domingo, 7 de enero de 2018

EL ESCÁNDALO CÉLINE

Por Eduardo García Aguilar
De nuevo, como ocurre de manera cíclica, se desata el escándalo en torno a los escritos antisemitas del novelista Louis-Ferdinand Céline, cuando la editorial Gallimard prepara la edición de tres largos panfletos infames por los cuales el autor colaboracionista fue condenado y tras la Liberación tuvo que huir a Sigmaringen en Alemania y luego a Dinamarca, y a su regreso vivir el resto de su vida marcado por la indignidad bajo la protección de su última mujer, la bailarina Lucette, quien aún está viva y tiene 105 años.
Nadie niega la maestría de su famosa novela Viaje al fondo de la noche (1932), una de las grandes del siglo XX al lado de la monumental En busca del tiempo perdidode Marcel Proust, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, La montaña mágica de Thomas Mann, las obras de Kafka, Roth, Svevo, entre otras muchas, según el gusto de los lectores.
Con una prosa febril, incansable, Céline (1894-1961) logra adentrarse en la vida de la gente y el turbio corazón humano a través de los viajes por varios países y las exploraciones y descripciones de los pacientes que atendió como médico en el barrio popular de París donde tenía su gabinete. Como esa obra, Muerte a créditoy otras posteriores confirmaron su maestría, lo que lo llevó a obtener premios y el reconocimiento de la crítica.
Pero como otros escritores franceses notables de la época, tales como Drieu la Rochelle, Robert Brasillach y Ramon Fernandez, Céline adhirió con júbilo a la invasión nazi de su país con total convicción no sólo antisemita sino ideológica y participó en giras, reuniones y colaboró denunciando y azuzando a la persecución de los judíos, miles de los cuales, entre ellos niños y ancianos, fueron detenidos, sacados de escuelas y casas y deportados en los famosos trenes de la muerte hacia los campos de concentración, de donde nunca volvieron.
El antisemitismo es una tradición ancestral anclada en el imaginario de la cultura francesa y europea, y sólo en algunos momentos como en los tiempos de la Revolución y cuando las repúblicas laicas fueron aceptadas en el país con plenos derechos, aunque partidos políticos de extrema derecha, borrachines de cantina e ideólogos seguían y siguen justificando o negando de manera larvada el Holocausto.
Basta revisar las obras de algunos novelistas y ensayistas franceses de todos los tiempos para encontrar rastros de ese absurdo y pertinaz odio por los individuos pertenecientes a un pueblo perseguido en todas partes y provenientes desde las zonas más profundas del Este europeo unos o de las capitales mediorientales, donde se refugiaron los sefardíes y donde convivieron a veces en paz y otras llevados al éxodo de país en país o fueron víctimas de genocidios. Como los judíos, otros pueblos de diversos orígenes han corrido también con la misma suerte y lanzados al éxodo.
La competencia entre algunos autores de renombre y hasta clásicos es en el nivel de la infamia, la fuerza de las palabras discriminatorias y el ardor de la inquina y la imprecación. Por ejemplo, en un libro sobre catedrales góticas, museos y obras de arte escrito por el decadente autor de fin de siglo XIX Joris Karl Huysmans uno descubre de repente con estupor cómo esa inteligencia se enciende en insultos y epítetos atroces, en improperios e injurias devastadoras contra los judíos que no son necesarios ni pertinentes dado el tema tratado y se riegan como veneno de manera absurda sobre páginas magistrales.
Lo mismo ocurre con Céline y toda una serie de autores que incluso en la actualidad siguen practicando el arte de la injuria contra ese pueblo, acusándolo de todos los males y defectos y describiendo a sus individuos basados en prejuicios que no tienen ningún asidero y llegaron a su culmen con Mi lucha de Adolfo Hitler —cuya edición crítica reciente en Alemania causó igual polémica—, y con la organización del exterminio industrial de ese pueblo ordenado por el Estado nazi.
Céline y los autores colaboracionistas han vivido después en un limbo azufroso. Cuando uno se encuentra en alguna librería de viejo con esos títulos, muchos de los cuales no han sido editados hace tiempo, uno se pregunta cómo personas ilustradas y de talento pueden hundirse en reacciones tan primarias y dejarse llevar por el odio hasta niveles tan repugnantes e inhumanos.
Porque los defectos humanos son universales por encima de orígenes étnicos o colores de piel. La codicia por el dinero, la envidia, el deseo de acumulación, la avaricia, la usura, el belicismo y todos los pecados habidos y por haber son practicados por individuos de todos los pueblos y son inherentes al hombre en general, árabes, judíos, indios, latinoamericanos, africanos, rusos, europeos, estadunidenses por igual y sin distingo. ¿Por qué entonces imputárselos sólo a un pueblo estigmatizado desde hace milenios como el judío?
Todos esos temas saltan a la palestra ante la probable edición conjunta de esos panfletos atroces con base en una publicación canadiense reciente de los mismos y que, según los críticos, deben ser publicados con un aparato crítico riguroso que explique el contexto.
La viuda de Céline, que hasta ahora fue firme por deseo de su marido en no dejar reeditar esos libros que les causaron tanta desgracia, al parecer aceptó, por fin, su salida, pero otros dicen que mejor valdría la pena esperar a 2032 cuando ya entran en Francia a la esfera pública para preparar una edición impecable.
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* Publicado en Excélsior. Expresiones. México. 7 de diciembre de 2018.

