domingo, 18 de febrero de 2018

EL ULISES LIMA DE ROBERTO BOLAÑO


 Por Eduardo García Aguilar
 La vida y la ficción coinciden con mucha frecuencia y lo que parece imposible se concreta con el paso del tiempo gracias a los laberintos de la palabra, rindiendo a veces justicia a los iluminados que calcinan sus vidas en pos de un sueño rebelde y literario, como fue el caso de Rimbaud y otros autores que murieron en la pobreza y el olvido, carcomidos por enfermedades o vicios destructores.

     Esto ocurrió con la existencia de Mario Santiago (1953-1998), poeta maldito mexicano que murió atropellado bajo los efectos del alcohol en las avenidas de la Ciudad de México, antes de que apareciera la novela Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño (1953-2003) que lo haría famoso con carácter póstumo bajo el nombre de Ulises Lima.

     El joven Mario Santiago fue el mejor amigo del autor chileno cuando éste vivió en México y juntos fundaron en los años 70 el movimiento infrarrealista, que pretendía transformar a la muy formalista poesía mexicana y cuestionar el reinado intelectual de Octavio Paz y sus discípulos. Ligados con los movimientos de vanguardia de los jóvenes peruanos de su tiempo, admiradores de los beatniks norteamericanos, los infrarrealistas querían inyectar vanguardia y malditismo al género y en su objetivo animaron agrios debates, sabotearon ceremonias oficiales y se ganaron la antipatía de sus contemporáneos.

     A fines de los 70 Bolaño se trasladó a Barcelona y allí emprendió su ambiciosa carrera literaria hasta cuando lo descubrió el poderoso editor Jorge Herralde, quien lo publicó y lo lanzó a la fama mundial. Antes de que saliera Los detectives salvajes, que ganó luego el Premio Rómulo Gallegos y fue traducida a muchas lenguas, Mario Santiago era el poeta más maldito y repudiado de México, ignorado por críticos y contemporáneos.

     De ese limbo lo sacó su gran amigo Roberto Bolaño, quien lo convirtió en protagonista de su novela más famosa bajo el nombre de Ulises Lima. El chileno cuenta en ese libro las aventuras de ese grupo de jóvenes poetas malditos y destaca la figura de Mario Santiago, con quien siguió escribiéndose y a quien recordó con gran afecto y admiración hasta su muerte.

     Mario Santiago sabía que su amigo estaba escribiendo esa novela, pero murió antes de conocerla. Luego del éxito colosal de Los Detectives salvajes y de la muerte prematura del chileno, convirtiéndose en leyenda y en la figura más importante de la literatura latinoamericana contemporánea, la polémica vida y obra de Santiago salió del olvido, las editoriales que lo rechazaron en vida publican antologías suyas, en las universidades es tema de tesis de grado y en coloquios se rastrea su leyenda. Si hoy resucitara, Mario Santiago se sorprendería de las ironías del destino y soltaría una larga y sonora carcajada.  

     No viví los tiempos iniciales del infrarrealismo. Conocí a Mario recién llegado a México a fines de 1980, cuando ya en cierta forma se había disuelto el grupo y sus principales momentos con la presencia de Roberto Bolaño en México habían quedado atrás. En diciembre de ese año gané el premio de cuento Los Otros editores, convocado por la editorial El tucán de Virginia y así desde la entrega del mismo en la Glorieta de Insurgentes me relacioné con varios escritores de mi generación o mayores que estaban allí presentes esa noche.

     No sé si fue ahí que lo vi por primera vez, pero sí tengo un primer recuerdo muy nítido, siendo ya amigos, cuando nos invitó a su buhardilla en algún lugar de la Roma o la Condesa donde vivía y ahí nos tomamos una botella de mezcal que tenía en el interior un peyote que me impresionó mucho. Nos cruzábamos en presentaciones de libros, reuniones en casa de amigos franceses que frecuentábamos con Pieldivina, otro amigo de esa época y personaje mencionado con su propio nombre en la novela de Bolaño y con quien trabajé en un periódico en 1982, cuando fui enviado como corresponsal de guerra a Centroamérica.

     En ese entonces estaban vivas todas las grandes figuras de la literatura mexicana y Mario y yo nos hicimos amigos por muchas razones. Era un mexicano habituado a conocer escritores sudamericanos jóvenes, además era un cosmopolita que había vivido en Europa y se encontraba con otro muchacho que acababa de llegar de allá. El haber coincidido en París al mismo tiempo, aunque no nos vimos allí, nos acercó mucho más. Con Mario podíamos hablar de poesía francesa, norteamericana y latinoamericana. Yo le contaba de mi paso por la librería de los beatniks City Ligths de Ferlinghetti, situada en el barrio italiano de San Francisco y él me hablaba del Perú, Barcelona, México, y de su viaje a Israel, que está muy bien relatado por Bolaño en la novela.

     Nos vimos por última vez en la diciembre de 1997 poco antes de su muerte. Yo me fui de México en mayo de 1998, días después del fallecimiento de Octavio Paz. La última vez que nos vimos y yo le conté que me iba, nos despedimos y él lloró. Vi sus lágrimas encharcar sus ojos y rodar por sus mejillas. Era un hombre muy sensible. Fue muy conmovedor para mí. Era como si supiera que nunca más nos volveríamos a ver. Me dio un papel con la dirección y el teléfono de Bolaño en Cataluña para que lo buscara, pero nunca lo hice. Me habló de esa novela que su amigo estaba escribiendo, que publicaría poco después de la muerte de Mario y que él nunca leyó. Y fue muy curioso que Paz muriera poco después de él. Fue el fin de una época, porque de todas maneras Paz era muy importante para él, como lo fue para todos nosotros. Es magistral la descripción que hace Bolaño de un encuentro imaginario entre Mario Santiago y Octavio Paz en el Parque Hundido de la Ciudad de México.


