvo en el centro de la polémica y de las incomprensiones de sus contemporáneos del momento, quienes como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa le criticaron su falta de "universalismo" y la supuesta creencia en "utopías arcaicas" y lo consideraron un advenedizo a la literatura desde la antropología que no merecía entrar al selecto club del "boom".

Yawar fiesta (1941), Los ríos profundos, El sexto (1961), Todas las sangres (1964) y El Zorro de arriba y el zorro de abajo (póstuma) y siete volúmenes de su obra antropológica y sociológica, han sido analizadas en Perú a lo largo de este año en una especie de necesaria reconciliación con el sensible y flagelado personaje, según me cuenta el escritor peruano Mario Wong, quien estuvo presente en los homenajes.

Cuando se creía que el indigenismo o las devaluadas causas populares serían definitivamente expulsadas y barridas del continente por la ola globalizadora mundial del hoy fracasado neoliberalismo, una nueva ola de reivindicación de esas tendencias ha llevado al poder a casi todos los nuevos mandatarios del continente sudamericano y el acercamiento a las culturas indígena, afroamericana o de las barriadas o favelas donde reina el narco vuelve a ser un tema legítimo en los medios literarios y académicos serios.

José María Arguedas se suicidó fracasado e incomprendido por sus contemporáneos ricos del "boom", pero ahora parece resucitar de entre los muertos como un ejemplo contundente de que en literatura y en temas sociales la última palabra nunca es la definitiva. Arguedas, el blanco que amaba a los indios, es tan moderno porque los indios y sus fantasmas siguen ahí flotando en el continente, pese a medio milenio de colonización y saqueo multinacional.

Los modernos jóvenes de los grupos del "Crack" y "Mc Ondo" querían volver a matar hace poco el indio mexicano o peruano que todos llevamos dentro en América Latina, pero el indio "canijo" o "condenado" se les salió de nuevo de la jaula a donde querían confinarlo.

Deseaban también matar de paso al "realismo mágico" de García Márquez, pero también este movimiento milenario, terco y rebelde como la Biblia o Las mil y una noches, se les volvió a salir de la Lámpara de Aladino con el pobre novelista suicida Arguedas a la cabeza, muy vivo y coleando.