lunes, 25 de diciembre de 2017

HISTORIAS SECRETAS DE GABRIEL Y MARIO

Por Eduardo García Aguilar

En el libro De Gabo a Mario. La estirpe del boom, de Ángel Esteban y Ana Gallego Cuiñas, ambos profesores destacados de la Universidad de Granada, en España, se pasa revista a los secretos de la amistad entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, por medio de una minuciosa investigación que incluye la revisión de la correspondencia de ambos localizada en universidades estadounidenses y testimonios, entrevistas y documentos diversos.
Aunque antes de conocerse personalmente se escribían como si fueran viejos amigos, el primer encuentro ocurrió en Caracas en 1967, cuando el joven peruano recibió el Premio Rómulo Gallegos por su segunda obra La Casa verde y acababa de aparecer Cien años de soledad en Buenos Aires, libro que obtendría el mismo premio cinco años más tarde, en 1972. El colombiano había quedado fascinado con la Ciudad y los perros, la novela que ganó el Premio Seix Barral, y seguía la carrera de quien era casi una década menor que él y todos consideraban al unísono ya como un precoz geniecillo de la narrativa latinoamericana.
Aunque pareciera injusto, muchos críticos del momento veían en la prosa realista de Vargas Llosa y en sus aceitadas técnicas novelísticas un nuevo aire para el género y miraban con cierto desdén a grandes novelistas anteriores como el cubano Alejo Carpentier, los venezolanos Rómulo Gallegos y Arturo Uslar Pietri o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, quien acababa de obtener el Premio Nobel y después sostendría una agria polémica con el colombiano.
Vargas Llosa había llegado a París con su esposa la tía Julia y mientras trabajaba en Radio France Internacional y la Agence France Presse tecleaba como loco hasta el amanecer en su primera novela y se aplicaba a sí mismo un estricto rigor en materia de trabajo literario, lejos de la bohemia de otros autores, tal y como lo relata en su correspondencia el ya fallecido autor peruano Julio Ramón Ribeyro, que fue uno de sus amigos más cercanos en aquellos años 60.
Varias coincidencias los acercaban. Con algunos años de diferencia, tanto García Márquez como Vargas Llosa vivieron momentos difíciles en París y fueron salvados por la misma Madame Lacroix, dueña de un hotel cerca de la Universidad de la Sorbona donde los dejó estar sin pagar hasta que vinieran tiempos mejores. A su vez, ambos fueron criados por sus abuelos maternos y tuvieron una relación tardía con sus respectivos progenitores, que conocieron de verdad cuando tenían unos diez años y con quienes el trato no fue fácil para ellos en la adolescencia y en la primera juventud.
También los dos estudiaron en lejanos internados, ejercieron muy temprano el periodismo y el destino los llevó a Europa por distintas vías. Al coincidir sus triunfos en la agitada década de los 60, los dos amigos supieron pronto que los reflectores se dirigían a ambos como las verdaderas estrellas máximas del famoso boom comercial creado por la agente literaria Carmen Balcells, una especie de reina Midas que todo lo convertía en oro.
A ambos se los trajo Balcells a Barcelona para que siguieran escribiendo su obra. El libro relata los preparativos de la llegada de Mario con su nueva esposa la prima Patricia y la vida mundana de los Gabos y los Vargas en medio de los fastos de la izquierda caviar de la ciudad condal, entonces uno de los centros más vigorosos del mundo editorial hispanoamericano que poco a poco crecía a medida que se daba el crepúsculo del dictador Francisco Franco.
García Márquez fue padrino del segundo hijo de Vargas Llosa, Gonzalo, quien lleva el mismo nombre que el segundo retoño del colombiano. Alguna vez, como lo muestra la entusiasta correspondencia comentada en el libro de Esteban y Gallegos, planearon escribir una novela a cuatro manos sobre la guerra de Colombia con el Perú, en la que cada uno abordaría las vicisitudes de la misma desde la perspectiva de sus países natales. Y la amistad llegó a tales niveles de entendimiento y admiración mutua, que el joven Vargas escribió como tesis doctoral un enorme volumen sobre la obra del nativo de Aracataca, que publicó en Seix Barral bajo el título de Historia de un deicidio, pero que desde los tiempos de su legendaria riña en México no volvió nunca a ser publicado por veto del peruano.
La amistad duró desde 1967 hasta 1976, cuando el excadete Vargas Llosa le dio de trompadas a García Márquez a la salida de un cine en la Ciudad de México por razones de celos, ya que según versiones de los diversos biógrafos, cronistas y articulistas hubo un malentendido del peruano sobre el comportamiento y las intenciones del creador de Macondo con su esposa Patricia en un episodio nocturno barcelonés del que se enteró después, a través de la versión de su dama.
Los dos amigos enemistados obtuvieron el consagratorio Premio Nobel, que solo fue un episodio más en el éxito mundial logrado por ambos en un contexto que nunca había ocurrido ni se repetirá, el de la guerra fría ideológica entre las dos potencias mundiales y el posterior fin de la Unión Soviética. García Márquez llegó muy rápido al Nobel a la edad de 54 años por el carácter de ícono de la izquierda latinoamericana y mundial en que se había convertido por su militancia y obra bíblica y Vargas Llosa lo obtuvo mucho más tarde por lo contrario, como ícono de la derecha liberal triunfante después de la caída del Muro de Berlín y el fin de los sueños socialistas y marxista-leninistas, que él tanto ha fustigado.
La ruptura de los amigos también se dio en ese contexto de la guerra fría entre las dos potencias mundiales del momento. Vargas Llosa, quien fue ferviente izquierdista y favorable a Cuba al principio de la Revolución, fue evolucionando poco a poco hasta renegar de esos idearios, mientras García Márquez, quien al principio fue escéptico tras su paso por la agencia Prensa Latina, terminó siendo amigo íntimo de Fidel Castro y militante fiel de la causa hasta el fin de sus días.
Todas estas historias y muchas más están contadas en este ameno libro de Ángel Esteban y Ana Gallego, publicado hace poco por la excelente editorial Verbum, de Madrid. Y al leerlo uno comprende que estos episodios ya hacen parte de la historia, aunque el único sobreviviente de aquel extraordinario fenómeno ya dinosáurico del boom es Vargas Llosa, octogenario feliz y triunfante que hoy vive una historia de amor crepuscular con la exesposa de Julio Iglesias, Isabel Preysler, cuya pasión carnal nos hace recordar la gran novela de García Márquez El amor en los tiempos del cólera, donde se nos cuenta que nunca es tarde para encontrar o reencontrar el amor de la vida.