     Después, en la primera antología de su obra poética publicada por El Fondo de Cultura Económica bajo el nombre de Jeta de santo, apareció un poema que él me dédicó y que yo no conocía. Me conmovió mucho la dedicatoria, pero ya no puedo buscarlo para brindar y agradecérsela al calor de unos vinos. Él siempre me visitaba con frecuencia en la oficina de la Agence France Presse, situada en el piso 28 de la Torre Latinoamericana y de ahí salíamos a comer o cenar los dos solos. Caminábamos y visitábamos las cantinas del centro. Hacia el mediodía, cuando él llegaba a AFP y nos veíamos, ya había pasado la resaca de sus tragos y nuestras charlas no eran etílicas, por el contrario se daban con plena lucidez.

    Era un Mario Santiago lúcido, sobrio, agudo en sus comentarios, una persona muy educada, cortés y lúcida, o sea un Mario que en cierta forma era un "chico bien" de clase media que se habia perdido en la poesía y el alcohol. Para nada el Mario del mito y la leyenda negra que, sin embargo, hay que reconocerlo, se apegaba a su cruda realidad.

     Cuando publicó Aullido de cisne me invitó a presentar el libro el  13 de septiembre de 1996 en el Ex Teresa, situado en el centro histórico de la Ciudad de México, y yo preparé un texto muy elaborado que Juan Villoro publicó en el suplemento de La Jornada Semanal de la capital mexicana. Como espectador exterior yo tenía una visión más amplia y menos turbia de la literatura mexicana, alejada de intrigas, grillas y ninguneos. Y como había ejercido en esos tres lustros una intensa actividad crítica en Sábado, Excélsior y varios suplementos y revistas, supongo que él confiaba en que mi visión sobre su obra sería más objetiva e independiente y menos desprejuiciada. En Sueño sin fin, largo poema de Mario publicado en Barcelona con prólogo de Bruno Montané Krebs por Ediciones sin fin en 2012, aparece al final una entrevista que le hace Leo Eduardo Mendoza el 10 de septiembre de 1996 en El Universal, donde se anuncia la presentación de Aullido de cisne tres días después.   

     Ni Mario Santiago ni Roberto Bolaño, que murieron de manera prematura, saben como se han convertido en verdaderas leyendas y objetos de culto oficial. Los malditos en vida terminaron convertidos en santos literarios y sus detractores más tenaces de ayer presumen hoy de haberlos conocido y elogian sus obras. Son las crueles ironías de la vida y la muerte que siempre nos sorprenden.

                                          París, sábado 10-II-2018  





domingo, 4 de febrero de 2018

EL MUNDO DE LOS LIBROS

Por Eduardo García Aguilar
El diario Le Monde dedicó esta semana parte del último número de Le monde des livres (El mundo de los libros) a celebrar con un poco de retraso el cincuentenario de su fértil existencia, ya que fue fundado por Jacqueline Piatier el 1 de febrero de 1967 y desde entonces se ha convertido en la principal referencia de las novedades editoriales en uno de los países donde se ha vivido y vive aún la vida literaria con mayor entusiasmo.
En los 70, cuando alcanzó la velocidad de crucero en los años gloriosos de prosperidad y esperanza posteriores a mayo del 68, la publicación, que aparece desde entonces cada jueves, se volvió rentable gracias a la publicidad de las editoriales y llegó a reseñar más de 1300 novelas o ensayos por año. Sus lectores coleccionan los números que se vuelven intemporales dado el rigor de los reseñistas y el largo camino de los autores, que de una novedad inadvertida pasan a veces a convertirse en figuras de culto, como ocurrió en Francia con Pierre MichonAnie ErnauxHouellebecqPascal Quignard y Virginie Despentes, entre otros muchos.
Le monde des livres es casi como una pequeña universidad de la lectura, pues los coleccionistas, cuando remueven sus archivos, se encuentran con sorpresas y repasan el largo historial de este interminable camino de las letras contemporáneas y pasadas que no tiene fondo ni fin posible, como un caleidoscopio de galaxias de palabras, imágenes e ideas. Y con dolor, cuando llega la hora de abrir espacio en las habitaciones, deciden botar a la basura centenares de ejemplares de este vital elemento nutritivo del espíritu. Y a medida que llenan las bolsas de basura ven desaparecer poco a poco las imágenes de RousseauVoltaireSadeGeorge SandChateaubriandBalzacProustColetteCélineMalraux y tantas otras glorias que en sus aniversarios ha celebrado el suplemento, cuando no las imágenes de WhitmanFlora TristánConradDickensTolstoiLord ByronVirginia WoolfHemingway Samuel Beckett.       