lunes, 19 de septiembre de 2011

EUROPA Y SUS CALÍGULAS TECNOCRÁTICOS

Por Eduardo García Aguilar
Hace apenas una década, con el comienzo del siglo XXI, los europeos celebraban el surgimiento de la moneda única y emprendían lo que para ellos era el camino ineluctable a ser una potencia mundial capaz de enfrentarse a los retos del milenio naciente. En ese entonces China y los países asiáticos apenas se recuperaban de la pobreza y los regímenes fanáticos, América Latina de la miseria ancestral y las dictaduras militares, y África era, como siempre lo ha sido, el vasto territorio del hambre, la violencia y el caos.
Luego del fin de la Segunda guerra mundial, con la derrota del nazismo, el fascismo y el falangismo, y después de medio siglo de complejas tractaciones, recuperación, saneamiento de heridas y odios, limpieza de ruinas dejadas por los bombardeos y reconstrucción con ayuda del pujante imperio norteamericano, el continente europeo se convirtió, al lado de Estados Unidos, en esa tierra prometida de progreso y pleno empleo imparables a donde soñaban con viajar los tercermundistas de todos los colores, culturas y pelambres.
Desde todos los lugares del mundo, desde el caos de las ciudades desbordadas y los tugurios circundantes, se admiraba la arquitectura renovadora, la industria pujante y la cultura luminosa que siempre estuvo a la vanguardia con sus pensadores, artistas, músicos, dramaturgos, filósofos y escritores inagotables y recursivos. La creación de la Unión Europea y su ampliacion a todos los estados del Este liberados después de la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética, era el colorario de ese extraordinario empuje continental liderado por una Alemania unificada y democrática.
Al principio, países que se habían quedado rezagados por la dictadura como España, Portugal y Grecia recibieron inyecciones millonarias y emprendieron un mirífico cambio que sorprendió a quienes conocieron en carne propia lo que eran antes y se volvieron después. La España triste y humillada, vestida de mantos negros y lágrimas, que enviaba exiliados a América y servidumbre a la vecina Europa, de la que era sólo vistosa periferia de toreros y flamencos, entró de repente durante dos décadas al mundo de los nuevos rincos sin pensar que todo eso era artificial y que tarde o temprano terminaría como encanto, tal y como le ocurrió a la pobre Cenicienta.
Millones de latinoamericanos, en su mayoría peruanos, ecuatorianos, bolivianos y colmbianos, emigraron al nuevo El Dorado español del progreso en busca de un trabajo y una educación para sus hijos y las playas y ciudades de la península ibérica se llenaron de urbanizaciones antiecológicas de cemento que alimentaron una burbuja inmobiliaria de mafiosos que estalló con la crisis mundial de 2008. Los despreciados « sudacas » tuvieron que regresar corriendo a sus países de origen y los españoles se quedaron en casa tan pobres como lo fueron antes del sueño europeo, condenados a la única alternativa de « indignarse ». Del otro lado acudieron en busca de sueños el plomero polaco, el albañil yugoeslavo y las « modelos » eslavas.
Ahora España, Portugal y Grecia, en el caso más dramático, e Italia y hasta la propia Francia a otro nivel, están al borde de la quiebra, lastrados por deudas inconmensurables, agobiados por el desempleo, la desasaceleración industrial y la precariedad y los susburbios multirraciales que de bellos barrios inspirados por Le Corbusier en los qmos 60 pasaron a ghettos explosivos que estallan en París y Londres cuando a la policía se le va la mano y mata a algún inocente muchacho indio, árabe o negro.
Los líderes europeos de las últimas décadas pecaron de soberbia e ingenuidad. Crearon una moneda sobrevaluada que arruinó la industria y generó desempleo y malestar en todos los países de la zona. Las industrias europeas no tuvieron más camino que « deslocalizarse » en países asiáticos o latinoamericanos que ahora aparecen como economías emergentes y se dan el lujo, como China, India y Brasil, de ofrecer ayuda a la vieja región de los imperios francés, inglés y germano.
Para sobrevivir y mantener el ritmo y el lujo a que estaban acostumbrados y seguir suministrando subvenciones y ayudas a los países precarios que admitieron en su club, los europeos se endeudaron y ahora cargan el peso de fabulosos déficits incontrolables. Devorada por la especulación de los capitales financieros mundiales, la exoneración de impuestos a los ricos y las múltiples trabas que hacen imposible la agilidad económica y la prosperidad de la pequeña y mediana empresa, Europa toda es ahora un monstruo gordo y enfermo a punto de estallar, gobernada por jóvenes líderes tecnócratas formados en escuelas elitistas que hablan lenguajes incomprensibles, convertidos en Calígulas infatuados del siglo XXI.
Detrás de las bellas ciudades y junto a los remanentes arquitectónicos de milenios de gloria pasada, ronda la miseria y el hambre, la desesperanza de una juventud sin empleo que tiene como única perspectiva sostener y ver envejecer a las viejas generaciones privilegiadas y a las multitudinarias burocracias de los diversos estamentos, ávidas de dinero y poder como centuriones romanos.
El aquelarre lo celebran los líderes de la Unión Europea en Bruselas, congresistas europeos de Estrasburgo, gobiernos nacionales y regionales, parlamentarios, diplomáticos, expertos, politicastros, comunidades autónomas, mientras en la calle sobrevive aplastada por el euro y los impuestos una población cada vez más pobre y separada de sus aristocracias políticas, tal y como alguna vez ocurrió en una Roma aplastada por sus ebrios Calígulas y Nerones. Europa es ahora una Torre de Babel a punto de desplomarse y sobre sus ruinas reinarán como antes de la guerra los filósofos, poetas, putas y cómicos de El Angel azul, el inolvidable cabaret de Marlene Dietrich.

lunes, 12 de septiembre de 2011

EL LIBRO DE LAS 56 CELEBRACIONES

Por Eduardo García Aguilar

* En El Libro de las Celebraciones sólo aparece una foto: el retrato de Fernando González, hecho por Guillermo Angulo.