sábado, 9 de diciembre de 2017

HOMENAJE NAPOLEÓNICO A JOHNNY HALLYDAY

 
Por Eduardo García Aguilar
 
Este sábado en la tarde casi toda Francia quedó paralizada durante los homenajes fúnebres a la estrella popular del rock francés Johnny Hallyday (1943-2017), quien durante medio siglo fue la figura más conocida de la farándula, un ídolo donde se concretaron las esencias de un país que vivió durante su reino tres décadas de esplendor y progreso económico y otras dos de crisis y desequilibrios políticos y sociales.
 
Como la otra gran estrella francesa anterior, Edith Piaf, cuyo sepelio también fue multitudinario, Hallyday fue abandonado por un padre alcohólico e ingresó desde niño al mundo precario del espectáculo, desde donde se izó desde los 14 años poco a poco a las más grandes alturas del éxito. Desde entonces cada uno de sus gestos, amores, bodas, enfermedades o problemas fueron seguidos milímetro a milímetro por varias generaciones de franceses, aunque en el mundo casi nadie lo conocía. Era menos famoso que Julio Iglesias o Shakira y su celebridad se reducía solo a Francia.  
 
Pagó servicio militar cuando el grave conflicto de la guerra en Argelia en 1962. Se casó en 1965 ante las multitudes con otra gran estrella popular de la canción, Sylvie Vartan, con quien tuvo a su primer hijo, David, también estrella de rock. Luego fue al altar en 1982 con la famosa actriz Nathalie Baye, madre de su hija Laura, joven actriz. Y sus otros matrimonios fueron seguidos por las revistas de corazón, hasta el último con Laetitia, a quien se unió cuando él tenía 51 años y ella 19, y con quien adoptó dos niñas vietnamitas.  
 
Hallyday fue siempre de derechas y apoyó con fidelidad a sus candidatos en las campañas presidenciales y durante mucho tiempo protestó por los altos impuestos que le cobraban en Francia. En un momento quiso adoptar la nacionalidad belga para escapar al fisco. Su música tenía poco de francesa y mucho más de estadounidense y sus verdaderos afectos fueron California y Beverly Hills, la isla caribeña de Saint Barthelemy, donde su cuerpo reposará al final, las motocicletas Harley Davidson, y las drogas y las fiestas en yates y en clubes privados con millonarios.  
 
Imitador de Elvis Presley y James Dean, Hallyday hizo parte de una generación de rockeros que cambiaron sus nombres franceses por seudónimos anglófonos, como fue el caso de sus grandes amigos Eddy Mitchel y Dick Rivers. En pleno auge económico de los años 60, estos jóvenes despertaron a la juventud proletaria que vivía bajo el yugo patriarcal y creció en la pobreza de la posguerra con la rebeldía del rock de Elvis Presley, chaquetas de cuero, botas vaqueras, gestos de James Dean y una actitud de riña de barriada similar a la que se cuenta en la película musical estadounidense West Side History.
 
Johnny era bello, alto, blanco, de ojos rasgados azules y movía el cuerpo como lo hacían los rockeros gringos que cantaban grandes éxitos como "Ahí viene la plaga" o "El rock de la cárcel". En cada país de Occidente surgieron imitadores de este movimiento que se adaptaban a las lenguas locales y recorrían pueblos y ciudades dando conciertos donde los obreros jóvenes enloquecían y las chicas de las barriadas perdían la razón y se desmayaban.
 