La cronista Raphaëlle Bacqué se sumergió en los archivos de este suplemento literario para contarnos el largo reino de su fundadora hasta su jubilación y las peripecias vividas por sus directores posteriores, entre ellos François Bott y la muy conocida Josyane Savigneau, que durante su permanencia hasta 2005 le dio gran dinamismo a la publicación, no exento de polémicas acerbas, en especial por la presencia en sus columnas del escritor Philippe Sollers o por sus decisiones editoriales independientes, que la llevaron a su evicción y posterior exilio interior en el periódico, como lo relata en un aciago libro.
Cada jueves, a lo largo de este medio siglo, lectores, bibliófilos, bibliomaniacos y bibliópatas se precipitan a los kioskos y después se sientan en el café para hojear en calma un suplemento, donde conocerán las novedades con artículos escritos por los reseñistas profesionales de la casa o escritores o críticos conocidos. Por el auge invicto de la novela como género preferido de los lectores, el suplemento ha dado cuenta de grandes obras escritas en este medio siglo, como fue el caso de la traducción de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, hecha por el editor Claude Durand y su esposa, que primero pasó algo inadvertida y fue relanzada gracias al tacto de su directora y colaboradores alertados por él éxito subterráneo del libro.
SoljenitzinPhilip RothToni MorrisonAlbert CohenUmberto EcoLe ClézioPatrick ModianoJuan MarséJavier MaríasNadine GordimerElfriede JelinekHerta MüllerElena Ferrante, son algunos de esos miles de novelistas locales y extranjeros que llamaron la atención de los críticos y ocuparon sus portadas a lo largo de este tiempo. Pero lo que lo ha convertido en un suplemento de colección son los artículos sobre libros filosóficos, historiográficos, lingüísticos, arqueológicos o de fenómenos de sociedad, abordados por expertos. Sus páginas acudieron a los principales historiadores cuando se celebró el bicentenario de la Revolución Francesa en 1989, lo que dio lugar a una revisión en regla de ese acontecimiento histórico mitificado en torno al que confluían a veces con emoción e irracionalidad todas las tendencias políticas opuestas y cuya crítica encendida hizo François Furet. También sus páginas abordaron la irrupción espectacular de un pensador como Michel Foucault, que removió las entrañas de muchos temas y cuyos libros siguen siendo décadas después de su muerte de gran actualidad.
Además de abordar las novedades de Simone de BeauvoirYourcenarFrançoise HéritierSusan SontagLévi-StraussBarthesDeleuzeJacques Derrida y tantos otros pensadores de ambos sexos, el suplemento ha sido también una ventana crucial para exponer el largo camino de los movimientos feministas desde su irrupción en Estados Unidos con Kate Millett y Camille Paglia, entre otras teóricas subversivas, y en Europa con toda una pléyade de autoras surgidas en las manifestaciones del Movimiento de Liberación Femenino (MLF) que conquistó en su momento el derecho al aborto y luchó por la liberación de las costumbres, tema que sigue siendo de gran actualidad y se ha extendido con mayor amplitud a los derechos LGTB y a los temas de género.
Nicole ZandRapahëlle LeyrisPierre LepapeMichel BraudeauPhilippe SollersRoger-Paul Droit son algunos columnistas permanentes que dieron savia a esas páginas y que están inscritos en su historia, escritores y periodistas que cumplen la tarea de comentar lo escrito por los otros y hacer el mapa de las letras en el viaje efímero de la fama y del olvido. Cuando en casi todos los países desaparecen los suplementos literarios y son reemplazados por secciones de entretenimiento o de publicidad para best-sellers, la existencia de Le monde des livres es una proeza que da aliento a los defensores de la cultura y las humanidades.
*Publicado en Expresiones. Excélsior. México. Febrero 4 de 2018.