Jineth Ardila, Santiago Mutis Durán y Juan Manuel Roca, quienes siempre están listos para emprender con generosidad los proyectos más utópicos en favor del arte y la poesía, lograron hacer realidad el libro más bello y necesario. Se trata de El libro de las celebraciones, editado por la Fundación Domingo Atrasado, y en el que los tres curadores del proyecto convocan a más de cincuenta autores colombianos para escribir un homenaje personal a su figura querida del arte, las letras o el pensamiento de Colombia en el siglo XX. En un país tan terrible como el nuestro, donde la ley es el olvido y el ostracismo para la gente que dedica su vida a ejercer el arte, a enseñar, a amar, a cantar, a cuidar la naturaleza, y donde por el contrario se encumbra y se premia a los pillos y asesinos, rescatar a esos hombres y mujeres buenos —en el buen sentido de la palabra «bueno»— era necesario para que, desde el más allá o el más acá, nos den energía renovadora para vivir en estos tiempos difíciles.

Muchos de ellos brillaron al mismo tiempo que llevaban una vida modesta como maestros u oficinistas, sorteando los dramas del exilio, la pobreza, la enfermedad, el olvido o la incomprensión. Algunos publicaron sus obras en ediciones modestas, emprendieron proyectos de revistas efímeras que hacían con las uñas, dieron clase con pasión a alumnos que los recuerdan, o lucharon contra la injusticia del país como se lucha contra un monstruo invencible de mil cabezas. Sus voces se escuchan todavía en cafés como El Pasaje, el Saint Moritz o El Colonial de Bogotá. Esos viejos nuestros caminan aún fantasmales por la Séptima, del brazo de sus amigos o sacudiéndose de la lluvia del siglo XX —todavía por armar— con paraguas y sombrero Stetson.

Cuando por fin me llegó el libro a París, me senté a devorarlo en el café Sarah Bernhardt, en la Plaza de Châtelet, junto al río Sena y con los torreones puntiagudos del Palacio de Justicia al frente, mientras ardía el sol de junio. Desde lejos y en ese lugar privilegiado las palabras de la tierra me llegaban mucho más dulces o más amargas, y brotaban de las páginas con peligrosa efectividad, como puñetazos de boxeador o revelaciones angustiosas de ese inmenso rompecabezas cultural que es el siglo XX en Colombia.

Pasar revista a esas figuras entrañables y verlas salir desde la humareda del desastre renueva hasta al más escéptico. Ahí están los retratos de quienes nos dejaron hace tiempo, como Ciro Mendía, Fernando González, León de Greiff, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, Leo Matiz, Alejandro Obregón, Fernando Charry Lara, Manuel Zapata Olivella, Jorge Gaitán Durán, Héctor Rojas Herazo, Pedro Gómez Valderrama, Enrique Buenaventura, Hernando Valencia Goelkel, René Rebetez, Feliza Bursztyn, Estanislao Zuleta, Ignacio Chávez, R. H. Moreno Durán, Miguel de Francisco, Jorge García Usta, César Pérez y Andrés Caicedo, para mencionar sólo a algunos.

Cada retrato es un mundo: ahí está el viejo loco Fernando González fotografiado y contado por Guillermo Angulo, muy real, lejos del mito y la leyenda. Volvemos a ver ese personaje lleno de luz que era Leo Matiz, convertido ahora en celebridad mundial del arte fotográfico, y además el hombre más modesto y sencillo. Jaime Echeverri nos cuenta un instante en la vida de un oficinista discreto que tomaba tinto en El Pasaje y se llamaba Aurelio Arturo. Juan Manuel Roca nos habla de Alejandro Obregón, ese otro generoso a flor de piel y amigo que iluminaba todo a su alrededor con afecto y whisky. Nicolás Suescún nos presenta a Hernando Valencia Goelkel, figura ponderada que dijo lo que tenía que decir y es ejemplo de rigor y ética intelectuales. Lisandro Duque nos cuenta, con la maestría narrativa y la vena humorística que lo caracteriza, la vida de su amigo el cineasta español José María Arzuaga, quien vino a Colombia por loco y se quedó, malogrando tal vez una gran carrera cinematográfica. Y volvemos a ver a Ignacio Chávez, el hombre abierto y tolerante que recibió la estocada del infame régimen actual como pago por una vida de entrega a la palabra y a la amistad.