Millones de abuelas francesas de hoy lloraban al verlo y los abuelos lo imitaban y lo seguían de concierto en concierto. Todos coleccionaron discos, objetos, prendas, fotos, como ocurrió en Estados Unidos con el icónico Elvis Presley. Miles de ancianos, acompañados por sus hijos y nietos llegaron hoy a París por tren, auto o motocicleta para asistir a su sepelio. Tal fue el caso en América Latina de Sandro de América, el ídolo argentino que enloquecía desde los escenarios trajeado con camisas de flores y pantalones estrechos, el pecho al aire y la melena rebelde y audaz.
 
Los viejos no vieron venir entonces el movimiento ni en Estados Unidos ni en Europa y asistieron impotentes, pese a su autoritarismo y a la amargura de haber sufrido la guerra, a la rebelión de sus hijos, que ya no querían ser proletarios sumisos y por el contrario se escapaban a las fiestas y a los salones de baile, augurando ya la posterior revolución sexual de los años 60 y la explosión de otras músicas más modernas como el clásico In a Gadda da Vida de Iron Buterfly, al que siguieron Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Bob Marley, Joe Cocker y centenares de estrellas pop más, algunas más cultas o comprometidas como Bob Dylan y la agitadora de origen hispano Joan Baez, quienes aun recorren el planeta dando conciertos y hasta ganando el Nobel de literatura, como el autor de Míster Tambourin Man y Blowin in the wind.
 
El cuerpo de Halliday recorrió los Campos Elíseos en medio de la muchedumbre, llegó a la Plaza de la Concorde y después se dirigió a la muy tradicional y napoleónica iglesia de la Magdalena, donde se le rindieron honras fúnebres católicas en presencia del presidente Emmanuel Macron y los expresidentes Hollande y Sarkozy, así como las principales estrellas de la farándula, el cine y la música en pleno. Se inclinaron ante el féretro de Johnny el presidente, el primer ministro y el presidente del Senado. La ceremonia transmitida en directo parecía un acto del Antiguo Régimen, incluso parecido a la autocoronación del corso Napoleón Bonaparte. El féretro salió con lentitud de la iglesia acompañado por sacerdotes, monaguillos y alguaciles y fue despedido por centenares de miles de fanáticos agolpados en las avenidas. Ni siquiera el general Charles de Gaulle, liberador de la patria, mereció un homenaje parecido.     
 
Esto fue algo nunca visto en medio siglo de historia del país, lo que consagra ya para siempre el reino de del mundo del espectáculo, anunciado por el gran filósofo Guy Debord en su clásico libro La sociedad del espectáculo. 
 
La farándula, las estrellas de la revista del corazón y los futbolistas se han convertido en la nueva aristocracia hegemónica de la República. Políticos, intelectuales, escritores, clérigos, ministros, todos quieren ser estrellas y aparecer en el semanario Paris Match o la revista Closer. El poder se adapta a la narrativa veloz de los tiempos modernos y hoy, en esta ceremonia increíble, se ha consumado la boda final entre la televisión y la República monárquica francesa. El sepelio de Johnny es un hecho histórico en el país de Pascal y Descartes y su análisis apenas comienza.   