lunes, 22 de enero de 2018

EL VIAJE FINAL DE DOS ESCRITORES AMIGOS

Por Eduardo García Aguilar
En fechas recientes fallecieron dos escritores amigos, uno mexicano y otro colombiano, cuya característica humana fue siempre la caballerosidad y la elegante modestia. Nada en Alonso Aristizábal (1945-2018) y en Miguel Ángel Flores (1948-2018) se relacionaba con esa carrera desbocada por el reconocimiento en la que caen tantos autores que padecen de un déficit de atención y son capaces de derribar a codazos o a patadas a sus semejantes con tal de aparecer en los primeros planos, obtener premios y buscar los efímeros y vanos aplausos del público infiel. 
Antes que todo ambos fueron lectores, amantes de los libros y de las historias y mundos que hay dentro de ellos y su pasión era la conversación en torno a un café sobre la vida y los autores preferidos. Aunque no figuraban en los podios principales y vivían con una serenidad maravillosa el hecho de no ser estrellas, había en ambos una sabia distancia frente a los ajetreos en que incurren sus contemporáneos, por lo que se dedicaban en silencio a tejer una obra polígrafa, donde la creación era acompañada con la crítica, la docencia, y la reflexión literaria. 
Con Alonso Aristizábal tenía una relación especial, pues nació en Pensilvania, ciudad del oriente de Caldas de donde provenían mi abuela materna y mi madre y al leer Un pueblo de niebla o Una y muchas guerras trataba de acercarme a esa historia desconocida de esa localidad que vivió hasta hace poco como tantas en Colombia episodios innombrables de violencia.
Tanto en Aristizábal como en mi abuela Mercedes Ramírez Cardona se percibía la melancolía, la secreta carga emocional de aquellos episodios oscuros que hacen parte del imaginario colectivo local, como la balacera de 1936 sobre la que escribe el novelista y los posteriores episodios de La Violencia anterior y posterior a la muerte de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, así como las nuevas oleadas de guerras sangrientas, que llegan hasta los recientes y tenebrosos tiempos del paramilitarismo. Aristizábal escribió además de sus novelas, el libro de cuentos Escritos en los muros, así como un volumen de poesía y varios libros sobre autores colombianos tales como Vida y obra de Pedro Gómez Valderrama y Mito y trascendencia en Maqroll el Gaviero. También ejerció la docencia y en varias oportunidades guió en sus primeros pasos a grupos de escritores que se refieren a él con agradecimiento por la forma en que analizaba sus textos y les prestaba libros que él consideraba necesarios para su formación. Será necesario ahora rastrear y publicar en un volumen los centenares de ensayos de crítica en los que se refirió con generosidad a los autores de sus generación y posteriores. 
Como ocurre siempre cuando los amigos o los seres queridos se van, la noticia de su desaparición nos confronta con todos los diálogos y encuentros posibles que no se dieron por los ajetreos de la vida, viajes, ausencias, así como los temas y preguntas que uno no abordó ni hizo en su momento, dejándonos de repente frente al hielo ineluctable de un silencio que ya es irreversible. Lo vi por ultima vez en la pasada Feria del libro de Bogotá en abril de 2017. El momento más álgido de mi relacion con él fue en 1991 cuando lo llamé desesperado a contarle la muerte de mi padre, que él conocía, y me recomendó con sabiduría "la resignación". Palabra que no olvido. Ahora toca resignarnos a su partida.
Me hubiera gustado explorar con Alonso la vida profunda de Pensilvania, donde vivieron parte de mis ancestros, localidad a donde nunca he ido pese a que allí transcurrió parte importante de la vida de quienes me antecedieron y cuyo mundo describe Aristizábal en su obra principal. Se trata de ese extraño mundo del oriente del departamento de Caldas, poblado en varias oleadas sucesivas por colonizadores provenientes de los vecinos pueblos del sur de Antioquia, un mundo agrario marcado como toda la región por el cultivo del café y la belleza paisajística y boscosa de la naturaleza templada. Alonso murió de manera súbita en Medellín y se fue tan discretamente como vivió. 
En lo que respecta al poeta y ensayista mexicano Miguel Ángel Flores, desaparecido como Aristizabal en el transcurso de este enero de 2018, tuve la fortuna de reunirme muchas veces con él a lo largo de los tres lustros que viví en la capital mexicana. Oriundo de la Ciudad de México, Flores estuvo ligado a la Universidad Autónoma Metropolitana, donde participó en incontables aventuras editoriales y académicas y también fue diplomático en París durante una temporada, por lo que compartíamos el amor por las letras francesas de todos los tiempos.
Obtuvo con el libro Contrasuberna el Premio Nacional de poesía de Aguascalientes en México en 1980 y publicó muchos libros de ensayos, entre ellos el reciente Horas y deshoras, donde recopila textos de periodismo cultural publicados en la revista Proceso y en otros medios, así como su antología de Poetas checos y sus evocaciones de Praga. Tradujo a los poetas portugueses Fernando Pessoa y Cesario Verde y a los checos Jaroslav Seifert y Vladimir Holan. Su poesía personal incluida en unos diez volumenes cortos es tersa, decantada y casi transparente como lo atestiguan las pinceladas de sus poemas Venecia, Nueva Amsterdam o Regreso a casa.
Con Miguel Ángel Flores, quien estudió economía como muchos poetas del mundo, entre ellos Wallace Stevens y T. S. Eliot, nos reuníamos con frecuencia en algún restaurante del centro histórico de la Ciudad de México, en esos sitios donde a lo largo del siglo XX se encontraban a charlar los funcionarios amantes de las letras de diversos ministerios o instituciones tradicionales como el Banco de México y, por supuesto, el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob en su tiempo. 
A diferencia de muchos autores de su generación, gustaba vestir de manera impecable, con trajes muy bien cortados y recién extraídos del pressing, lucía corbata, a veces corbatín y camisas muy blancas de cuello almidonado. Era un capitalino esencial como tantos de esos intelectuales que a la vez trabajan en las oficinas gubernamentales y aman el arte y las letras y las tradicionales librerías de viejo de Donceles, a donde solíamos ir juntos en busca de sorpresas e incunables baratos.
Como fue un gran viajero y curioso de las letras mundiales y latinoamericanas, en nuestras conversaciones siempre estaban presentes los autores clásicos colombianos como José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Aurelio Arturo, Álvaro Mutis o Fernado Charry Lara y por supuesto planeaba siempre la presencia intangible del Premio Nobel Gabriel García Márquez y de su amigo Carlos Fuentes, a quien Flores admiraba y sobre quien escribió.  
Ahora que se ha ido este amigo mexicano celebro con él la alegría de compartir la mesa al calor de la literatura y el vino, con esa cortesía y generosidad de donde estaba excluida cualquier competencia, intriga o emulación literaria. La mesa y la conversación en la tarde y la despedida frente al palacio de Bellas Artes a la hora en que los ajetreos de la enorme metrópoli se hacían cada vez más irrespirables. Vivía en un barrio alejado, en una de esas colonias viejas de la capital donde compartía y tenía el cuidado de su familia. La enfermedad lo rondó mucho tiempo, pero él la encaró siempre con dignidad y entereza. Miguel Ángel Flores y Alonso Aristizábal sin duda eran santos e irán al cielo de los poetas a juntarse con Fernando Pessoa, Withman, Verlaine y Constantin Cavafis.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de enero de 2018.