Entre los vivos Gustavo Álvarez Gardeazábal nos presenta a Otto Morales Benítez, una fuerza proteica que debió ser presidente. Joe Broderick nos trae al sorprendente Fernando Oramas, Ignacio Ramírez a Antonio Samudio, y hay semblanzas de Germán Espinosa y Teresita Gómez, de Andrea Echeverri y Efraim Medina, dos necesarios niños terribles de la cultura colombiana en movimiento. Pero el texto que más me conmovió, por su belleza romántica, gótica y erótica, y sin duda uno de los más logrados del libro, es el de Patricia Restrepo, quien nos entrega en carne viva los últimos días y horas de Andrés Caicedo, ese ídolo de leyenda que conquistó la eternidad por su gesto de rebelión total, al suicidarse el mismo día en que salió su primera novela, Que viva la música, clásico de la literatura colombiana.

Minuto a minuto vemos a esos dos muchachos enamorados, iconos de una generación desbocada cuyo fulgor en los años setenta está por revisar, contar y reactivar. Los tenis rojos de Patricia en el sepelio son el símbolo de la más absoluta soledad de la generación de los nacidos en los años cincuenta, quienes se quedaron para sobrevivir, encanecer, envejecer, engordar, cuando habían soñado con hacer explotar el mundo con arte, cine, poesía, rumba, sexo y ron. Los jeans que Patricia se quita en el estoico nido de amor, sus cuerpos desbocados en un lecho de piedra, la forma peculiar y excéntrica de bailar la salsa, las cartas de amor, las pataletas de los enamorados, salen de esas pocas páginas para quitarnos la respiración y revelarnos el desastre generacional de sobrevivir y envejecer en el caos de la superboba patria.

En fin, en este primer volumen de El libro de las celebraciones aparecen más de cincuenta personajes que debemos abrir y explorar para entender un poco el hecho de ser colombianos y no morir en el intento. Es un libro necesario para tratar de entender la cultura colombiana del siglo XX, con sus aristas, sombras, destellos y desfallecimientos. Ese siglo que en su crepúsculo nos dio la sorpresiva voz mítica de Andrea Echeverri, leyenda viva cuyo retrato, escrito por su homónima Andrea Echeverri Jaramillo, abre puentes entre dos generaciones rebeldes. Este penúltimo texto nos hace visitar la creativa Colombia underground, donde vibra la fuerza artística que pasa de generación en generación y se transmuta en el inmenso dragón sediento de futuro.

En las nuevas entregas aparecerán sin duda muchos más personajes que están por contar, como Danilo Cruz Vélez, Darío Mesa, Maruja Vieira, Meira del Mar, Jaime García Maffla, Harold Alvarado Tenorio, Fernando Denis y Ramón Illán Bacca, entre muchos otros que nos acompañan, y eso sin contar decenas y decenas de los que se fueron y aún no nos han revelado todos sus secretos. Colombia arde en estas primeras 278 páginas de sorpresas inolvidables, mostrándonos que el dragón de la cultura colombiana está vivo: León de Greiff, Fernando Charry Lara, Andrés Caicedo, Alejandro Obregón y Enrique Buenaventura, desde el firmamento, nos incitan a seguir su camino para conjurar la mansedumbre de estos tiempos dominados por los peores asesinos y bandidos disfrazados de padres de la patria.

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EL LIBRO DE LAS CELEBRACIONES. Curadores y editores: Jineth Ardila, Santiago Mutis Durán y Juan Manuel Roca Fundación Domingo Atrasado Bogotá, 2007. 278 páginas.

sábado, 10 de septiembre de 2011

11 DE SEPTIEMBRE: LOS ATENTADOS DEL MAL Y DEL BIEN

Por Eduardo Garcia Aguilar

Una década después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas, la humareda que ondeaba sobre Nueva York parece todavía cercana y la era de George W. Bush y sus graves errores estratégicos son episodios aún no superados de la historia contemporánea de Estados Unidos.

Este domingo, el presidente Barack Obama y su antecesor se presentarán juntos en la herida abierta del Ground Zero, en pleno Manhattan histórico, para conmemorar la fatídica fecha que suscita todo tipo de reflexiones sobre la primera década del siglo XXI, marcada por una absurda guerra religiosa entre el bien y el mal, entre el Islam y el Cristianismo, mientras crecía soterrada la grave crisis financiera mundial.