domingo, 26 de noviembre de 2017

ÚLTIMO JAZZ EN SAN FRANCISCO



Por Eduardo García Aguilar
Negros, hispanos, blancos, drogadictos, traficantes, mendigos. Ellos componían el ambiente de la calle Leavenworth. La calle daba hacia Market, en una zona llena de hoteles y de vecindarios baratos, de restaurantes chinos e italianos y de hamburgueserías donde se podía comer por unos centavos de dólar. A poca distancia de allí había barrios mejores que daban hacia la bahía o hacia el clásico centro poblado de tranvías y comercios modernos. San Francisco es una ciudad de contrastes. El área de la bahía un conjunto de sorpresas.
Allí vivía el bostoniano Phil Glendenen. Pero no en Sausalito o en Berkeley, sino en un hotelucho de la calle Market por el que pagaba una suma irrisoria. Era un hombre de 38 años, pero aparentaba mucho más. Había sido uno de los más furibundos hippies de San Francisco y sonriente lo llevaba a uno a conocer los sitios donde se tatuaba Janis Joplin, o donde una estrella de rock había muerto de overdose. Calvo, de ojos grises, algo robusto, siempre llevaba tenis y un negro gabán para protegerse de los ventarrones que bajaban por las calles y entraban hasta los huesos.
Hacía tiempo estaba escribiendo una novela. En su cuarto, además de una máquina de escribir portátil se podía observar bultos de plástico que contenían las versiones interminables de su obra. Como miles de escritores norteamericanos, aún más solitarios y olvidados que los latinoamericanos, escribía con una fe ciega en el arte, pero sin esperanzas de convencer a un editor y mucho menos de lograr el éxito de Norman Mailer o de Gore Vidal. Su obra hablaba de los andantes de Estados Unidos, de aquellos viejos, tristes hippies que habían visto el derrumbe de sus ilusiones cuando ya era imposible volverse hacia atrás y rehacer su vida. Los personajes eran seres inteligentes, demasiado lúcidos tal vez, caracterizados por la incapacidad de adaptarse al mundo de su tiempo y que tarde o temprano terminaban viviendo en viejos y sucios hoteles del delirio, donde masticaban sin amargura el fracaso de sus vidas. Glendenen pertenecía a esa estirpe de filósofos marginados: no sabía manejar un automóvil, se había divorciado hacía varios años y de su mujer recibía algún regalo de fin de año, envuelto en tiernas cintas rosadas. No tenía hijos, jamás usó corbata, era pésimo para los negocios y solo sabía fumar hachís, leer y escribir capítulos en serie que iban a parar a sus bolsas de plástico.
Lo empecé a apreciar un día que me trajo a la oficina donde trabajábamos una bolsa con cacahuates, un huevo cocido y una naranja. Había escuchado el rumor de que la paga no me llegaba y que no tenía ni un solo centavo de dólar. Aquella tarde caminamos por la calle Market completamente pasados. En esa oficina todos vivían dopados de algo y cuando el jefe daba la vuelta o se ausentaba, los empleados se escondían tras los muros de formularios estadísticos para inhalar el humo que los hiciera soportar una hora más de sus vidas. En esas condiciones revisaban los formularios del Censo de los Estados Unidos o preguntaban por teléfono a quienes no habían llenado bien las casillas con los datos necesarios. Le comenté a Glendenen que esa tarde había sido infernal. A eso de las tres me había contestado en vez de Ludwig Svoboda, residente en la calle Franklin, un extraño aparato que hablaba por él con una escalofriante voz metálica, arrastrada, como de un ser extraterrestre. A las preguntas que le hacía me respondía lentamente dejando una huella de óxido y entre frase y frase sonaba el agudo flash de un obturador, el angustiante chillido de una máquina. Me había puesto pálido y mi compañera de enfrente, Marin Bai, una mujer de unos 35 años que se vestía como Búfalo Bill y me hacía caricias por debajo de la mesa, tuvo que ofrecerme un café para que me calmara. Más tarde fue peor. Al teléfono estaba una anciana que en vez de responder a mis preguntas (¿Cuántos viven en su casa? ¿Cuál es su ingreso mensual? sexo, color, etcétera) decidió contarme que en su juventud se había acostado con el general McArthur en una isla asiática, poco antes de que se casara con su famosa cónyuge. “Era un verdadero hombre, sabe usted” -decía- “después de cuarenta años no puedo olvidarlo... Nos acostamos junto a una palmera y lo hicimos nueve veces seguidas. Usaba una colonia militar y sus besos ardían más que el sol de Polinesia...”. Duró casi media hora y no podía deshacerme de ella.
Glendenen reía sobre la calle mojada, mientras al fondo salía la luna sobre la bahía de San Francisco. Negros drogados, travestis, latinos, blancos inyectados salían y entraban de las hamburgueserías y se perdían por los callejones. En unos enormes tubos de una plaza dormían los fatigados mendigos que bebían alcohol natural o vino y fumaban colillas de cigarro. De algunos bailaderos de rock salía la música de Ocean Express y de otro los estridentistas sonidos de The Dead Kennedys o de Sigmund Freud's Band, o de Charanga Flórez y junto a una escalera la voz de una bella y delgada chinita semidesnuda que ofrecía sus servicios por unos dólares. La puntiaguda torre del centro iluminaba el cielo grisáseo con luces intermitentes de un color fosforescentes. Las patrullas de policía cruzaban raudas y se alejaban hacia Mission Street. El novelista sacaba otro carrujo de yerba, lo envolvía suavemente y lo inhalaba con un placer extraterrestre. Se reía cuando yo decía well, pues según él lo que estaba diciendo era ballena, whale... ¡Moby Dick, Moby Dick!”. Luego estallaba en risa sin saber que era uno de sus personajes, sin entender que no era un tipo real sino una ficción en medio de las calles de la misteriosa ciudad. Un día desapareció como por encanto y nadie supo de él. Phil Glendenen existe, sin duda, pero es difícil saber si lo devoró su propia novela, como le ocurre con frecuencia a los escritores, o si lo salvó de la vida el Dios de ficción, cuya labor es tan ficticia como la vida misma o como una triste tonada de jazz.
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* De Urbes luminosas.