domingo, 7 de enero de 2018

EL ESCÁNDALO CÉLINE

Por Eduardo García Aguilar
De nuevo, como ocurre de manera cíclica, se desata el escándalo en torno a los escritos antisemitas del novelista Louis-Ferdinand Céline, cuando la editorial Gallimard prepara la edición de tres largos panfletos infames por los cuales el autor colaboracionista fue condenado y tras la Liberación tuvo que huir a Sigmaringen en Alemania y luego a Dinamarca, y a su regreso vivir el resto de su vida marcado por la indignidad bajo la protección de su última mujer, la bailarina Lucette, quien aún está viva y tiene 105 años.
Nadie niega la maestría de su famosa novela Viaje al fondo de la noche (1932), una de las grandes del siglo XX al lado de la monumental En busca del tiempo perdidode Marcel Proust, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, La montaña mágica de Thomas Mann, las obras de Kafka, Roth, Svevo, entre otras muchas, según el gusto de los lectores.
Con una prosa febril, incansable, Céline (1894-1961) logra adentrarse en la vida de la gente y el turbio corazón humano a través de los viajes por varios países y las exploraciones y descripciones de los pacientes que atendió como médico en el barrio popular de París donde tenía su gabinete. Como esa obra, Muerte a créditoy otras posteriores confirmaron su maestría, lo que lo llevó a obtener premios y el reconocimiento de la crítica.
Pero como otros escritores franceses notables de la época, tales como Drieu la Rochelle, Robert Brasillach y Ramon Fernandez, Céline adhirió con júbilo a la invasión nazi de su país con total convicción no sólo antisemita sino ideológica y participó en giras, reuniones y colaboró denunciando y azuzando a la persecución de los judíos, miles de los cuales, entre ellos niños y ancianos, fueron detenidos, sacados de escuelas y casas y deportados en los famosos trenes de la muerte hacia los campos de concentración, de donde nunca volvieron.
El antisemitismo es una tradición ancestral anclada en el imaginario de la cultura francesa y europea, y sólo en algunos momentos como en los tiempos de la Revolución y cuando las repúblicas laicas fueron aceptadas en el país con plenos derechos, aunque partidos políticos de extrema derecha, borrachines de cantina e ideólogos seguían y siguen justificando o negando de manera larvada el Holocausto.
Basta revisar las obras de algunos novelistas y ensayistas franceses de todos los tiempos para encontrar rastros de ese absurdo y pertinaz odio por los individuos pertenecientes a un pueblo perseguido en todas partes y provenientes desde las zonas más profundas del Este europeo unos o de las capitales mediorientales, donde se refugiaron los sefardíes y donde convivieron a veces en paz y otras llevados al éxodo de país en país o fueron víctimas de genocidios. Como los judíos, otros pueblos de diversos orígenes han corrido también con la misma suerte y lanzados al éxodo.
La competencia entre algunos autores de renombre y hasta clásicos es en el nivel de la infamia, la fuerza de las palabras discriminatorias y el ardor de la inquina y la imprecación. Por ejemplo, en un libro sobre catedrales góticas, museos y obras de arte escrito por el decadente autor de fin de siglo XIX Joris Karl Huysmans uno descubre de repente con estupor cómo esa inteligencia se enciende en insultos y epítetos atroces, en improperios e injurias devastadoras contra los judíos que no son necesarios ni pertinentes dado el tema tratado y se riegan como veneno de manera absurda sobre páginas magistrales.
Lo mismo ocurre con Céline y toda una serie de autores que incluso en la actualidad siguen practicando el arte de la injuria contra ese pueblo, acusándolo de todos los males y defectos y describiendo a sus individuos basados en prejuicios que no tienen ningún asidero y llegaron a su culmen con Mi lucha de Adolfo Hitler —cuya edición crítica reciente en Alemania causó igual polémica—, y con la organización del exterminio industrial de ese pueblo ordenado por el Estado nazi.
Céline y los autores colaboracionistas han vivido después en un limbo azufroso. Cuando uno se encuentra en alguna librería de viejo con esos títulos, muchos de los cuales no han sido editados hace tiempo, uno se pregunta cómo personas ilustradas y de talento pueden hundirse en reacciones tan primarias y dejarse llevar por el odio hasta niveles tan repugnantes e inhumanos.
Porque los defectos humanos son universales por encima de orígenes étnicos o colores de piel. La codicia por el dinero, la envidia, el deseo de acumulación, la avaricia, la usura, el belicismo y todos los pecados habidos y por haber son practicados por individuos de todos los pueblos y son inherentes al hombre en general, árabes, judíos, indios, latinoamericanos, africanos, rusos, europeos, estadunidenses por igual y sin distingo. ¿Por qué entonces imputárselos sólo a un pueblo estigmatizado desde hace milenios como el judío?
Todos esos temas saltan a la palestra ante la probable edición conjunta de esos panfletos atroces con base en una publicación canadiense reciente de los mismos y que, según los críticos, deben ser publicados con un aparato crítico riguroso que explique el contexto.
La viuda de Céline, que hasta ahora fue firme por deseo de su marido en no dejar reeditar esos libros que les causaron tanta desgracia, al parecer aceptó, por fin, su salida, pero otros dicen que mejor valdría la pena esperar a 2032 cuando ya entran en Francia a la esfera pública para preparar una edición impecable.
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* Publicado en Excélsior. Expresiones. México. 7 de diciembre de 2018.