Nadie podía creer lo que veía y mucho menos la noticia de que el Pentágono había sido atacado y que la Casa Blanca se salvó de milagro luego de que pasajeros desviaron heróicamente el avión antes de estrellarse. Todos sabemos donde estábamos en ese instante, qué nos disponíamos a hacer y qué palabras pronunciamos sumidos en el estupor.

Como en los tiempos de los ataques suicidas japoneses que precedieron el estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en 1945 para terminar la guerra, los televidentes del mundo temblábamos ese día ante la posibilidad del estallido de una conflagración mundial. El presidente estadounidense fue puesto a salvo en un lugar secreto y el vicepresidente y los más altos dignatarios se refugiaron en búnkeres subterráneos mientras pasaba el peligro.

Golpeada en su centro y en sus símbolos por el grupo fanático privado Al Qaida y no por un Estado enemigo, la potencia norteamericana se tambaleó ese día, y luego se plantearon las nuevas alternativas de retaliación, iniciadas con una guerra de Afganistán que se ha convertido en un Vietnam moderno.

Los estrategas de la guerra y los expertos de la diplomacia saben que vale menos la retaliación ciega y caótica de un poderoso monstruo herido que la secreta planificación de las respuestas con cabeza fría, buscando verdaderos efectos y beneficios a futuro. Y que no tenía sentido lanzar al mundo en una tensa guerra indiscriminada de palabras entre el bien y el mal, tal y como lo plantearon los gobernantes de turno, pues ese tipo de acontecimientos se enracinan en fenómenos más complejos con causas profundas que requieren análisis, cartografías, diplomacia y cirugías rigurosas.

Al lanzar una guerra entre el bien y el mal, en este caso el "terrorismo", que es una palabra ambigua que se refiere a un método y donde cabe todo, la potencia engrandeció y diplomó a los fanáticos y les dio el rango del que carecían. Pero lo peor fue que bajo ese gobierno los más radicales halcones de la derecha estadounidense, los grandes lobbys de la industria armamentista y los herederos del sectarismo ideológico se adueñaron de la Casa Blanca e hicieron marchar al mundo a su ritmo, provocando una inútil guerra en Irak, que no tenía nada que ver con los atentados.

Para muchos expertos, como Joseph S. Nye, ex vice secretario de Defensa de Bill Clinton y el excanciller francés socialista Hubert Vedrine, fue un error declarar una "guerra mundial contra el terrorismo". Nye dice que "el precio real del 11 de septiembre para Estados Unidos es tal vez el de un error estratégico", pues durante la primera década del siglo XXI, cuando "el centro de gravedad económico mundial se inclinaba para Asia , ellos se preocupaban por una guerra inepta en Oriente Medio". La crisis financiera mundial iniciada en 2008 reveló por demás que ahora se están repartiendo las cartas del poder mundial y las viejas potencias tienen ahora que negociar en serio con los países emergentes del antiguo Tercer Mundo, gestándose nuevas alianzas y consensos inéditos.

Francia, que en ese entonces no estaba alineada como ahora, tuvo el honor de rebelarse en las Naciones Unidas en la voz del ministro de Relaciones exteriores Dominique de Villepin, el 14 de febrero de 2003, para advertir el error que significaba esa sangrienta guerra de Irak, que causó un millón de muertos, devastó el país y contribuyó a radicalizar con mayor fuerza a los grupos fanáticos del islamismo radical, que se volvieron franquicias de un Mc Donald's del terror y causaron baños de sangre desde la periferia asiática, medioriental y africana hasta el centro de las capitales occidentales como Madrid, en 2004, y Londres, en 2005.

Ahora la verdad es que hay otras Torres Gemelas económicas que amenzan con caerse y devastar muchos países ricos que ahora giran hacia el estancamiento, víctimas de su soberbia, los derroches en guerras inútiles y la tolerancia con los bandidos de cuello blanco de las finanzas mundiales. Mientras se hablaba del bien y el mal, los terroristas del dinero construían pirámides de especulación abusivas que aunadas al gasto delirante en guerras hacen temblar ahora los cimientos económicos del planeta, dejando una nueva humareda de recesión y pobreza.