domingo, 19 de noviembre de 2017

VISITA A UN CASTILLO MEDIEVAL


Por Eduardo García Aguilar
La ciudad de Laval, en el noreste de Francia, ha sido durante un milenio una próspera encrucijada de viajeros, guerreros y comerciantes codiciada por ducados, baronías, reinos y potencias regionales. Gracias a las riquezas de la región, al río Mayenne por donde pasan las embarcaciones cargadas de soldados o mercancías, y a la poderosa industria textil medieval, sus gobernantes tuvieron recursos para construir y reconstruir en la colina rocosa principal un castillo que cuenta con una bella torre y edificios sucesivos de diversos estilos, desde góticos hasta renacentistas y neoclásicos.
Las primeras fotos que se hicieron de la ciudad en 1950, muestran como las casas de sueño, dotadas de vigas aparentes y techos parecidos a las habitaciones de los cuentos románticos alemanes, se descuelgan desde la colina hasta las riberas del río, apeñuscadas en callejuelas estrechas que uno puede imaginar en aquellos lejanos tiempos, húmedas y silenciosas. Puede uno evocar en esos recodos, junto a maravillosas casas del siglo XV, la actividad incesante de los comerciantes, el griterío de los vendedores de legumbres, el ruido de los cuchillos de los carniceros, la paciencia matutina de panaderos o vendedores de pescado, quesos, vinos y todo tipo de objetos necesarios para la vida cotidiana como velas, tazas, vasos, vasijas, platos, llaves, ollas, sillas, mesas, cacerolas, jaulas.
Las fotos decimonónicas en blanco y negro nos comunican con toda claridad la realidad de Laval cuando aún se concentraba en torno al castillo y nos otorgan la perspectiva para entender el conglomerado urbanístico actual, que se extendió ya en tiempos napoleónicos hacia el valle, con avenidas y construcciones neoclásicas donde vivían las nuevas generaciones de habitantes que prefiguraban ya los tiempos del progreso moderno. Las fotos muestran una arista de esa colina y el puente que conduce a la parte renacentista de la urbe, donde vivía la aristocracia y que aún conserva callejuelas y casas hermosas. Y desde ciertos ángulos todo ese conjunto es resaltado por las aguas del río Mayenne, que viajan raudas hacia los confines de Bretaña y tras desembocar en el Loira hacia las aguas del Océano Atlántico.
Laval producía todo tipo de textiles que eran exportados al mundo conocido de entonces y después del descubrimiento de América, hacia las costas africanas donde las élites se vestían con prendas confeccionadas con telas de colores intensos. También las telas eran enviadas a América, especialmente a Colombia, que se convirtió durante la Colonia y el siglo XIX en uno de sus mejores clientes. No es extraño que el famoso pintor Aduanero Rousseau sea originario de esta ciudad y que en los museos se exponga con gusto todo tipo de trabajos plásticos elaborados con tejidos.  
Como todo este año 2017, gracias a la actividad inagotable de Brigitte Maligorne, la ciudad de Laval y la región de Mayenne ha invitado y acogido a múltiples artistas colombianos a actuar, cantar, exponer, danzar y pintar en el lugar o a hablar de su país al entusiasta público local, he podido venir varias veces y poco a poco familiarizarme con los misterios de esta tierra maravillosa y este pueblo de sueño que nos conduce hacia siglos lejanos en un viaje con retorno.
Por ejemplo, un centenar de habitantes de la ciudad se congregó el miércoles a las seis de la tarde para asistir a una exposición de fotos donde se muestra la arquitectura de casas construidas con tierra en Barichara y después se ha descolgado en masa por las callejuelas para ver unos tejidos de Laval con motivos colombianos pintados por artistas de ese país, que fueron adosados a los árboles e iluminados con magia, o para ver murales de gran tamaño elaborados sobre tela o para apreciar muestras de Street art pintadas por jóvenes artistas del país de la guayaba en los antiguos muros que delimitan un empinado sendero oculto conservado desde los tiempos medievales.
Bajo la guía y las explicaciones de Brigitte Maligone, que ha construido puentes sólidos entre Francia y Colombia, los atentos habitantes de Laval han llegado a las puertas del castillo y después bajado por empinadas escalinatas hacia unos antiguos baños estilo Art Deco situados en una calle frente al río, donde se exponen cartas de familiares de desaparecidos en Colombia recopiladas por Margarita de la Hoz y fotos colombianas del escritor francés Stéphane Chaumet, quien reside en la tierra de la cumbia, el currulao, el bambuco y el vallenato.
El lugar, recién restaurado, realizaba así una primera y excepcional exposición colombiana en esta construcción que los habitantes locales aprecian y ahora podrán visitar y admirar sin límites porque fue rehecho de acuerdo a los planos originales y a los detalles de sus mosaicos y coloridos originales desfigurados a lo largo del tiempo. Stéphane Chaumet ha traído velas que se encendieron en memoria de las víctimas colombianas del conflicto y después los asistentes conversaron al calor del vino. Colombia para ellos ya es un país conocido gracias a las muchas actividades culturales que han abordado sus mejores y peores aristas a lo largo del año.
Al día siguiente he cerrado con broche de oro el periplo al realizar una visita de los cimientos y los salones y muros secretos del castillo medieval en compañía del alcalde de Laval y el director de los servicios de conservación y restauración del patrimonio. Hemos penetrado protegidos por cascos hacia un aposento gótico medieval lleno de joyas, sarcófagos, cálices, esculturas, y otros objetos litúrgicos de oro y plata.
Y aun más, a través de estrechos túneles viajamos hacia los fundamentos del siglo XI, a los que no tiene acceso el público. Pude así tocar con mis manos los muros originales de la construcción milenaria donde residieron los señores del siglo XI. Y después subimos hasta lo más alto de la torre, cuya enorme cúpula militar fue construida de forma circular con enormes vigas de madera en el siglo XIII y desde donde se ve con todo su esplendor el magnífico pueblo desde su punto más alto. Los fantasmas de guerreros, caballeros, clérigos y doncellas parecían flotar en el ambiente.  
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 19 de noviembre de 2017