lunes, 25 de diciembre de 2017

HISTORIAS SECRETAS DE GABRIEL Y MARIO

Por Eduardo García Aguilar

En el libro De Gabo a Mario. La estirpe del boom, de Ángel Esteban y Ana Gallego Cuiñas, ambos profesores destacados de la Universidad de Granada, en España, se pasa revista a los secretos de la amistad entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, por medio de una minuciosa investigación que incluye la revisión de la correspondencia de ambos localizada en universidades estadounidenses y testimonios, entrevistas y documentos diversos.
Aunque antes de conocerse personalmente se escribían como si fueran viejos amigos, el primer encuentro ocurrió en Caracas en 1967, cuando el joven peruano recibió el Premio Rómulo Gallegos por su segunda obra La Casa verde y acababa de aparecer Cien años de soledad en Buenos Aires, libro que obtendría el mismo premio cinco años más tarde, en 1972. El colombiano había quedado fascinado con la Ciudad y los perros, la novela que ganó el Premio Seix Barral, y seguía la carrera de quien era casi una década menor que él y todos consideraban al unísono ya como un precoz geniecillo de la narrativa latinoamericana.
Aunque pareciera injusto, muchos críticos del momento veían en la prosa realista de Vargas Llosa y en sus aceitadas técnicas novelísticas un nuevo aire para el género y miraban con cierto desdén a grandes novelistas anteriores como el cubano Alejo Carpentier, los venezolanos Rómulo Gallegos y Arturo Uslar Pietri o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, quien acababa de obtener el Premio Nobel y después sostendría una agria polémica con el colombiano.
Vargas Llosa había llegado a París con su esposa la tía Julia y mientras trabajaba en Radio France Internacional y la Agence France Presse tecleaba como loco hasta el amanecer en su primera novela y se aplicaba a sí mismo un estricto rigor en materia de trabajo literario, lejos de la bohemia de otros autores, tal y como lo relata en su correspondencia el ya fallecido autor peruano Julio Ramón Ribeyro, que fue uno de sus amigos más cercanos en aquellos años 60.
Varias coincidencias los acercaban. Con algunos años de diferencia, tanto García Márquez como Vargas Llosa vivieron momentos difíciles en París y fueron salvados por la misma Madame Lacroix, dueña de un hotel cerca de la Universidad de la Sorbona donde los dejó estar sin pagar hasta que vinieran tiempos mejores. A su vez, ambos fueron criados por sus abuelos maternos y tuvieron una relación tardía con sus respectivos progenitores, que conocieron de verdad cuando tenían unos diez años y con quienes el trato no fue fácil para ellos en la adolescencia y en la primera juventud.
También los dos estudiaron en lejanos internados, ejercieron muy temprano el periodismo y el destino los llevó a Europa por distintas vías. Al coincidir sus triunfos en la agitada década de los 60, los dos amigos supieron pronto que los reflectores se dirigían a ambos como las verdaderas estrellas máximas del famoso boom comercial creado por la agente literaria Carmen Balcells, una especie de reina Midas que todo lo convertía en oro.
A ambos se los trajo Balcells a Barcelona para que siguieran escribiendo su obra. El libro relata los preparativos de la llegada de Mario con su nueva esposa la prima Patricia y la vida mundana de los Gabos y los Vargas en medio de los fastos de la izquierda caviar de la ciudad condal, entonces uno de los centros más vigorosos del mundo editorial hispanoamericano que poco a poco crecía a medida que se daba el crepúsculo del dictador Francisco Franco.
García Márquez fue padrino del segundo hijo de Vargas Llosa, Gonzalo, quien lleva el mismo nombre que el segundo retoño del colombiano. Alguna vez, como lo muestra la entusiasta correspondencia comentada en el libro de Esteban y Gallegos, planearon escribir una novela a cuatro manos sobre la guerra de Colombia con el Perú, en la que cada uno abordaría las vicisitudes de la misma desde la perspectiva de sus países natales. Y la amistad llegó a tales niveles de entendimiento y admiración mutua, que el joven Vargas escribió como tesis doctoral un enorme volumen sobre la obra del nativo de Aracataca, que publicó en Seix Barral bajo el título de Historia de un deicidio, pero que desde los tiempos de su legendaria riña en México no volvió nunca a ser publicado por veto del peruano.
La amistad duró desde 1967 hasta 1976, cuando el excadete Vargas Llosa le dio de trompadas a García Márquez a la salida de un cine en la Ciudad de México por razones de celos, ya que según versiones de los diversos biógrafos, cronistas y articulistas hubo un malentendido del peruano sobre el comportamiento y las intenciones del creador de Macondo con su esposa Patricia en un episodio nocturno barcelonés del que se enteró después, a través de la versión de su dama.
Los dos amigos enemistados obtuvieron el consagratorio Premio Nobel, que solo fue un episodio más en el éxito mundial logrado por ambos en un contexto que nunca había ocurrido ni se repetirá, el de la guerra fría ideológica entre las dos potencias mundiales y el posterior fin de la Unión Soviética. García Márquez llegó muy rápido al Nobel a la edad de 54 años por el carácter de ícono de la izquierda latinoamericana y mundial en que se había convertido por su militancia y obra bíblica y Vargas Llosa lo obtuvo mucho más tarde por lo contrario, como ícono de la derecha liberal triunfante después de la caída del Muro de Berlín y el fin de los sueños socialistas y marxista-leninistas, que él tanto ha fustigado.
La ruptura de los amigos también se dio en ese contexto de la guerra fría entre las dos potencias mundiales del momento. Vargas Llosa, quien fue ferviente izquierdista y favorable a Cuba al principio de la Revolución, fue evolucionando poco a poco hasta renegar de esos idearios, mientras García Márquez, quien al principio fue escéptico tras su paso por la agencia Prensa Latina, terminó siendo amigo íntimo de Fidel Castro y militante fiel de la causa hasta el fin de sus días.
Todas estas historias y muchas más están contadas en este ameno libro de Ángel Esteban y Ana Gallego, publicado hace poco por la excelente editorial Verbum, de Madrid. Y al leerlo uno comprende que estos episodios ya hacen parte de la historia, aunque el único sobreviviente de aquel extraordinario fenómeno ya dinosáurico del boom es Vargas Llosa, octogenario feliz y triunfante que hoy vive una historia de amor crepuscular con la exesposa de Julio Iglesias, Isabel Preysler, cuya pasión carnal nos hace recordar la gran novela de García Márquez El amor en los tiempos del cólera, donde se nos cuenta que nunca es tarde para encontrar o reencontrar el amor de la vida.

sábado, 9 de diciembre de 2017

HOMENAJE NAPOLEÓNICO A JOHNNY HALLYDAY

 
Por Eduardo García Aguilar
 
Este sábado en la tarde casi toda Francia quedó paralizada durante los homenajes fúnebres a la estrella popular del rock francés Johnny Hallyday (1943-2017), quien durante medio siglo fue la figura más conocida de la farándula, un ídolo donde se concretaron las esencias de un país que vivió durante su reino tres décadas de esplendor y progreso económico y otras dos de crisis y desequilibrios políticos y sociales.
 
Como la otra gran estrella francesa anterior, Edith Piaf, cuyo sepelio también fue multitudinario, Hallyday fue abandonado por un padre alcohólico e ingresó desde niño al mundo precario del espectáculo, desde donde se izó desde los 14 años poco a poco a las más grandes alturas del éxito. Desde entonces cada uno de sus gestos, amores, bodas, enfermedades o problemas fueron seguidos milímetro a milímetro por varias generaciones de franceses, aunque en el mundo casi nadie lo conocía. Era menos famoso que Julio Iglesias o Shakira y su celebridad se reducía solo a Francia.  
 
Pagó servicio militar cuando el grave conflicto de la guerra en Argelia en 1962. Se casó en 1965 ante las multitudes con otra gran estrella popular de la canción, Sylvie Vartan, con quien tuvo a su primer hijo, David, también estrella de rock. Luego fue al altar en 1982 con la famosa actriz Nathalie Baye, madre de su hija Laura, joven actriz. Y sus otros matrimonios fueron seguidos por las revistas de corazón, hasta el último con Laetitia, a quien se unió cuando él tenía 51 años y ella 19, y con quien adoptó dos niñas vietnamitas.  
 
Hallyday fue siempre de derechas y apoyó con fidelidad a sus candidatos en las campañas presidenciales y durante mucho tiempo protestó por los altos impuestos que le cobraban en Francia. En un momento quiso adoptar la nacionalidad belga para escapar al fisco. Su música tenía poco de francesa y mucho más de estadounidense y sus verdaderos afectos fueron California y Beverly Hills, la isla caribeña de Saint Barthelemy, donde su cuerpo reposará al final, las motocicletas Harley Davidson, y las drogas y las fiestas en yates y en clubes privados con millonarios.  
 
Imitador de Elvis Presley y James Dean, Hallyday hizo parte de una generación de rockeros que cambiaron sus nombres franceses por seudónimos anglófonos, como fue el caso de sus grandes amigos Eddy Mitchel y Dick Rivers. En pleno auge económico de los años 60, estos jóvenes despertaron a la juventud proletaria que vivía bajo el yugo patriarcal y creció en la pobreza de la posguerra con la rebeldía del rock de Elvis Presley, chaquetas de cuero, botas vaqueras, gestos de James Dean y una actitud de riña de barriada similar a la que se cuenta en la película musical estadounidense West Side History.
 
Johnny era bello, alto, blanco, de ojos rasgados azules y movía el cuerpo como lo hacían los rockeros gringos que cantaban grandes éxitos como "Ahí viene la plaga" o "El rock de la cárcel". En cada país de Occidente surgieron imitadores de este movimiento que se adaptaban a las lenguas locales y recorrían pueblos y ciudades dando conciertos donde los obreros jóvenes enloquecían y las chicas de las barriadas perdían la razón y se desmayaban.
 
Millones de abuelas francesas de hoy lloraban al verlo y los abuelos lo imitaban y lo seguían de concierto en concierto. Todos coleccionaron discos, objetos, prendas, fotos, como ocurrió en Estados Unidos con el icónico Elvis Presley. Miles de ancianos, acompañados por sus hijos y nietos llegaron hoy a París por tren, auto o motocicleta para asistir a su sepelio. Tal fue el caso en América Latina de Sandro de América, el ídolo argentino que enloquecía desde los escenarios trajeado con camisas de flores y pantalones estrechos, el pecho al aire y la melena rebelde y audaz.
 
Los viejos no vieron venir entonces el movimiento ni en Estados Unidos ni en Europa y asistieron impotentes, pese a su autoritarismo y a la amargura de haber sufrido la guerra, a la rebelión de sus hijos, que ya no querían ser proletarios sumisos y por el contrario se escapaban a las fiestas y a los salones de baile, augurando ya la posterior revolución sexual de los años 60 y la explosión de otras músicas más modernas como el clásico In a Gadda da Vida de Iron Buterfly, al que siguieron Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Bob Marley, Joe Cocker y centenares de estrellas pop más, algunas más cultas o comprometidas como Bob Dylan y la agitadora de origen hispano Joan Baez, quienes aun recorren el planeta dando conciertos y hasta ganando el Nobel de literatura, como el autor de Míster Tambourin Man y Blowin in the wind.
 
El cuerpo de Halliday recorrió los Campos Elíseos en medio de la muchedumbre, llegó a la Plaza de la Concorde y después se dirigió a la muy tradicional y napoleónica iglesia de la Magdalena, donde se le rindieron honras fúnebres católicas en presencia del presidente Emmanuel Macron y los expresidentes Hollande y Sarkozy, así como las principales estrellas de la farándula, el cine y la música en pleno. Se inclinaron ante el féretro de Johnny el presidente, el primer ministro y el presidente del Senado. La ceremonia transmitida en directo parecía un acto del Antiguo Régimen, incluso parecido a la autocoronación del corso Napoleón Bonaparte. El féretro salió con lentitud de la iglesia acompañado por sacerdotes, monaguillos y alguaciles y fue despedido por centenares de miles de fanáticos agolpados en las avenidas. Ni siquiera el general Charles de Gaulle, liberador de la patria, mereció un homenaje parecido.     
 
Esto fue algo nunca visto en medio siglo de historia del país, lo que consagra ya para siempre el reino de del mundo del espectáculo, anunciado por el gran filósofo Guy Debord en su clásico libro La sociedad del espectáculo. 
 
La farándula, las estrellas de la revista del corazón y los futbolistas se han convertido en la nueva aristocracia hegemónica de la República. Políticos, intelectuales, escritores, clérigos, ministros, todos quieren ser estrellas y aparecer en el semanario Paris Match o la revista Closer. El poder se adapta a la narrativa veloz de los tiempos modernos y hoy, en esta ceremonia increíble, se ha consumado la boda final entre la televisión y la República monárquica francesa. El sepelio de Johnny es un hecho histórico en el país de Pascal y Descartes y su análisis apenas comienza.   