martes, 7 de noviembre de 2017

LAS CARTAS DEL PERUANO RIBEYRO

Por Eduardo García Aguilar
Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) fue uno de los más notables escritores peruanos de la segunda mitad del siglo XX, al lado de José María ArguedasAlfredo Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa, y como casi la mayoría de los autores latinoamericanos se ganó la vida ejerciendo el periodismo en una agencia de noticias y como agregado cultural de su país en París, donde vivió desde 1960 hasta antes de su retorno definitivo al terruño. Tales funciones de periodista o diplomático las vivió “con el mismo desapego que un buen actor educado en la escuela brechtiana”, según dice en una de las cartas que dirigió durante décadas a su agente literario alemán Wolfgang Luchting, publicadas por la Universidad Veracruzana de México en recopilación crítica realizada por Juan José Barrientos.
El peruano, fumador empedernido, muy flaco y bajo de peso, quien sufrió toda su vida de graves enfermedades estomacales como úlceras y hemorragias que lo llevaron al hospital con frecuencia, agrega que le daba lo mismo haber sido “profesor en Ayacucho o abogaducho en Lima”, pues “en buena cuenta, haga lo que haga, yo estoy siempre en otra parte. ¿En dónde? Probablemente en la literatura. Pero esa sería una respuesta demasiado jactanciosa. No me extraña que cuando escribo, esté también en otra parte”.
Ribeyro, autor de las notables Prosas apátridas, pertenece a la estirpe de autores escépticos y desganados, poco dados a buscar el éxito, que no sólo se dedican a la narrativa o a la poesía en exclusiva, sino que exploran géneros laterales como diarios, correspondencia, aforismos y autobiografía, por medio de los cuales observan con lucidez su propia vida y la de quienes les rodean en sus labores o la vida familiar y amistosa. Inclusive añade que lo que “condena mi obra a la oscuridad es su carácter antiépico, lo que es imperdonable en un escritor latinoamericano”. Y como vivió de lleno el éxito de su compatriota y benjamín Mario Vargas Llosa (1936), quien llegó como él a París en 1960 y también trabajó en la Agencia France Presse, añade que “así Mario no existiera, mi obra sería igualmente poco conocida”.
Vargas Llosa llegó a París con su tía y esposa Julia Urquidi, protagonista posterior de su novela La tía Julia y el escribidor, y trabajó en la misma agencia francesa como redactor y traductor, y luego en Radio France International como locutor, inscribiéndose en la línea de escritores agencieros o locutores de emisoras radiales, tales como Juan Carlos OnettiGabriel García MárquezÁlvaro MutisFernando del Paso y muchos más. Gracias a la correspondencia de Ribeyro con Luchting seguimos paso a paso el camino al triunfo del genial autor de La ciudad y los perros, de quien es amigo íntimo, ve casi a diario y con quien comparte cenas frecuentes al calor del vino y la literatura.
No hay duda para él que estamos frente a un caso fenomenal, pues Vargas Llosasaltó a la fama mundial desde muy joven y logró un éxito arrollador con sus primeras novelas traducidas a muchas lenguas. Pero además es un autor peculiar, alejado de la bohemia usual entre los autores latinos, que logra también convertirse en brillante, aplicado y exitoso académico y ensayista, con obras notables tales como la monumental Historia de un deicidio, sobre Gabriel García Márquez, o La orgía perpetua, sobre Flaubert. A lo que se agrega su activismo político, que lo llevó a ser candidato y casi presidente de su país, derrotado al final por Alberto Fujimori y luego a presidente del PEN Internacional. Ribeyro no duda ya desde comienzos de los años 60 de que su joven amigo será premio Nobel. Aunque reconoce el “tempo lento” de la inteligencia de Vargas Llosa si se le compara con otros contemporáneos peruanos como Lucho Loayza, considera que “el aparato mental de Mario funciona con una constancia, una continuidad, una persistencia que yo calificaría de inhumana”.
En Cartas a Luchting (1960-1993) asistimos también al triunfo de García Márquez, cuya traducción al francés de Cien años de soledad recibe en 1969 un despliegue inusual de dos páginas en el diario Le Monde, por lo que el peruano redacta un cable para la Agencia France Presse que será reproducido en todos los diarios latinoamericanos, generando esa ola imparable de la fama y el éxito del colombiano. “Esto me reafirma cada vez más en mi convicción de que la celebridad es como un juego de espejos: las dos páginas de Le Monde reflejan la novela de García Márquez, mi nota refleja las páginas de Le Monde, revistillas y periódicos reflejarán mi nota, centenares de lectores, millares mejor dicho, probablemente millones, reflejarán en sus charlas y comentarios lo que diarios y revistas dicen, etcétera. Y así hasta el infinito”, dice Ribeyro en una carta del 6 de enero de 1969. 
Pero los avasalladores éxitos tanto del joven y apuesto narrador peruano, como del exótico novelista colombiano, contrastan con la situación del autor de Crónicas de San Gabriel (1960) y Los geniecillos dominicales (1965), quien por enfermedad debe abandonar sus trabajos parciales en la AFP y en la embajada para dedicarse en exclusiva a su labor en la Unesco. Por los cambios políticos en su país, Ribeyro se muestra preocupado de perder su empleo. Afirma que desde “el punto de vista material esto sería para mí una catástrofe, pues significaría volver a fojas uno: la del hombre sin profesión, sin diplomas, sin una calificación precisa, con familia y deudas, enfermo por añadidura, librado a los 46 años a su propio desamparo”. Frase autoimprecatoria ésta última de Ribeyro que no deja de tener un aire de dandismo. Él sabe que su obra es tal vez menor, pero no duda que poco a poco la lucidez de sus textos le darán un lugar imprescindible en la literatura latinoamericana, como lo atestigua el otorgamiento del Premio Rulfo poco antes de su muerte, en diciembre de 1994, a cuya recepción, por ironías del destino, no pudo asistir debido a su enfermedad. Las cartas del peruano son el testimonio de uno de los momentos más apasionantes de las letras latinoamericanas, cuando experimentaron un largo y excepcional auge mundial.
 * Publicado en Excélsior. Expresiones. México. Domingo 5 de noviembre de 2017.

domingo, 29 de octubre de 2017

LUISA FUTORANSKY EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Hubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable argentino Julio Cortázar. Ahora en esta ciudad amada, llena de inmigrantes y exiliados de todo el mundo, nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual, y decenas de escritores discípulos y amigos tejen día a día su testimonio.
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press, Nueva York, 2000), nos habla de “un país que se te encima al de ayer”, y agrega que “deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres”.
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el cortazariano Pont des Arts, visitar la librería Colette en el dieciochesco y volteriano barrio Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Museo de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, en Beaubourg, para observar una exposición de Pierre Klossowski, es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicable y lo raro.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades y paradojas literarias y vitales. Parece que vuela en el tapiz de Las mil y una noches, o viaja en los laberintos del Manuscrito hallado en Zaragoza, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tíbet, cerca del Yeti ancestral.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas o lanzan arco iris caleidoscópicos.
“Soy tierra prometida en París”, nos dice Futoransky mientras camina por la viejísima rue au Maire en busca de las calles del original Chinatown, el de tiempos de entreguerras y espías, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto “Arde París. Aquí vivimos”, incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores, Jerez, España, 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 niños africanos pobres achicharrados y hacinados en un tugurio del barrio de La Ópera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, nos dice con ironía, “persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias”.
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafía en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa (pirámide cónica) inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Picchu o en La Paz, Bolivia, en un caHubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable argentino Julio Cortázar. Ahora en esta ciudad amada, llena de inmigrantes y exiliados de todo el mundo, nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual, y decenas de escritores discípulos y amigos tejen día a día su testimonio.
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press, Nueva York, 2000), nos habla de “un país que se te encima al de ayer”, y agrega que “deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres”.
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el cortazariano Pont des Arts, visitar la librería Colette en el dieciochesco y volteriano barrio Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Museo de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, en Beaubourg, para observar una exposición de Pierre Klossowski, es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicable y lo raro.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades y paradojas literarias y vitales. Parece que vuela en el tapiz de Las mil y una noches, o viaja en los laberintos del Manuscrito hallado en Zaragoza, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tíbet, cerca del Yeti ancestral.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas o lanzan arco iris caleidoscópicos.
“Soy tierra prometida en París”, nos dice Futoransky mientras camina por la viejísima rue au Maire en busca de las calles del original Chinatown, el de tiempos de entreguerras y espías, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto “Arde París. Aquí vivimos”, incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores, Jerez, España, 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 niños africanos pobres achicharrados y hacinados en un tugurio del barrio de La Ópera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, nos dice con ironía, “persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias”.
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafía en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa (pirámide cónica) inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Picchu o en La Paz, Bolivia, en un campo de golf, en la “Villa Imperial de Potosí”, leyendo a Única Zürn.
Toda su poesía es un viaje: poemas como “Tokio hora zeta”, “Yendo a Benoa”, “Di Provenza”, “Crema catalana”, “Alud en Galese , “Derrota en Tienanmen”, “Jerusa mi amor”, son apenas algunas de sus escalas. En Prender del Gajo (Calambur, Madrid, 2006), el periplo continúa: nos habla de “Los efectos del viaje según Ibn Arabi” o del “Luto en Charenton” o de la “Isola de Giglio” y en De donde son las palabras (Plaza y Janés, Barcelona, 1998), en el poema “Restaurante de Ekoda”, la viajera nos dice que es “singular hallarse aquí ante una tevé, un buda con baberito, una pagoda en construcción envuelta en una llovizna tenaz”.
En su poema “Nuevo barco ebrio” de Babel, babel, sabemos que “el corazón se estremece por las nieblas que no comprende” y al explorar los olvidados arcanos terribles de la infancia concluye que “el bajel está solo con los acantilados que surgen bajo su quilla; a barlovento la ciudad mohosa en el limo de la infancia, en el norte los pecados capitales incendiados por un gas de neón maligno que ha invadido los bulevares del mar de silencio, hasta ser esa llaga animal y corrosiva que nunca le abandona”.
Esta es sólo una breve muestra de su singular obra poética, a la que se agrega la vasta obra narrativa y ensayística, traducida al francés y al inglés, con novelas como Son cuentos chinos, De Pe a Pa, Urracas y Formosas, y los ensayos Pelos Lunas de miel, entre otros.
Con Luisa Futoransky París y el mundo es mejor y más sabio. Nosotros los errantes, los cosmopolitas, los que hemos perdido bibliotecas, casas, gemas y amores podemos sanar del extravío al leer sus libros, que deben estar al lado, en la mesa de noche. Luisa Futoransky está en París. “¿Arde París? Aquí vivimos”.
  • Futoransky, Luisa. De donde son las palabras. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España, 1988.
    —. Antología poética. Poetas argentinos contemporáneos. Fondo Nacional de las Artes. Buenos Aires, Argentina, 1996.