domingo, 26 de noviembre de 2017

ÚLTIMO JAZZ EN SAN FRANCISCO



Por Eduardo García Aguilar
Negros, hispanos, blancos, drogadictos, traficantes, mendigos. Ellos componían el ambiente de la calle Leavenworth. La calle daba hacia Market, en una zona llena de hoteles y de vecindarios baratos, de restaurantes chinos e italianos y de hamburgueserías donde se podía comer por unos centavos de dólar. A poca distancia de allí había barrios mejores que daban hacia la bahía o hacia el clásico centro poblado de tranvías y comercios modernos. San Francisco es una ciudad de contrastes. El área de la bahía un conjunto de sorpresas.
Allí vivía el bostoniano Phil Glendenen. Pero no en Sausalito o en Berkeley, sino en un hotelucho de la calle Market por el que pagaba una suma irrisoria. Era un hombre de 38 años, pero aparentaba mucho más. Había sido uno de los más furibundos hippies de San Francisco y sonriente lo llevaba a uno a conocer los sitios donde se tatuaba Janis Joplin, o donde una estrella de rock había muerto de overdose. Calvo, de ojos grises, algo robusto, siempre llevaba tenis y un negro gabán para protegerse de los ventarrones que bajaban por las calles y entraban hasta los huesos.
Hacía tiempo estaba escribiendo una novela. En su cuarto, además de una máquina de escribir portátil se podía observar bultos de plástico que contenían las versiones interminables de su obra. Como miles de escritores norteamericanos, aún más solitarios y olvidados que los latinoamericanos, escribía con una fe ciega en el arte, pero sin esperanzas de convencer a un editor y mucho menos de lograr el éxito de Norman Mailer o de Gore Vidal. Su obra hablaba de los andantes de Estados Unidos, de aquellos viejos, tristes hippies que habían visto el derrumbe de sus ilusiones cuando ya era imposible volverse hacia atrás y rehacer su vida. Los personajes eran seres inteligentes, demasiado lúcidos tal vez, caracterizados por la incapacidad de adaptarse al mundo de su tiempo y que tarde o temprano terminaban viviendo en viejos y sucios hoteles del delirio, donde masticaban sin amargura el fracaso de sus vidas. Glendenen pertenecía a esa estirpe de filósofos marginados: no sabía manejar un automóvil, se había divorciado hacía varios años y de su mujer recibía algún regalo de fin de año, envuelto en tiernas cintas rosadas. No tenía hijos, jamás usó corbata, era pésimo para los negocios y solo sabía fumar hachís, leer y escribir capítulos en serie que iban a parar a sus bolsas de plástico.
Lo empecé a apreciar un día que me trajo a la oficina donde trabajábamos una bolsa con cacahuates, un huevo cocido y una naranja. Había escuchado el rumor de que la paga no me llegaba y que no tenía ni un solo centavo de dólar. Aquella tarde caminamos por la calle Market completamente pasados. En esa oficina todos vivían dopados de algo y cuando el jefe daba la vuelta o se ausentaba, los empleados se escondían tras los muros de formularios estadísticos para inhalar el humo que los hiciera soportar una hora más de sus vidas. En esas condiciones revisaban los formularios del Censo de los Estados Unidos o preguntaban por teléfono a quienes no habían llenado bien las casillas con los datos necesarios. Le comenté a Glendenen que esa tarde había sido infernal. A eso de las tres me había contestado en vez de Ludwig Svoboda, residente en la calle Franklin, un extraño aparato que hablaba por él con una escalofriante voz metálica, arrastrada, como de un ser extraterrestre. A las preguntas que le hacía me respondía lentamente dejando una huella de óxido y entre frase y frase sonaba el agudo flash de un obturador, el angustiante chillido de una máquina. Me había puesto pálido y mi compañera de enfrente, Marin Bai, una mujer de unos 35 años que se vestía como Búfalo Bill y me hacía caricias por debajo de la mesa, tuvo que ofrecerme un café para que me calmara. Más tarde fue peor. Al teléfono estaba una anciana que en vez de responder a mis preguntas (¿Cuántos viven en su casa? ¿Cuál es su ingreso mensual? sexo, color, etcétera) decidió contarme que en su juventud se había acostado con el general McArthur en una isla asiática, poco antes de que se casara con su famosa cónyuge. “Era un verdadero hombre, sabe usted” -decía- “después de cuarenta años no puedo olvidarlo... Nos acostamos junto a una palmera y lo hicimos nueve veces seguidas. Usaba una colonia militar y sus besos ardían más que el sol de Polinesia...”. Duró casi media hora y no podía deshacerme de ella.
Glendenen reía sobre la calle mojada, mientras al fondo salía la luna sobre la bahía de San Francisco. Negros drogados, travestis, latinos, blancos inyectados salían y entraban de las hamburgueserías y se perdían por los callejones. En unos enormes tubos de una plaza dormían los fatigados mendigos que bebían alcohol natural o vino y fumaban colillas de cigarro. De algunos bailaderos de rock salía la música de Ocean Express y de otro los estridentistas sonidos de The Dead Kennedys o de Sigmund Freud's Band, o de Charanga Flórez y junto a una escalera la voz de una bella y delgada chinita semidesnuda que ofrecía sus servicios por unos dólares. La puntiaguda torre del centro iluminaba el cielo grisáseo con luces intermitentes de un color fosforescentes. Las patrullas de policía cruzaban raudas y se alejaban hacia Mission Street. El novelista sacaba otro carrujo de yerba, lo envolvía suavemente y lo inhalaba con un placer extraterrestre. Se reía cuando yo decía well, pues según él lo que estaba diciendo era ballena, whale... ¡Moby Dick, Moby Dick!”. Luego estallaba en risa sin saber que era uno de sus personajes, sin entender que no era un tipo real sino una ficción en medio de las calles de la misteriosa ciudad. Un día desapareció como por encanto y nadie supo de él. Phil Glendenen existe, sin duda, pero es difícil saber si lo devoró su propia novela, como le ocurre con frecuencia a los escritores, o si lo salvó de la vida el Dios de ficción, cuya labor es tan ficticia como la vida misma o como una triste tonada de jazz.
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* De Urbes luminosas.